jueves, 17 de julio de 2014

¿Diferente?
Apenas hace unas horas que he tenido una pequeña discusión –si se le puede llamar así- con unas señoras en el paseo marítimo de nuestra localidad. El motivo, nada relevante en realidad, ha sido acerca del trato que le dan algunos a ‘sus’ animales de compañía.
Pero eso no es lo relevante, no. De la discusión no ha trascendido emoción alguna en mí que haya perdurado más allá de unos minutos. Pero si ha despertado una profunda reflexión que ha surgido con fuerza mientras estaba sentado contemplando las olas de la orilla del mar. Una reflexión que, al igual que las olas, iba y venía en forma de preguntas y respuestas.
¿Qué me hace realmente diferente a otras personas?... Esta pregunta, a la que siempre encuentro respuestas distintas rondaba sin cesar por los espacios de mi mente. El que yo pueda ser profesor, maestro, español, gitano, chorizo, alto, enfermero, heterosexual, blanco o tonto, no me hace distinto de todos los demás. Entiendo perfectamente que solo son etiquetas mentales que pertenecen al estado ilusorio de la mente humana. Nos sirven, al menos a mí- solo para mantener una intercomunicación con mis semejantes, para manifestar un estado del ser y para –a través de los sentidos- interpretar y percibir nuestro entorno. Y así es como nos relacionamos con lo que llamamos realidad.
Pero en el fondo – y llego al tema del porqué de la discusión de esta tarde- lo que busco y pretendo, inconscientemente o no, es que el resto del mundo sea como yo quiero que sea. Que se ajuste a mi realidad. Y si no es así, pues nos enervamos e incluso nos enfadamos. Todos deseamos que las cosas sean como nosotros queremos que sean. Eso es sin duda un atributo de nuestro ego… y así trata de hacerse fuerte, desplegando todo su orgullo y demás artimañas para auto-afianzarse como poseedor de la verdad…
Así pues, no soy tan distinto de los demás… ¿O quizás si?...
Quizás lo que me diferencia –que no es que me haga mejor o peor- es que soy muy consciente de ello. Que mi deseo nace de la idea profunda del sentido del Bodhisattva y de la aplicación de la compasión. Deseo que las cosas sean como creo que deben ser por una razón de base: que todos sean más felices y que cese el sufrimiento.
No dejo que mi ego se fortalezca en la idea de tener siempre la razón, ya sea objetiva o subjetiva; Poco importa. El caso es no dejar que anide en mi corazón y mi mente esa emoción perturbadora, que si bien por un momento puede revolotear por el cielo de mis pensamientos, no encuentra donde posarse.
En la práctica de ese camino, veo situaciones que conducen a potenciales errores y consecuentemente, al sufrimiento, y ante eso, no puedo permanecer impasible; Tengo que actuar.
De esta manera, la defensa de una idea, de una manera de hacer las cosas no se alimenta de insano orgullo, lo que nublaría sin duda el sentido común y oscurece nuestro corazón, haciendo imposible comprender lo que significa la compasión. Mantenerse firme, no es por lo tanto un baluarte inexpugnable de nuestro ego, sino una expresión de nuestra comprensión clara de las cosas con un objetivo positivo.
Así, cuando mantengo alguna discusión –casi siempre- trato de hacerlo sin que la rabia, el orgullo o la sin razón sean los argumentos empleados en mi manifestación. No dejo que haya emoción perturbadora que sea la que conduzca el tema. La tranquilidad y serenidad de fondo son los elementos que deben estar presentes. No hay sentimiento de odio, ni rencor, ni resentimiento, ni trato de prejuzgar a nadie. Simplemente defiendo y expongo mi visión de la situación, entendiendo incluso que el otro pueda tener una manera distinta de verlo.
Esto no implica que en un momento dado no deje salir mi carácter o mi indignación, pero jamás como arma arrojadiza hacia el otro. Jamás con intención de hacer daño o de menospreciar al otro, ya sea profesor, maestro, gitano, negro, ruso o extraterrestre, o rico o pobre… como yo.

Al fin y al cabo, todos somos más o menos iguales, pero nos creemos distintos.

martes, 15 de julio de 2014

La soledad de la montaña


Esta mañana, tras la meditación y la clase de Qigong, uno de los alumnos del maestro me ha invitado a ir con ellos a un manantial cercano a por agua. La idea me parecía interesante, aunque no entendía muy bien lo de ‘ir a por agua’ cuando a pocos metros del templo ya había un pequeño manantial del que nos surtíamos para todo.
Emprendimos la caminata por el sendero que discurre por los escarpados acantilados de la montaña, subiendo y bajando bastos y desiguales escalones tallados en la roca. Era media mañana y el sol ya se dejaba sentir sobre nuestras cabezas rapadas. Yo caminaba junto a los otros tres jóvenes –mucho más que yo- a un ritmo bastante tranquilo. Pero no me imaginaba que lo del sentido de ‘cercano’ era distinto para ellos que para mí, pues ya llevaríamos como media hora caminando y yo no veía el dichoso manantial por ningún lado.

-“Shenme shi hou women dao le?”, pregunté un par de veces a uno de ellos, obteniendo unas risas como respuesta…

Unos minutos más tarde, y tras doblar un recodo en el camino, comencé a escuchar un ruido de agua cayendo. Efectivamente, allí encontramos una hermosa cascada de agua, de unos veinte metros de caída, encajada en un estrecho desfiladero, muy cercano a una especie de puente. De no conocer el sitio, era difícil encontrarlo. Yo mismo había pasado días atrás por allí y no lo había visto.

El sitio era realmente impresionante; la cascada caía en una charca de unos tres o cuatro metros de diámetro, en medio de un pequeño desfiladero sin salida. Era como un refugio natural excavado por la naturaleza en la roca.

Nada más llegar, los tres monjes saltaron chillando como posesos a la poza, cuya profundidad no era excesiva pero les permitía cubrirse hasta el cuello en un agua tan fría como cristalina. Yo ya no me sentía con la edad –ni con la valentía- adecuada para hacer lo mismo. El agua estaba realmente helada; te cortaba casi la piel, pero allí estaban los tres, jugando como niños; tan contentos como gorrinos en un charco. Luego salieron y se despojaron de sus trajes que colgaron de las ramas de un viejo y reseco árbol que había y se sentaron a la orilla de la poza en posición de meditación. Me indicaron que hiciera lo mismo que ellos y a eso si que accedí sin problema.

Me senté sobre la roca, en posición de medio loto y traté de disfrutar de todos los sentidos que en esos momentos estaban como aletargados por la contemplación de tanta belleza natural. El entorno, al cerrar los ojos, se tornó de pronto en un silencio armonioso, donde solo el caer del agua en la poza dibujaba aun trazos de la realidad que mis sentidos podían percibir. Los olores, los ruidos de los pájaros, la brisa y el agua formaban una sintonía hermosa que me envolvía en un manto invisible. Poco a poco, las sensaciones de mi propio cuerpo físico fueron disolviéndose en un todo, dejando de percibirlo como una entidad separada.

Mi mente, mis pensamientos y mi cuerpo ya eran una sola cosa, en perfecta armonía con el entorno. Esa sensación solo la puedes percibir a posteriori, cuando sales de ese estado meditativo de vacío absoluto, pero a la vez de todo un mundo de sensaciones, que es indescriptible para los sentidos comunes. Una idea abstracta de lo que es la unión con el todo, que solo comprendes después de haberla sentido. Lo subjetivo y lo objetivo de la realidad se mezclan ahí de tal manera que no hay separación; No hay dos cosas, sino que todo es uno.

Esa es la experiencia del samadhi, del despertar de la mente sublime; Un estado del ser perfecto, donde no caben palabras para describirlo ni la necesidad de hacerlo. Solo una armoniosa y a la vez embriagante felicidad que, paradójicamente sentía en cada uno de mis poros, pero sin sentir mi cuerpo como tal.

En ese estado permanecí no sé cuánto tiempo, puede que media hora o más.

Luego, sales de ese estado de la mente y permaneces sentado, reflexionando con una claridad que por momentos me asustaba. Las preguntas y respuestas se sucedían en mi mente de una manera vertiginosa pero ordenada. Era una sensación de que pregunta y respuesta eran también una sola cosa. Una parte de mi mente, de mi yo –por definirlo de alguna manera- observaba a la otra parte de mí mismo en su desarrollo mental y emocional, como viendo todo el proceso. Así, uno mismo se convierte en observador de lo que observa, mientras al mismo tiempo hay un estado que lo puede percibir. Quizás, desde la perspectiva actual –mientras escribo esto ahora- era todo un galimatías mental, pero en esos momentos todo estaba tremendamente claro.

Estos estados alterados de conciencia, que yo ya había podido experimentar en varias ocasiones con esa intensidad, en estos lugares y circunstancias se convertían en casi un hábito, que poco a poco iban modificando tu estado interior. Sin las dispersiones de la mente en lo cotidiano de nuestra sociedad ajetreada occidental, era un camino mucho más fácil e intenso hacia esos estados del Nirvana… Algo siempre quedaba, de modo que algo importante iba cambiando en mi interior y se reflejaba en mi actitud externa.

Aun estaba absorto en mis pensamientos cuando volví a percibir el sonido de las voces de los otros tres monjes. Se habían vestido ya por completo y estaban encaramados en una pequeña ladera, recogiendo unas hierbas. Uno de ellos entonaba un mantra que yo había escuchado días antes en una de las liturgias de la mañana. Sonaba muy hermoso allí, entre las rocas inmensas, los arbustos y el tremendo abismo a nuestros pies.

Les pregunté si podía ayudarles y me indicaron que sí, que subiera allí y les ayudara a recolectar esas plantas, que yo por supuesto desconocía. Me costó lo suyo subirme a su altura –uno ya tiene una cierta edad en la que subirse como una cabra por las laderas, ya no es su especialidad- y me fijé el tipo de planta que estaban recolectando.
Lin Yun, uno de los monjes, me la enseñó y trató de explicarme que era una medicina o que con ella hacían una medicina muy poderosa. Eso por lo menos creí entender. Aun hoy no se de qué planta se trataba, pero debía ser autóctona de aquella zona. El caso es que encontré algunas y las coloqué en el cesto que llevaban. Lin Yun trató de explicarme que cuando arrancara una de esas plantas recitara un mantra, como agradecimiento a la tierra. También me indicó la manera correcta de hacerlo, para no dañar la planta.

Media hora más tarde, emprendimos el camino de regreso, lleno de una extraña euforia que me llenaba todos los sentidos. Creo que podría afirmar que irradiaba una energía muy poderosa. Era eso lo que realmente diferenciaba a la gente de aquí arriba de todos los demás.
Nos encontramos con el Maestro Shi DeJian justo en la entrada al templo, y se ve que Lin Yun le explicó que yo también había recogido algunas plantas, por lo que me saludó efusivamente con su curiosa sonrisa, haciéndome un gesto con el pulgar de su mano hacia arriba. Cogió un manojo de hierbas y me indicó que eran una poderosa medicina, aunque no comprendí muy bien para qué.

Cuando llegué a mi aposento en la pequeña cueva –perfectamente acomodada como vivienda, aunque muy austera- tomé mi cuaderno de apuntes y traté de darle cierta forma a la experiencia vivida, cuyo fruto es este mismo texto.
Nuevamente mi mente se perdió en el laberinto de las emociones y pensamientos, tratando de sacarlo todo a la luz y plasmarlo en papel, lo que originaba nuevas reflexiones acerca de la experiencia…
Pero eso, queda para otro día… me estaba quedando sin luz natural y salí fuera, a contemplar el hermoso atardecer que todos los días me regalaba la naturaleza. Me senté sobre el muro de piedra que separaba el pequeño camino de la casa, del abismo. Y traté una vez más de unirme en esa naturaleza sublime, donde te olvidas de ti mismo y te integras en el todo. El sol se estaba poniendo justo por encima de un mar de nubes bajas en el horizonte, justo entre varios picos de la montaña Shaoshi, dibujándolo todo de hermosos colores amarillos, anaranjados y rojizos, en una sintonía paisajística impresionante.
Solo había un “pájaro-deseo” que revoloteaba por mi mente de vez en cuando y era que deseaba poder compartir todo esto con la gente que quería, o con cualquiera que tuviera la suficiente sensibilidad para percibir el sentido de la vida a través de esta visión.
Estoy convencido de que en esos momentos, en esos atardeceres que tuve la ocasión de experimentar allí, parte de mi esencia se quedó en ese entorno, en esa unidad con la naturaleza…


Y que, de haber vuelto, era solo por la necesidad de poder compartirlo con vosotros…

lunes, 7 de julio de 2014

Paciencia

Ya no tengo la paciencia de antaño. Incluso me cuestiono si la virtud de tener paciencia se ve incrementada con el paso de los años. Ahora mismo no lo creo, aunque quizás se trate de una etapa más en mi vida, de la que debo aprender algo. Seguramente será algo así.
No es que pierda la compostura ante situaciones que me exasperan, si no que es cansancio de ver la incongruencia de la gente. La profunda incapacidad de aprender nada por sí mismos, de observar nuestro entorno y ser conscientes de la realidad. Cansado quizás de la evidente y cada vez más extendida incoherencia de todos nosotros. O de la mayoría. Y eso es extensible, según mi criterio, a todos los ámbitos de la vida.
Cansado de repetir por enésima vez un consejo –que me han pedido- sin que mi respuesta tenga repercusión alguna, o se cambie algo para mejorar determinada situación o hábito o problema. De que se repitan una y otra vez los mismos errores y que, encima, se traten de justificar en vez de afrontar el fracaso y empezar algo nuevo.
Muy hastiado de ver día a día como se destruyen valores, o de cómo éstos son sistemáticamente despreciados. De cómo esa falta de valores está minando nuestra sociedad, donde las cosas aparentan ir bien, o regular, según quien te lo quiera vender, pero que todos sabemos que adolece de muchas cosas. Que vivimos en una sociedad que produce infelicidad en cantidades industriales, favoreciendo la ignorancia en pro de un materialismo sistemático, que solo crea frustración.
Y nos quejamos de todo y por todo, en vez de ponernos de verdad a cambiar actitudes.
Veo como se enaltecen las llamadas nuevas tendencias o tecnologías, sin tener en cuenta el grave problema de fondo que nos crea y que no queremos entender, a pesar de que lo podamos intuir.
Y cansa. Y la paciencia, que no es infinita, se agota. Harto de aguantar a gente que ve que está haciendo algo mal, muy mal incluso y no hace nada por evitarlo. Porque, ¿Hay mayor estupidez e ignorancia que justificar nuestros errores, en vez de reconocerlos y tratar de cambiarlos?... No hay más tonto que el que no quiere aprender.
Constato en las clases como los niños de hoy, son mucho más torpes que los de hace 20 años, que tienen menos aguante, menos disciplina y menos capacidad por aprender movimientos que impliquen una coordinación psicomotriz. Las habilidades motrices se van debilitando, por el sedentarismo y la poca atención que se es capaz de mostrar. Eso sí, hay una extraordinaria habilidad para manejar todo tipo de aparatos electrónicos, pero una manifiesta incapacidad por coordinar tres movimientos seguidos. Esto hace que el aprendizaje sea cada vez más lento, más improductivo.
Cuesta horrores que tres niños se coordinen entre sí, pues carecen cada vez más del sentido de cooperación, de trabajo en grupo. Esto tiene una relevancia extraordinaria a unos ámbitos muy diferentes. Demuestra que hay un latente egoísmo en cada uno de nosotros, de que solo en situaciones extremas somos capaces de cooperar para sacer algo adelante. La individualidad está por encima del colectivo.
Ya no tengo paciencia, no… o muy poca. Se ha ido desgastando con el paso del tiempo. Y eso me lleva a la paradoja de llegar a ser intolerante con los intolerantes. Porque, ¿Hasta qué punto uno puede permanecer impasible con gente que, inconsciente o no, hace daño a los demás, a la naturaleza, a los animales? ¿Con gente que sigue robando y engañando amparados en estamentos políticos o de poder?... ¿Cómo se puede ser paciente con tanta injusticia social, con los deshaucios, con las personas que pasan hambre?...
Será sin duda que tengo que aprender, a volver a fortalecer mi paciencia, a trabajar con mi creciente intolerancia y desarrollar más la compasión…

¡Qué difícil!....

jueves, 26 de junio de 2014

Budismo Ch'an

Dice Bodhidharma:
“Cuando la mente deja de moverse, penetra en el nirvana. Nirvana es una mente vacía. Cuando no exis­te la ignorancia, los Buddhas alcanzan el nirvana. Cuando no existen las aflicciones, los bodhisattvas entran en el lugar del despertar.
 Un lugar deshabitado es uno sin codicia, odio ni ignoran­cia. La codicia es el reino del deseo, el odio el reino de la forma y la ignorancia el reino sin forma.
Cuando da comienzo un pensamiento se penetra en los tres reinos. El principio o fin de los tres reinos, la existencia o no existencia de todo, depende de la mente. Esto es aplicable a todo, incluso a objetos inani­mados como rocas y palos.
Cualquiera que sepa que la mente es una ficción y está vacía de cualquier cosa real, sabe que su propia mente ni existe ni no existe.
Los mortales siguen creando la mente, procla­mando que existe.
Los arhats siguen negando la mente, pro­clamando que no existe.
 Pero los bodhisattvas y los Buddhas ni crean ni niegan la mente.
(Saben que NO HAY MENTE y NO HAY NO-MENTE) “
Comprender la naturaleza de la mente es pues situarse en el camino medio fuera de los pares de opuestos sin juzgar nada ni como bueno ni como malo, ni entender nada encasillandolo en conceptos mentales:
“Si utilizas tu mente para estudiar la realidad, no entenderás ni tu mente ni la realidad. Si estudias la realidad sin utilizar la mente, entenderás ambas. Aquellos que no comprenden, no en­tienden el entendimiento. Y aquellos que comprenden, entien­den el entendimiento. La gente capaz de verdadera visión  sabe que la mente es vacío, trascienden tanto comprensión como no comprensión”
EL bodhisattva no abandona el mundo apegándose a la inexistencia o el no ser ni se queda en el, apegándose a la existencia, el desapego es pues la esencia del camino
“Los ojos que no se aferran a la forma son las Puertas del Chan. Los oídos que no se aferran al sonido son también las Puertas del Chan. En pocas palabras, aquellos que perciben la existencia y la naturaleza de los fenómenos y permanecen sin aferrarse son liberados. Aquellos que perciben la apariencia externa de los fenómenos están a su merced. Liberación significa no estar su­jeto a la aflicción. No hay otra liberación. Cuando se sabe cómo mirar la forma, la forma no da paso a la aparición de la mente y la mente no da paso a la aparición de la forma. Am­bas, forma y mente, son puras.”
EL Chan es el camino directo al despertar, su fin se encuentra más allá de la mente, más allá de las ideas y conceptos y de la Dualidad. Para darnos una idea de su profundidad dice Bodhidharma:
“Los Buddhas tienen tres cuerpos de transformación, un cuerpo de recompensa y un cuerpo real. El cuerpo de transformación también es llamado cuerpo de encarnación.
 El cuerpo de transformación aparece cuando los mortales realizan buenos actos, el cuerpo de recompensa cuando cultivan la sabiduría y el cuerpo real cuando se hacen conscientes de los sublime. El cuerpo de transformación es el que puede verse volar en todas direcciones rescatando a otros allí donde puede. El cuerpo de recompensa pone fin a las dudas. La Gran Iluminación sucedida en los Himalayas se convierte repentinamente en verdad. El cuerpo real no hace ni dice nada. Permanece perfectamente inmóvil. Pero en realidad, ni siquiera existe un cuerpo de Buddha, y mucho menos tres. Este hablar de los tres cuerpos está simplemente basado en la comprensión humana, que puede ser superficial, moderada o profunda.
La gente de comprensión superficial imagina que acumula méritos y confunde el cuerpo de transformación con el Buddha. La gente de comprensión moderada imagina que está poniendo fin al sufrimiento y confunde el cuerpo de recompensa con el Buddha. Y la gente de profunda comprensión imagina que experimenta la budeidad y confunde el cuerpo real con el Buddha. Pero la gente con la comprensión más profunda mira en su interior, sin ser distraída por nada. Como una mente clara es el Buddha, alcanzan la comprensión de un Buddha sin utilizar la mente. Los tres cuerpos, como todas las además cosas, son inalcanzables e indescriptibles. La mente sin estorbo alcanza el Camino.”

sábado, 24 de mayo de 2014

Reflexiones

LOS 14 PRECEPTOS DEL MAESTRO BUDISTA THICH NHAT HANH

Si intentaramos seguir estos consejos, otro mundo tendríamos, ¿no estáis de acuerdo? Meditar sobre ellos y ponerlos en práctica abre las puertas a la verdadera felicidad. Porque la verdadera felicidad es ver felices a los demás y compartir con ellos este sentimiento. El Budismo nos ofrece, desde la tolerancia como fundamento, unas enseñanzas magníficas para ayudarnos a vivir en plenitud.

1. No seas idólatra ni te ates a ninguna doctrina, teoría o ideología, incluso a las budistas. Todos los sistemas de pensamiento son medios de guía; no son la verdad absoluta.

2. No creas que el conocimiento que tienes en este momento es la verdad inmutable, absoluta. Evita ser de mentalidad estrecha y atarte a los puntos de vista presentes. Aprende y practica el desapego de los puntos de vista para estar abierto a recibir los puntos de vista de los demás. La verdad se encuentra en la vida y no meramente en el conocimiento conceptual. Prepárate para aprender a través de toda la vida y a observar la realidad en ti mismo y en el mundo en todo momento.

3. No fuerces a los demás, ni siquiera a los niños, por ningún medio en absoluto, a adoptar tus puntos de vista, ya sea por autoridad, amenaza, dinero, propaganda o incluso educación. Sin embargo, por medio del diálogo compasivo, ayuda a los demás a renunciar al fanatismo y la estrechez.

4. No evites el contacto con el sufrimiento ni cierres tus ojos ante el sufrimiento. No pierdas la conciencia de la existencia del sufrimiento en la vida del mundo. Encuentra maneras para estar con aquellos que están sufriendo por todos los medios, incluyendo el contacto personal y las visitas, imágenes, sonido. Por tales medios, despierta tú mismo y a los demás a la realidad del sufrimiento en el mundo.

5. No acumules riqueza mientras millones están hambrientos. No tomes como el objetivo de tu vida a la fama, el provecho, la riqueza o el placer sensual. Vive simplemente y comparte el tiempo, la energía y los recursos materiales con quienes están en necesidad.

6. No mantengas ira u odio. Tan pronto como surgen la ira y el odio, practica la meditación sobre la compasión para comprender profundamente a las personas que han causado ira y odio. Aprende a ver a los otros seres con los ojos de la compasión.

7. No te pierdas en la dispersión y en el ambiente que te rodea. Aprende a practicar la respiración para recuperar la compostura del cuerpo y la mente, para practicar la atención, y para desarrollar la concentración y la comprensión.

8. No pronuncies palabras que puedan crear discordia y causar ruptura en la comunidad. Haz todos los esfuerzos para reconciliar y resolver todos los conflictos, aunque sean pequeños.

9. No digas cosas falsas por el bien del interés personal o para impresionar a las personas. No pronuncies palabras que causen desviación y odio. No difundas noticias que no sabes si son ciertas. No critiques o condenes cosas de las que no estás seguro. Habla siempre verdadera y constructivamente. Ten el valor de hablar sobre situaciones de injusticia, aun cuando hacerlo pueda amenazar tu propia seguridad.

10. No uses a la comunidad Budista para ganancia o provecho personal, ni transformes tu comunidad en un partido político. Una comunidad religiosa debe, sin embargo, tomar una actitud clara contra la opresión y la injusticia, y debe esforzarse por cambiar la situación sin engancharse en conflictos partidarios.

11. No vivas con una vocación que sea dañina para los humanos y la naturaleza. No inviertas en compañías que priven a los demás de su oportunidad de vivir. Elige una vocación que ayude a realizar tu ideal de compasión.

12. No mates. No permitas que otros maten. Encuentra todos los medios posibles para proteger la vida y prevenir la guerra.

13. No poseas nada que debería pertenecer a los demás. Respeta la propiedad de los demás pero evita que los demás se enriquezcan con el sufrimiento humano o el sufrimiento de otros seres.

14. No maltrates a tu cuerpo. Aprende a manejarlo con respeto. No veas a tu cuerpo sólo como un instrumento. Preserva las energías vitales (sexual, respiración, espíritu) para la realización del Camino. La expresión sexual no debería ocurrir sin amor y compromiso. En las relaciones sexuales, sé consciente del sufrimiento futuro que pueda causarse. Para preservar la felicidad de los demás, respeta los derechos y compromisos de los demás. Sé plenamente consciente de la responsabilidad de traer nuevas vidas al mundo. Medita sobre el mundo al cual estás trayendo nuevos seres.

No creas que yo siento que sigo todos y cada uno de estos preceptos perfectamente. Sé que fallo de muchas maneras. Ninguno de nosotros puede cumplir plenamente cualquiera de ellos. Sin embargo, debo trabajar hacia una meta. Esta es mi meta. Ninguna palabra puede reemplazar a la práctica, sólo la práctica puede hacer a las palabras. ¿Lo intentamos?

Javier Akerman

miércoles, 14 de mayo de 2014

Observar…
Al igual que en este preciso momento estoy observando la pantalla inerte del ordenador, en muchas ocasiones me siento a observar el devenir de la vida cotidiana; Cómo anda la gente a mi alrededor, como sonríen, hablan, se relacionan, interactúan, me miran –o no-, pasan de largo, se enfadan o simplemente miran vacíos…
Me siento a observar el caer de una hoja del árbol, como un perro juega con su cola, siento la lluvia caer, a veces rápido, a veces como a cámara lenta. Observo con todos mis sentidos alertas, sin clasificar, sin decidir si me gusta o no lo que estoy observando.
No es necesario que esté físicamente sentado al observar todo esto; Es una actitud ante la vida, ante todo acontecimiento que me rodea a cada momento, en cada circunstancia.
Y en ese observar, descubro cosas que no son interpretaciones empíricas o caprichosas de mi mente egótica, sino un fiel reflejo de la percepción real de lo que me rodea. Sin interferencias de ningún tipo.
Y entonces comienzo a sentir desde el corazón, desde la conciencia misma que es lúcida de su propia existencia en ese vacío extraño. Y lo que siento se traduce en pensamientos que así se convierten en parte en mis propias emociones y reacciones respecto a lo percibido.
Desde esta comprensión profunda de la esencia de las cosas, comprendo situaciones, actos, reacciones y emociones de la gente que me rodea. Y veo muchas veces el grado de estupidez del ser humano, su profunda inconsciencia incluso de cuando tiene momentos de extrema lucidez.
Veo la incoherencia de las personas, de sus relaciones ilusorias basadas en conceptos y percepciones erróneas de su propia realidad, de aquella que inconscientemente han creado ellos mismos y en la que nadan de por vida.
Y veo la sinrazón de actos absurdos, que no resisten el más mínimo análisis racional, pero que defendemos como abogados corruptos del alma enferma. Actos que van acumulando rencores, resentimientos y odio; Que no aportan absolutamente nada para solucionar los problemas creados por nosotros mismos.
La absoluta falta de valores en nuestra sociedad occidental, cada vez más acelerada y superficial es el verdadero cáncer que está corrompiendo el alma del ser humano. Y es contagioso, al igual que la estupidez…
Y, paradójicamente defendemos nuestro estado del ser, contra viento y marea, contra toda razón y lógica, a pesar de que en el fondo sabemos lo equivocados que estamos. Y seguimos enfadados con el mundo, con nosotros…
Y entonces, muchas veces, me siento triste por la impotencia de no poder hacer gran cosa para despertar a tanto inconsciente. Por la impotencia de saber reconocer mis propios límites, la escasez de mis conocimientos y mi ardiente deseo de que las cosas cambiaran, que fueran de otra manera.
Así, quizás, no vería tanta desilusión en los jóvenes, tanta despreocupación, tanta violencia absurda, tanto dolor infringido sin sentido. De tantas guerras que comienzan en el interior de cada uno de nosotros.  Porque siento en el alma, en el corazón, en ese vacío que me crea todo esto, ese cambio catastrófico de nuestra sociedad, cada vez más alejada de la esencia del ser humano.
Y quiero seguir creyendo que esto tiene remedio. Quiero que el mundo comience a cambiar y cada uno, individualmente, despierte finalmente y podamos cambiar el rumbo que llevamos al desastre.
Quiero creer que un cambio es posible y que ese cambio ha de venir de mí mismo, de cada ser humano de manera individual. No hay ningún colectivo que pueda cambiar nada, ni naciones, ni organismos, ni religiones ni nada. Solo uno mismo puede hacerlo.

La pregunta es: ¿Queremos hacerlo?

miércoles, 16 de abril de 2014

El camino

30 años de camino…
            Cierto lejano día, de cuya fecha no logro acordarme, tomé la decisión de emprender un camino de vida, sin fijarme meta ni trazar sendero alguno, desde la pequeña aldea de mi corazón, al vasto e incierto mundo…
            Cargué con una pequeña mochila como equipaje, llena de sanas intenciones, con trozos de ilusión como alimento para el camino y los ojos muy abiertos en todas las direcciones. Llevaba frescos brotes de conocimiento y viejas ramas secas de consejos y enseñanzas de mis maestros. Para calmar la sed de mi curiosidad, confiaba en encontrar las experiencias necesarias por el camino. Mi vaso lo llevaba vacío…
            Atravesé hermosos paisajes y extensos países, llenos de oscuros valles, frondosos bosques, áridos desiertos y altas montañas. Ciudades y aldeas llenas de gente de todo tipo y condición que me iban enseñando cosas de la vida; Que me regalaban experiencias para el camino. Aprendí muchos idiomas para poder comunicarme con todos y comprender las cosas que me decían. El lenguaje silencioso del corazón lo captaba todo…
            Un camino, a veces tortuoso y lleno de obstáculos, de peligros para el corazón y el alma, y de dispersión para la mente ignorante. Otras veces, las experiencias eran de placer, felicidad y gozo para el alma, lleno de alegrías, sonrisas y caricias, pero también lleno de tristezas, llantos y dolor. Todas las cosas eran como pétalos que conformaban una flor que estaba madurando y abriéndose a la vida. Era la vida misma.
            La filosofía de las enseñanzas de mis maestros me abrió puertas al conocimiento, a la diversidad del ser humano, y las ramas secas que portaba me sirvieron para alimentar un pequeño fuego donde calentarme en momentos sombríos y fríos del camino. Un pequeño fuego que me aportó la luz para no abandonarlo y seguir con los ojos abiertos, buscando…
            Encontré mucha gente maravillosa, que me indicó el camino a seguir, que me alimentó el alma y cuerpo y me protegió de los peligros de los engaños del camino. Me sumergí en tormentas emocionales, donde fui zarandeado y vapuleado por la sinrazón e ignorancia del ser humano. Pero nunca perdí del todo el control del timón de mi pequeño barquito en esas terribles tormentas ocasionales provocadas por las circunstancias de la vida.
            Mi ego trató muchas veces de confundirme, de dispersar mi mente, de no dejarme ir soltando lastres inútiles que me impedían progresar, pero la medicina de la humildad, la paciencia y la tesón, regalo de mis maestros, hizo su efecto y me mantuvo en el camino adecuado.
            Nunca seguí los pasos de nadie ni caminé tras las huellas de ningún ídolo; Quería trazar mi propio camino, quizás con los zapatos de mis maestros, pero con mi propia determinación, mi propia identidad.
            Esos pasos me llevaron, casi por casualidad o causalidad, hacia tierras del lejano oriente, hacia el país del gran dragón durmiente, China, buscando las raíces de mi arte, el kung-fu de Shaolin. Quizás buscando mis propios orígenes. Quizás buscando el profundo porqué de todo mí ser. Sin duda buscando respuestas para comprender muchas cosas. Y encontré lo que creí era la meta final, el monasterio Shaolin, pero que resultó ser la verdadera estación de partida de otro viaje, mucho más importante, largo y complejo, que todo lo caminado hasta ahora…Un viaje hacia mi interior; Hacia el centro de mi ser, a descubrirme como persona y comprender el sentido de mi vida.
            El mismo instante de pisar las escaleras de la entrada a ese mítico lugar, se me reveló el propósito real de tan largo viaje, que no era otra cosa que encontrarme a mí mismo. Así, allí rodeado de imponentes y mágicas montañas y envuelto en jirones de nubes siempre blancas, aprendí mucho acerca de mi ser y mi relación con todos los demás. El largo camino recorrido era solo una preparación para poder adquirir las herramientas necesarias para comprenderlo.
            Un viaje de casi 40 años, para llegar al centro de mi alma, al núcleo de mí ser. Algo que siempre llevé conmigo y que intuía, pero que nunca logre ver antes. Tenía los ojos velados por los miedos y la ignorancia de la mente egótica.
            Los maestros y monjes me ayudaron a través de las enseñanzas del Chan, a despojarme de esos velos que nublaban mi mente y pude retomar el camino de regreso a mi pequeña aldea, con las ideas claras y el corazón lleno de compasión por todos los seres.
            Mi kung-fu, aun siendo el mismo, había cambiado y eso traté de transmitirlo a los alumnos que seguían mis pasos. Traté de inculcarles la pasión por lo que hacían; por todo lo que hacían en realidad. Traté de mostrarles un camino y una manera de caminar, de transitar por la vida, con respeto, amor y trabajo y les entregué a algunos, parte de lo que yo mismo en su momento, años atrás llevaba en mi propio equipaje.
            Así, ahora en este preciso momento del presente, no miro atrás con nostalgia por cosas vividas o perdidas, sino con la mirada profunda de reconocimiento hacia todo aquello que me sirvió para ser lo que ahora soy. De reconocimiento y agradecimiento a todos aquellos que se cruzaron en mi camino, para bien o para mal, porque ahora todos forman parte de mí ser, de mi experiencia y mi esencia. Y yo formo parte de todos ellos también. Así es la vida. Así, todos somos en verdad, una sola cosa. Y ante eso solo cabe el silencio, el respeto profundo y el amor incondicional hacia todos y todo.
            Gracias por leerme…
            Nanmo Amituofo

            Shi Yan Jia – Abril 2014