martes, 14 de enero de 2014

Negocios.. espirituales.

Hoy me he levantado raro... Tras la habitual meditación matutina, no podía apartar la mente de los pensamientos erráticos que la asaltaban continuamente. 

Estaba pensando en los diferentes proyectos que están en el calendario de actividades de la escuela y de cómo afrontarlos para lograr una correcta participación. Proyectos relacionados todos con materias de crecimiento personal, como la relajación, la meditación, el budismo, etc. 
Entendía perfectamente que en estos tiempos que corren, la participación e interés estaban en franco declive, quizás motivados por la complicada situación económica del país. Pero también intuía algo más, algo que, por el momento, se me escapaba un poco de mi entendimiento.

Buscando en internet páginas o lugares donde publicar la celebración de estos proyectos de talleres y cursos me he topado con numerosísimas páginas que ofertaban este tipo de enseñanzas. Y como somos curiosos por naturaleza - también con el sano afán de estar informado - he echado un vistazo al contenido de varios de estos sitios. Y me he quedado perplejo en algunos casos. Las comparaciones siempre son odiosas, si, y además ciertamente muy subjetivas, pero lo que he visto me ha hecho pensar mucho sobre este tema.

La espiritualidad, en casi todos los casos que he visto, está carísima, solo al alcance de unos pocos privilegiados. Precios desorbitados -bajo mi criterio- y aspectos que poco creo, tienen que ver con el desarrollo espiritual. Quizás yo me he acostumbrado a trabajar con lo que aprendí en China, en las montañas, en un ambiente rústico y carente de las mínimas comodidades. No lo sé...

El caso es que se ofrecen cursos de meditación y relajación como churros. En lugares casi "místicos" de salas de conferencias y salones de hoteles de cuatro estrellas, casas rurales en entornos ciertamente tranquilos, eso si, con todas las comodidades posibles, pero todo a unos precios... Un ejemplo (por citar alguno):... curso de meditación trascendental de tres días en urbanización de lujo (omito el lugar de la costa del Sol) por 400 € mínimo. Estancia y alimentación aparte (48 €/día).... Curso de meditación en casa rural... 120 € + 59 € de la pensión completa por día...extras aparte (?)... O la que ofrece un curso de crecimiento transpersonal (?) de tres días por solo 600 €, eso si, el alojamiento y comida vegana está incluído... Y el colmo... un curso por Skype de tres semanas que cuesta 450 €....No me cabe la menor duda de que es un negocio redondo para unos cuantos "listos e iluminados de la nueva era"...

Algo no me cuadra del todo. Muchas veces he manifestado que el crecimiento espiritual debe estar al alcance de todos, pero sobretodo de los que tienen problemas y necesitan ayuda. Pero, ¿Que tipo de persona se puede permitir ese gasto tan enorme? ¿La madre de familia que tiene tres hijos, un perro y una hipoteca?... Seguramente que no.

Puedo entender que cuando se organizan este tipo de cursos o retiros, hay que cubrir los gastos y además, tener un cierto margen de beneficios (si te dedicas a ello). Yo mismo he organizado retiros de esta índole...aunque la verdad, núnca con la idea de ganar dinero con ello...

Pero pretender vender la espiritualidad y el crecimiento personal de esta manera, casi roza la estafa. El problema no es que existan estos lugares y personas, sino que haya gente que participa alegremente en ello, creyendo que, además, se han descubierto a sí mismos. Creen que, al tener dinero y por lo tanto, acceso a estos cursos, lo tienen todo más fácil...

Reflexiono y me digo: "Algo estás haciendo mal.... ¿O quizás no?"... Porque a mí, la ética me importa; Me importan de verdad los problemas ajenos, el sufrimiento y el dolor psicológico... Me preocupa de verdad la ignorancia y el desconocimiento de tantos...que no puedo verlo como un negocio. Sencillamente no sirvo para ello. No es mi camino o mi manera de hacerlo.

Pero la paradoja surje cuando veo estos cursos -y hasta he asistido a alguno- en los que se reúnen un grupo considerable de personas, a pesar del alto coste... Mientras que en los que yo organizo, siempre somos un grupo muy pequeño, a pesar de que los precios buscan siempre cubrir solo los costes. Es la diferencia entre hacerlo como negocio o como medio de ayuda real a los que buscan respuestas, sin sacarles la pasta...¿Acaso el que un curso tenga un coste de 300 € es garantía de calidad frente a otro que apenas cueste 50 €?...



Algo debo hacer mal, lo se... no soy negociante... no es lo mío, aunque me dedique a la enseñanza de diversas materias.

Y la pregunta es: ¿Debo mantener mi manera de entenderlo y hacerlo, a pesar del escaso éxito?... ¿O debo adaptarme a los nuevos tiempos y tratar de sacarle el máximo provecho posible?...

No encuentro la respuesta adecuada...Mi corazón y mi mente no van en el mismo sentido. No todo se puede vender o comprar...

¡Qué lío!

martes, 7 de enero de 2014

Compasión

Llamamos compasión a la capacidad de sentirnos próximos al dolor de los demás y la voluntad de aliviar sus penas, pero a menudo somos incapaces de llevar a la práctica lo que nos proponemos, y esa hermosa palabra muere sin haber dado sus frutos.
¿Qué es la compasión? La compasión es el deseo de que los demás estén libres de sufrimiento. Gracias a ella aspiramos a alcanzar la iluminación; es ella la que nos inspira a iniciarnos en las acciones virtuosas que conducen al estado del buda, y por lo tanto debemos encaminar nuestros esfuerzos a su desarrollo.
Si deseamos tener un corazón compasivo, el primer paso consiste en cultivar sentimientos de empatía o proximidad hacia los demás. También debemos reconocer la gravedad de su desdicha. Cuanto más cerca estamos de una persona, más insoportable nos resulta verla sufrir. Cuando hablo de cercanía no me refiero a una proximidad meramente física, ni tampoco emocional. Es un sentimiento de responsabilidad, de preocupación por esa persona. Con el fin de desarrollar esta cercanía es necesario reflexionar sobre las virtudes implícitas en la alegría por el bienestar de los otros. Debemos llegar a ver la paz mental y la felicidad interna que se deriva de ello, al mismo tiempo que reconocemos las carencias que provienen del egoísmo y observamos cómo este nos induce a actuar de un modo poco virtuoso y cómo nuestra fortuna actual se basa en la explotación de aquellos que son menos afortunados.
Esfuerzo Comunitario
También resulta vital reflexionar sobre la amabilidad de los otros, conclusión a la que se llega asimismo gracias al cultivo de la empatía. Debemos reconocer que nuestra fortuna depende realmente de la cooperación y la contribución de los demás. Todos y cada uno de los aspectos de nuestro actual bienestar son debidos a un duro trabajo por parte de otros. Si miramos a nuestro alrededor y vemos los edificios en los que vivimos, las carreteras por las que viajamos, las ropas que llevamos y los alimentos que comemos, tenemos que reconocer que todo ello nos ha sido provisto por otros. Nada de eso existiría si no fuera por la amabilidad de tanta gente a la que ni siquiera conocemos. Contemplar el mundo desde esta perspectiva hace que crezca nuestro aprecio hacia los otros, y con él la empatía y la intimidad con ellos.
Debemos trabajar para reconocer la dependencia que sufrimos de aquellos por quienes sentimos compasión. Este reconocimiento les acerca aún más a nosotros si cabe. Hace falta mantener la atención para ver a los demás a través de lentes libres de egoísmo. Es importante que nos esforcemos por distinguir el enorme impacto que los demás causan en nuestro bienestar. Cuando nos resistamos a dejarnos llevar por una visión del mundo centrada en nosotros mismos podremos sustituir esta visión por otra que incluya a todos los seres vivos, pero no debemos esperar que este cambio de actitud se produzca de forma repentina.
Reconocer el Sufrimiento de Otros
Tras el desarrollo de la empatía y la cercanía, el siguiente paso importante para cultivar nuestra compasión consiste en penetrar en la verdadera naturaleza del sufrimiento. Nuestra compasión por todos los seres debe emanar del reconocimiento de su sufrimiento. Una característica muy específica de la contemplación de ese sufrimiento es que tiende a ser más poderosa y eficaz si nos concentramos en el dolor propio y luego ampliamos el espectro hasta alcanzar el sufrimiento de los otros. Nuestra compasión por ellos crece a medida que reconocemos su propio dolor.
Todos simpatizamos de forma espontánea con alguien que está pasando por el sufrimiento evidente asociado a una dolorosa enfermedad o a la pérdida de un ser querido. Es un tipo de sufrimiento que en el budismo recibe el nombre de sufrimiento del sufrimiento.
Sin embargo, resulta más difícil sentir compasión por otro tipo de sufrimiento —el sufrimiento del cambio, según los budistas—, que en términos convencionales consistiría en experiencias placenteras tales como disfrutar de la fama o la riqueza. Se trata de otro tipo muy distinto de sufrimiento. Cuando vemos que alguien alcanza el éxito mundano, en lugar de sentir compasión porque sabemos que un día ese estado acabará y esa persona deberá enfrentarse al disgusto asociado a toda pérdida, nuestra reacción más habitual suele ser la admiración y a veces incluso la envidia. Si hubiéramos llegado a comprender de verdad la naturaleza del sufrimiento, reconoceríamos que esas experiencias de fama y riqueza son temporales y portadoras de un placer fugaz que se esfumará y dejará al afectado sumido en el sufrimiento.
Existe también un tercer nivel de sufrimiento, aún más profundo y más sutil, que experimentamos constantemente, como consecuencia del carácter cíclico de nuestra existencia. El hecho de estar bajo el control de emociones y pensamientos negativos está en la misma naturaleza de esa existencia; mientras sigamos bajo su yugo, vivir es ya una forma de sufrimiento. Este nivel de sufrimiento impregna todas nuestras vidas, condenándonos a girar una y otra vez en círculos viciosos llenos de emociones negativas y acciones no virtuosas. Sin embargo, esta forma de sufrimiento resulta difícil de reconocer, pues no se trata del estado de desdicha evidente implícito en el sufrimiento del sufrimiento, ni lo opuesto a la fortuna o al bienestar, como apreciábamos en el sufrimiento del cambio. Este tercer tipo de sufrimiento, sin embargo, alcanza un nivel más profundo y se extiende a todos los aspectos de la vida.
Una vez que hemos cultivado una profunda comprensión de los tres niveles de sufrimiento en nuestra propia experiencia personal, resulta más fácil desviar el foco de atención hacia los otros. Desde ahí podremos desarrollar el deseo de verles libres de todo sufrimiento.

Cuando conseguimos combinar un sentimiento de empatía por los otros con una profunda comprensión del dolor que sufren, llegamos a sentir una verdadera compasión por ellos. Es algo en lo que debemos trabajar continuamente. Podemos compararlo con el proceso de encender un fuego frotando dos palos: sabemos que hay que mantener una fricción constante para prender fuego a la madera. De la misma forma, cuando trabajamos en el desarrollo de cualidades mentales como la compasión debemos aplicar las técnicas mentales necesarias para provocar el ansiado efecto. Abordar esta cuestión de modo fortuito no comporta ningún beneficio.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Reflexiones...

1.      Cuando alguien lee algunas de estas reflexiones – numeradas con un fin específico – cree que ese pensamiento refleja el todo de lo que yo soy, de lo que yo pienso y siento, cuando no es más que una de las piezas del puzzle de mi ser. Para comprender como soy, debería leer todos los pensamientos y asi tener una idea generalizada de lo que quiero expresar. Eso te proporciona una visión clara, completa del ser, y no una idea fragmentada, una parte pequeña de nosotros mismos.
2.      Es el conjunto de todas estas piezas, de todas estas reflexiones el que te proporciona una imagen real de quien soy.
3.      Es análogo a la parábola budista de Nagarjuna, que explica que ni la rueda, ni el tiro, ni la caja, ni los radios son el carro en realidad. Este es el conjunto de todas esas partes.
4.      Como seres humanos, nuestra identidad – aunque sea manifiestamente ilusoria – es el conjunto de un todo: los brazos, el pelo, los ojos, los riñones, huesos, la pierna, los pensamientos… todo eso conforma lo que somos… Pero ninguna de esas partes, por si misma somos nosotros. Yo no soy mi brazo, ni mi cabeza ni mis ojos. Ni siquiera soy las ideas que expreso en estas líneas, porque cada una de ellas está escrita en tiempos distintos y en estados emocionales diferentes unos de otros.
5.      De ahí que, vestirme de una manera determinada, no me confiere una identidad real. Ni que mi aspecto físico sea la impronta real de lo que soy en mi totalidad. Siempre será una idea fluctuante en el tiempo, que al igual que con el pensamiento y todo lo demás, es impermanente.
6.      Es evidente que todas las cosas son impermanentes, aunque nuestro ego se empeñe en señalar lo contrario. Lo podemos vivir a cada momento, día a día. Podemos creer ilusoriamente que la felicidad o la liberación del sufrimiento se consigue adquiriendo cosas, satisfaciendo nuestros deseos, pero no podemos de ninguna manera evitar los efectos de la vejez, la enfermedad y la separación de las cosas.
7.      Sea lo que sea lo que nos hace disfrutar, no es perdurable en el tiempo, y nos resulta doloroso porque queremos que dure para siempre. El sufrimiento pues, no puede evitarse con la satisfacción de los deseos. Esta solución es solo pasajera e ilusoria y no es en realidad una solución verdadera.
8.      Muchos de nosotros acabamos intuyendo algo extraño, pero nuestro ego tratará por todos los medios de acallarlo, de ocultarlo, de ignorarlo. Intentamos convencernos de que somos felices, o de que por lo menos debemos ser felices porque en teoría se nos dice que tenemos todas las cosas necesarias para serlo.
9.      Pero un susurro surge desde el fondo de nuestro corazón y nos repite insistentemente “… pero no eres de verdad feliz”. No nos gusta escuchar esa vocecita y nos tapamos los oídos en vano, tratando de ahogar nuestras penas en quehaceres superficiales, tratando de sofocar ese molesto pensamiento. Pero cuanto más lo tratemos de evitar, de ocultar e ignorar, más profunda se hace la herida causada.
10.  En realidad, esa vocecita es la que nos está alertando de que debemos cambiar algo en nuestra vida. Es una señal de alarma que nos altera de alguna forma. Y deberíamos agradecer esa alteración pues es la que nos empuja a buscar algo más elevado, una felicidad superior.
11.  Y, aunque no sepamos muy bien que buscamos o donde buscar, comenzamos la búsqueda. Y si persistimos en esa búsqueda, al final entraremos en contacto con algo que, podríamos definir como la espiritualidad.
12.  Y puede ser un símbolo, una reflexión, un libro, una frase que te habla, una fotografía, una persona… Y cuando entras en contacto íntimo con ello, independientemente de las circunstancias, responderemos al instante.

13.  En el fondo de tu corazón sientes e intuyes que eso es lo que habías estado buscando  todo el tiempo, incluso sin saberlo…

lunes, 11 de noviembre de 2013

Reflexionar

No podemos negar lo evidente: las nuevas tecnologías, nos guste o no, están conformando una nueva forma de comunicación entre las personas y colectivos. Aunque en el fondo huyo un poco de tener que relacionarme con mis semejantes a través de estos medios, si que entiendo que hoy en día es casi necesario disponer de esta herramienta para llegar a mucha más gente. Sobretodo cuando se trata de un colectivo público, con muchos participantes...
              En lo personal, prefiero sin duda el contacto directo, el cara a cara, donde podemos ver y sentir las emociones propias y ajenas durante una conversación. Ahí no hay engaño posible y uno, a poco que tengas una sensibilidad mínima, sabe lo que el otro te quiere decir...

              Pero en estos medios, tenemos que adaptarnos en lo posible para tratar de transmitir una idea, un concepto, de la forma más simple posible, para que el receptor lo interprete lo más cercano posible a la idea original.

             Pienso que a través de estos medios, a través de estas palabras que siempre vierto en este espacio, puedo llegar a mucha gente, con la firme intención de aportar algo, de hacer reflexionar mínimamente sobre los distintos aspectos de los temas que suelo tratar, y que casi siempre tienen que ver con la conciencia de nuestro ser.
             Me preocupa profundamente la evolución negativa de nuestra sociedad, el inmovilismo imperante y la falta de coherencia entre lo que hacemos y lo que pensamos. Nuestra falta de capacidad de adaptación a los profundos y sutiles cambios que atraviesan la vida nos hace ser infelices y fomenta la negación de los valores fundamentales que son las herramientas de cognición necesarias para comprenderlo.
            La ignorancia es un mal endémico de nuestros tiempos, y me refiero a la ignorancia profunda, no a la falta de conocimientos técnicos o teóricos que podamos poseer. La ignorancia de desconocer aspectos de nuestro propio ser, del sentido real de las cosas y del funcionamiento de nuestra mente y las consecuencias que ello nos acarrea en nuestras relaciones con el entorno.

              Así pues, utilizo este medio para tratar de llegar a la gente, a las personas que, como tu ahora mismo, están leyendo esto, sin importar mucho la razón por la que estás aqui. Seguramente, hay en el fondo un deseo -consciente o no- de encontrar respuestas a preguntas que quizás ni te hayas planteado siquiera... pero que están ahí.

             Creo que entre todos, podemos aportar un pequeño granito de arena a esta sociedad, para evitar -como mínimo- que se vaya deteriorando cada vez más. Pienso que es casi una obligación de quienes están de alguna manera en este camino, el de ayudar a los demás. Y también tu puedes hacerlo, simplemente con que difundas la existencia de este blog entre tus amigos y conocidos. Cuanto más se extienda esta red, más posibilidad de encontrar gente afin e interesada en evolucionar... hay que convencerles de que se hagan seguidores del sitio...

             No dudes en recomendar en todos los medios posibles este sitio...estarás contribuyendo a cambiar la vida a mucha gente...

martes, 15 de octubre de 2013

Se trata de compromiso...


Hace apenas unos días que acabo de mantener una conversación telefónica con mi maestro Shi Yan Ao, del monasterio Shaolin, con quien hacía tiempo no hablaba. Ha sido, dentro de la charla sobre diversos temas, una conversación emotiva en algunos aspectos, que me han hecho reflexionar profundamente. Siempre me siento enormemente afortunado de poder compartir estas cosas con alguien que en muchos aspectos admiro y me sirve de referente en caminos de la vida.
Cuando me ha preguntado sobre la marcha de la escuela y los discípulos, en realidad no sabía muy bien qué contestar, pues estos conceptos para nosotros revisten otras connotaciones muy especiales y distintas de lo que suele significar para el público en general. Esto ha motivado que hoy me haya propuesto de tratar de reflejar aquí mis reflexiones y preocupaciones al respecto.
Hay momentos en que de una manera metafísica vuelves la vista atrás y tratas de analizar la trayectoria de la escuela y de mí mismo como responsable. Tratas de ver quienes siguen tu camino y te acompañan en este proyecto de vida. Y trato de hacerlo con la ecuanimidad de quien comprende las vicisitudes de los cambios de los tiempos en esta sociedad. Y aun así, lo que puedo ver, no es agradable a los ojos del corazón…
Si bien hay alumnos en la escuela –pocos- metafóricamente éstos son como un cesto lleno de suculentas frutas de plástico, que si bien agradan a la vista, no te sirven de alimento. Los que nos dedicamos a la enseñanza tradicional, a la transmisión de valores a otros, tratando de aportar algo positivo a esta sociedad, buscamos algo más en los alumnos. Es más; el sentido profundo de una escuela es mantener viva una tradición, una continuidad en su trayectoria, aunque eso es a largo plazo…
Me pregunto hasta qué punto es positivo y necesario adaptarse a los cambios del tiempo, a las nuevas tendencias sociales, cuando ves que esos cambios no son para mejorar nada, sino todo lo contrario; nos llevan inexorablemente al fracaso de los valores y conforman una sociedad en la que todos nos quejamos de cómo están las cosas, pero seguimos inmersos en el proceso de alimentarla con lo que precisamente la convierten en lo que es. Doblegarme de alguna manera a estos cambios y tendencias es contribuir, no solo a que todo siga igual, sino a que las cosas vayan cada vez peor.
Esto me crea cierto desasosiego y tristeza, que parece querer minar mi estado de ánimo e ilusión en seguir adelante. Pocos, muy pocos pueden comprender los sentimientos que vuelan por mi mente y corazón en situaciones así…
Recuerdo entonces la ceremonia del Paishi que yo realicé en su momento en tres ocasiones con varios maestros y lo que ello significó y significa para mí. Y recuerdo, como no, la ceremonia de aceptación de discípulos que realicé en mi propia escuela no hace mucho tiempo atrás con algunos alumnos. Una ceremonia cargada de simbolismos, tradición ancestral y mucho corazón. Una ceremonia auspiciada y respaldada por mis maestros del monasterio.
De aquellos alumnos que la realizaron, solo uno queda que no ha roto su palabra y mantiene el vínculo con  la escuela y conmigo. Los demás, por unos motivos u otros, han abandonado el camino, rompiendo así su promesa realizada, demostrando con ello que su palabra no tiene valor alguno. Las razones pasan casi a un escueto e insignificante segundo término, porque con ello hemos despreciado el valor tradicional y ético que tiene esta ceremonia. Posiblemente no estaban preparados para afrontar lo que esto suponía, que es una relación muy especial de por vida, y por ello no les ha supuesto ninguna dificultad abandonar este camino y romper su palabra. Una palabra que quedó plasmada por escrito en el manifiesto que entregaron en su momento al maestro y que queda como testigo mudo de su incoherencia y falta de compromiso y sinceridad. Aun sabiendo que nada es permanente, hay cosas que marcan tu camino para siempre en muchos aspectos y, lamentablemente, pasamos por alto su profundo significado.
Algunos incluso se permiten poner en tela de juicio mi capacidad para enseñar, pero son incapaces de asumir su propio fracaso en el camino emprendido, que no saben la relación tan estrecha que tiene con sus vidas cotidianas.
Pero esto parece ser una tónica general en nuestra sociedad occidental, donde los valores éticos y morales parecen haberse difuminado entre la niebla de la mediocridad y superficialidad que nubla nuestros sentidos y ensombrece nuestro corazón. Una sociedad donde hablar de ética y moral, del valor, la honestidad y el compromiso serio, parece ya casi anacrónico. Parece no haber consecuencia de tales comportamientos, pero eso no es más que un error más de comprensión. Todo tiene un efecto en nuestras vidas, cuya causa muchas veces no sabemos identificar, pero tarde o temprano, acabamos ‘pagando’ por ello, nos guste o no. Lo comprendamos o no.
No importa con quien sea un compromiso; Con un amigo, con tu pareja, tu trabajo, con la federación, con la escuela, con tu maestro, y con quien es más importante: contigo mismo… Cuando se da nuestra palabra, adquirimos un compromiso, que supuestamente es para cumplir lo pactado. De no hacerlo, de incumplirla de manera continuada, ¿Qué valor tiene nuestra palabra entonces? ¿Qué credibilidad tenemos como ser humano ante los demás? ¿Qué fiabilidad tendremos ante nosotros mismos? ¿Cómo puede funcionar una sociedad así?
Asistimos a una profunda y dolorosa sequía de valores, donde solo unos pocos aun riegan, nutren y mantienen vivos los árboles de la vida que dan coherencia y sentido paradigmático a lo que hacemos todos. Muchas veces, estas personas no alcanzan a ser grandes líderes; Ni siquiera buscan serlo… Aunque esto no sabemos ni siquiera reconocerlo, siguen estando ahí y de ello alimentamos con algo valioso nuestra maltrecha alma y conciencia. Nos aportaría cierta dignidad, mostrar un mínimo de respeto y agradecimiento hacia ellos. Pero esto solo sabe reconocerlo y hacerlo los que ya llevan dentro esa semilla de sabiduría. Solo éstos son capaces de llamar a alguien “Maestro”, con el compromiso y respeto que merece esta palabra.
A ciertas alturas de la vida, uno tiene que tomar decisiones propias en muchos aspectos y no seguir una rutinaria forma de actuar, inconsciente e incoherente, que nos conduce a la indiferencia, pasividad e inamovilidad, impidiendo que la ilusión mueva el motor de nuestra práctica. Esta actitud nos lleva inexorablemente a abandonar el camino recorrido hasta entonces, como han hecho algunos en la escuela.
Por ello, ahora cuando miro atrás, siento esa tristeza y desaliento en el corazón. Un proyecto de escuela, un proyecto de vida que se pierde en el horizonte de mis pies… ¿Quién es capaz de seguir trabajando en mi línea, mi estilo y escuela cuando yo ya no esté? ¿Quién, a través de la práctica del Kung-fu, se está formando como artista marcial, como persona?... ¿Quién antepone la práctica y aprendizaje del Kung-fu –sin dejar de lado sus demás obligaciones- a otros aspectos de su vida?
Quedan alumnos en la escuela, si, a veces más y otras veces menos, que van fluctuando entre las circunstancias de la vida. Y todos son valiosos, sin duda alguna, pero igual que llegaron se van. Algunos pocos siguen con el tiempo, pero no se acercan a las tradiciones, se mantienen a una distancia prudencial –por las razones que sean- y acaban estancándose en su inamovilidad e incomprensión profunda de la filosofía del Kung-fu. Siempre se quedan a las puertas de las expectativas que tenía sobre ellos.
Pero no abandono, porque en mis 41 años de prácticas nunca lo he hecho, y me quedo con el valor de quien si sigue ahí, destacando sobre todos los demás con su fuerza y compromiso. Hablo sin duda alguna de Shi Heng Long, un guerrero pacífico con el espíritu del verdadero dragón de Shaolin. Un discípulo que sí sabe lo que significan las palabras que mencioné antes porque las pone en práctica en su día a día y en su relación con la escuela, con el Kung-fu y conmigo. Un discípulo que mantiene vivas las tradiciones que implican, entre otras muchas cosas, ser aceptado como tal por un maestro, por el linaje de una escuela tan importante como es Shaolin. Esto confiere un enorme valor inmaterial y humano a quien lo hace de corazón y a quien lo otorga con el alma. Y da también un profundo sentido a tu práctica, asentando unas sólidas bases que se mantendrán ahí, resistiendo las tempestades y adversidades de la vida. Ya lo dice un antiguo dicho en el ámbito de las artes marciales chinas:
“Quien honra a su Maestro, se honra a sí mismo”
Demuestra con su actitud una coherencia de palabra y actos, mantenida a lo largo del tiempo, alimentando continuamente la ilusión del aprendizaje y la humildad de la enseñanza. Te hace comprender los valores profundos del respeto hacia tu escuela, tu maestro y hacia ti mismo. Le da valor y sentido a los conceptos de la confianza bien entendida, del verdadero porqué de tu práctica y conecta con tu yo más íntimo.
Solo ahí podrás descubrir el terreno por el que se mueve el tigre de Shaolin y subir la montaña en la que reside el espíritu del poderoso Dragón.
Solo así puedes alcanzar a sentir el corazón del Guerrero pacífico… y eso cambiará toda tu vida. Pero sobretodo, reflexiona:

“Nunca podrás ser un Maestro, si antes no has sido discípulo”

jueves, 10 de octubre de 2013

En silencio...

Con el paso de los años utilizo más cada día el análisis personal. Este acto diario, que suelo realizar antes de acostarme por la noche o después de mi sesión matinal de meditación, ha sido para mi una herramienta muy importante de cambio. Ha puesto delante de mis ojos los defectos que debo cambiar y ha dotado a mi conciencia de una dimensión ética más precisa, al sensibilizarme con la responsabilidad que existe en cada acto de mi vida al interactuar con los demás.
No se trata de una forma de autocastigo, en absoluto, es sencillamente una forma de sentirte mejor contigo mismo y reconocer que nuestra naturaleza humana es algo más que comer, trabajar, procrear, criticar, envidiar y dormir. Nos hacemos más humanos cuando levantamos la vista de nuestro ombligo para mirar a los demás a los ojos y tratamos de corregir las pequeñas o grandes heridas que hayamos podido infligir, consciente o inconscientemente. Ejemplos hay muchos en nuestro entorno: Esa mala palabra al vecino; ese acto de ira irrefrenable; esas ganas de "cotillear" de otros; ese impulso por destruir la reputación de determinadas personas; las ansias de subir por encima de los demás sin importar los medios; la envidia, el resentimiento, el egoísmo, los apegos materiales...

            He aprendido a corregir errores también gracias a la crítica hiriente de los "enemigos". Ahora me duele más cuando soy consciente de algún error o acto que puede haber hecho daño a alguien. Y reflexiono internamente y "pido perdón" en silencio, al mismo tiempo que me hago la firme intención de reparar el daño producido. A veces es algo tan sencillo como una llamada telefónica, o simplemente no volver a cometer la acción que ha desencadenado el mal cometido. Porque... ¿que ganamos regocijándonos en el dolor ajeno? Todas nuestras acciones, todas, son interdependientes; no hay acciones aisladas.
Me he dado cuenta de la enorme responsabilidad que late en cada acción y en cada paso que doy en la vida. Una palabra mal dicha, una injuria vertida no solo ocasiona un perjuicio enorme a la persona que la recibe. Esa persona tiene familia, hijos, gente que depende de él y, con toda seguridad, también tiene sus "cosas buenas", sus virtudes. Nuestro ánimo por perjudicarle puede interferir gravemente en su estado de ánimo y desencadenar un "efecto mariposa" en cascada gravísimo del que, en última instancia, yo he sido el responsable.
¿Cómo es eso? Pues mi reproche o insulto, por ejemplo, al condicionar su estado emocional, lo puede hacer más vulnerable y que no preste tanta atención al tráfico mientras conduce, porque está "dándole vueltas" a lo que le he dicho. Y de pronto, en un trágico despiste, se empotra contra otro coche o arrolla a un transeúnte y el cáos se desata de forma infernal. Y todo comenzó probablemente con esas palabras maledicientes que tu, yo o cualquier otro le hemos dicho.

            Nadie es perfecto pero todos podemos aspirar a ser mejores personas. Debemos reflexionar sobre las implicaciones que nuestros actos tienen. Porque al igual que la ira, la envidia o las ganas de hacer daño pueden ser el germen de una desgracia, una buena palabra, una sonrisa, un abrazo o simplemente refrenar un impulso negativo puede ser una acción que salve una vida.

Nada nos hace más grandes que reconocer lo pequeños que somos en este inmenso Universo.


Alimentar el ego con la ira solo traerá lo mismo a nuestras vidas. El veneno del odio es la mayor fuerza destructiva de la humanidad. Empecemos por nosotros mismos. Cada día. Un análisis de los actos del día seguido de un propósito de cambio. Los resultados pueden ser maravillosos. Piensa como te sientes cuando te hacen el daño a ti y recuerda que cuando llegue el momento de tu muerte, cuando te encuentres a solas contigo mismo, la conciencia de tus actos será tu única compañía en esos momentos.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Reflexiones...

En alguna ocasión me he encontrado con personas que, perdidas en sus creencias religiosas y su fe, se han acercado al budismo, buscando respuestas. Pero lo han hecho bajo el prisma de la manera de comprender las cosas que les venía del cristianismo, y así, hacían una interpretación errónea de las enseñanzas budistas. No fueron capaces de deshacerse de esa manera de interpretar las cosas y así, no había forma de hacerles comprender el sentido de lo que querían aprender. Su modelo hermético de pensamiento no les permitía ver con ojos nuevos lo que tenían delante y así seguían inmersos en esa frustración de la búsqueda inútil. Abandonaban buscando cualquier excusa, o bien seguían una práctica sesgada y errónea que no produce obviamente resultados positivos. Eso, a su vez conduce a una interpretación personalizada y ‘a la carta’ de las enseñanzas filosóficas no herméticas ni dogmáticas (estas son más simples de asumir), y así nacen corrientes de religiones que acaban siendo sectarias. Son segmentos o escisiones de formas o sistemas religiosos que podrían ser perfectamente útiles, pero a los que hemos desposeído de su valor intrínseco, de lo verdaderamente importante: su contenido de fondo.