jueves, 2 de octubre de 2014


"Si iluminas el corazón a otros seres, esa luz alumbrará también tu camino"

Shi Yan Jia

martes, 23 de septiembre de 2014

Leer…
Recuerdo cuando, hace ya algunos años en mi programa semanal de radio, tuvimos un especial dedicado a los libros y a la lectura en general. Fue un programa intenso y sorprendente en el que expuse la profunda importancia del hábito de la lectura. De esto hace ya unos 5 años…
Y hoy en día puedo constatar con cierta tristeza, cómo el habito de leer se ha ido perdiendo poco a poco, desplazado en parte por las nuevas tendencias tecnológicas. Cada día cuesta más encontrar a personas que de verdad aún leen libros. Y no me refiero a los que dicen leerlos, sino a los que no pasa un día en que no se sumerjan con pasión y entusiasmo en las páginas de algún libro, sea del género que sea.
Las librerías y las bibliotecas han cambiado su estrategia de ventas unas, y su real utilidad las otras. No se puede contra el avance voraz de las nuevas tendencias. Hay que innovarse o sucumbir ante este verdadero tsunami electrónico, que empuja a la gente a consumir productos sin tener que pensar demasiado. Ese es el problema de fondo… pensar…
Me hablaba hace unos días un alumno, -de los que piensan- de las excelencias de los libros electrónicos, cosa que me parece muy bien. Es algo que creo muy interesante y útil para los que, como yo, tiene ciertos problemas de visión, o los que suelen viajar con frecuencia.
Pero que quieren que les diga; Yo prefiero el tacto del papel, sentir el peso del libro, su peculiar olor –que creo dice mucho del libro- y la idea de tener que ser cuidadoso con su manejo. Puedo presumir de tener libros que llevan ya más de 40 años en mi poder… ¡y están nuevos! Tener un libro en las manos, no es lo mismo que leerlo en una tablet o un e-book de esos. Es como el sexo, que prefiero que sea real y no a través de una pantalla, o lo que llaman ahora cibersexo. Qué cosa más absurda, para mis cortas entendederas en ese campo…
Leer despierta sin duda alguna cierta curiosidad por conocer conceptos e ideas nuevas, por descubrir mundos paralelos, que están escondidos en nuestras mentes y de los que surgen los sueños. Leer despierta la imaginación, la creatividad y la capacidad de asociar ideas, así como desarrolla el sentido crítico. Leer es como disponer de una linterna que nos alumbra cierta oscuridad de conocimiento y nos ayuda sin duda a transitar por la vida con las ideas más claras y por el camino de un aspecto que creo también relevante, la sabiduría. La lectura tranquila, consciente y pausada conduce a un estado armónico del que lee. Son momentos de tranquilidad, de espacios llenos de cosas no-fisicas.
Alguien que no lee nunca nada –y no valen los diarios deportivos o la prensa rosa-, tiene mucha limitación en el desarrollo de su cognición sobre las cosas. Su vocabulario será pobre y limitado, contaminado además por los modismos del momento. Muchos se excusarán diciendo que ya leen mucho en el ordenador, sumergiéndose en internet, pero eso no es realmente leer, porque no se establecen los vínculos que he citado anteriormente; No hay una interacción entre el libro y el que lo lee. Porque el cuidar de esa especie de relación forma parte de la atención del ser humano. Forma parte del peculiar ritual de tener un libro entre las manos y pasar sus hojas.
Así, en ocasiones veo a niños que teniendo un libro entre sus manos, pasan las hojas sin cuidado, dejan caer el libro de cualquier manera y casi no son capaces de adentrarse en lo que están leyendo.
No creo que lleguemos jamás a lo que representa la película “Fahrenheit 451”, -del año 1966 creo recordar-, en la que se quemaban los libros, pero por desgracia, en el fondo sí que hay algo de eso cuando despreciamos sistemáticamente el hábito de leer, y sobre todo cuando no se fomenta en los más jóvenes. Sobre todo cuando creemos –y tratamos de convencer a los demás- de que los libros electrónicos son lo mismo o que estudiar y leer en la escuela en un ordenador es lo más progre…

Cuando veo esto y estas actitudes, recuerdo cuando, teniendo apenas 14 años, descubrí la pasión de leer con la novela de “Papillón”, de Henry Charriere…. A partir de ese libro, descubrí la maravillosa experiencia de vivir y recorrer mundos lejanos, sin salir de mi casa. Y desde entonces, no he dejado de leer ni un solo día de mi vida, cosa que despertó a su vez la necesidad de escribir, que no es otra cosa que la otra cara de la lectura.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Saber escuchar
Hace unos días acudí al médico de cabecera para que me recetara los medicamentos para mi enfermedad crónica. Mientras esperaba en la sala de espera, observaba los distintos pacientes que iban entrando a la consulta, cada cual con sus problemas y achaques. Todos se quejaban del tiempo que tardaba la doctora con cada paciente –un promedio de unos 8 minutos- pero cuando entraban ellos, ese tiempo les parecía sumamente cortos y salían quejándose también.
Creo sinceramente que muchos médicos, presionados por el sistema de salud, han perdido la facultad de saber escuchar a sus pacientes, y eso, sin duda alguna no favorece en absoluto el proceso de curación que pueda existir. Según unas estadísticas recientes, cada médico dedica a escuchar a su paciente con verdadera atención, unos 15 segundos. Esto es tremendo… pero no es más que un reflejo de cómo se relacionan las personas en nuestra “avanzada” sociedad del bienestar.
Observo una niña de unos 9 años, desenvolver su regalo de cumpleaños –uno más entre la decena que ha recibido-, mientras la persona que se lo ha regalado, trata de explicarle el uso del objeto en cuestión, un juego de desarrollo de la inteligencia. Pero la niña está ya pendiente de desenvolver el siguiente paquete, y apenas presta atención a lo que le están diciendo.
Otro chico, algo mayor, está tan metido en el mundo virtual de su videojuego en el teléfono, que responde casi con automatismos a las preguntas que le hacen sus padres, sin ni siquiera levantar la vista de la pantalla, mientras tratan de averiguar que quiere beber para la cena que han pedido en un restaurante. Y lo hace porque sabe que no habrá consecuencia –al menos inmediata- de su falta de atención.
Otra señora, solicita información acerca de una actividad de la escuela, pero a cada frase que le digo, me interrumpe con otra pregunta, inconexa con la anterior, sin dejarme explicarle nada en concreto. No me está escuchando realmente. Así me da la impresión de que en realidad no busca información alguna… y también me confirma que no va a inscribirse en la actividad por la que supuestamente tiene interés.
Y si mencionamos a los políticos, entonces, apaga y vámonos!... solo saben hablar, en una cascada incesante de palabras, muchas veces inconexas, rebuscadas en la dialéctica, que en el fondo no vienen a decirte nada. Ni por un momento se paran a escuchar a nadie. De hecho creo que han perdido por completo la capacidad de escuchar.
El que no sabe escuchar, crea una fuerte coraza en su orgullo y ego, que cada vez se siente más fuerte, pero que es incapaz de comprender muchas cosas, e incapaz también de modificar puntos de vista de situaciones. Va construyendo su realidad en base a las constantes interpretaciones filtradas por su orgullo y ego y con esta premisa, crea acciones en el mundo real, que suelen acarrear conflictos con la realidad.
Tampoco sabemos ya escuchar la naturaleza. Observo como los niños –y por supuesto muchos adultos también- pasean por el campo o los bosques, sin observar nada, sin darse cuenta de lo que sucede a su alrededor, sin escuchar los hermosos sonidos de la naturaleza. No saben distinguir el sonido de un pájaro del de un burro rebuznando…
Estamos sin duda perdiendo el arte de saber escuchar, que es una de las tres herramientas para el desarrollo de la sabiduría que propone el budismo. Pero escuchar –o leer- es un proceso bastante más difícil de lo que la gente se imagina. Escuchar es soltar toda la información, todos los conceptos, todos los prejuicios que nos llenan la cabeza. Escuchar es “vaciar tu taza” para comprender lo esencial de las cosas, de la información recibida. Con todo ese bagaje de ideas preconcebidas, con todo ese cúmulo de conceptos que forman nuestros conocimientos, se construye el estorboso obstáculo que se erige entre nosotros y nuestra auténtica naturaleza.
Solo escuchando de verdad al otro, desde el corazón, sin hacer juicios de valor constantes, sin nuestro propio diálogo interior que clasifica y divide constantemente, podemos comprender la esencia de las cosas. Solo así podemos empatizar con el otro, con la idea que quiere comunicarnos. Solo así podremos aprender a observar incluso el lenguaje físico, el no verbal. Porque escuchar es también observar. Cada vez que escuchemos con atención a alguien, algo irá creciendo dentro de nosotros y al mismo tiempo nos hará desprendernos de capas de ignorancia que nublan y dispersan nuestra mente. Y así, la comunicación se hará cada vez más profunda y comprenderemos que es mejor estar en silencio ante determinadas situaciones que hablar de forma vacía.
Pero para aprender a escuchar a los demás, deberíamos aprender primero a escucharnos a nosotros mismos, a  nuestra voz interior. Deberíamos aprender a observarnos e identificar nuestros puntos de fracaso, a desenmascarar al ego sutil escondido en todos nuestros pensamientos y acciones, y así entender mejor lo que hacemos.

Porque solo desde un entendimiento de nosotros mismos podemos comenzar a escuchar de verdad a los demás.

viernes, 12 de septiembre de 2014

El pescador satisfecho


Un rico industrial del Norte se horrorizó cuando vio a un pescador del Sur tranquilamente recostado contra su barca y fumando una pipa.
"¿Por qué no has salido a pescar?", le preguntó el industrial.
"Porque ya he pescado bastante por hoy".respondió el pescador.
"¿Y por qué no pescas más de lo que necesitas?", insistió el industrial.
"¿Y qué iba a hacer con ello?", preguntó a su vez el pescador.
"Ganarías más dinero", fue la respuesta. "De ese modo podrías poner un motor a tu barca. Entonces podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces. Entonces ganarías lo suficiente para comprarte unas redes de nylon, con las que obtendrías más peces y más dinero. Pronto ganarías para obtener dos barcas... y hasta una verdadera flota. Entonces serías rico, como yo".
"¿Y qué haría entonces?", preguntó de nuevo el pescador.
"Podrías sentarte y disfrutar de la vida", respondió el industrial.

"¿Y qué crees que estoy haciendo en este preciso momento?", respondió el satisfecho pescador.

Compasión y sabiduría

La compasión y la sabiduría son los dos aspectos de la naturaleza despierta o iluminada que enseña el budismo Ch’an. La compasión sin la sabiduría deviene en mero sentimentalismo; la sabiduría sin compasión se vuelve fría e inconmovible. Se necesita de ambas alas para que la conciencia pueda desarrollar plenamente su vuelo.
Me gustaría mencionar un cuento tradicional que me contó mi maestro Shi Yan ao:
De entrada, al descubrir un árbol envenenado, algunas personas sólo ven el peligro. Su reacción inmediata es “vamos a cortarlo antes de que nos haga daño, antes de que alguien coma sus envenenados frutos” Lo cual es semejante a nuestra respuesta inicial a las dificultades que surgen en la vida, cuando nos topamos con la agresión, la compulsión, la ambición o el temor; cuando nos enfrentamos con el estrés, la pérdida, el conflicto, la depresión, la pena por nosotros mismos o por los demás. Nuestra respuesta inicial es huir, diciendo: “el veneno nos aflige, vamos a cortarlo, a desenraizarlo, escapémonos de él”
Otra persona, que ha ido un poco más lejos en el camino espiritual, descubre el árbol envenenado pero no se aproxima con aversión, diciendo: “no cortemos el árbol, tengamos compasión de él” Por lo que, llenos de cariño, construye una valla rodeando al árbol para que los demás no se envenenen y, a su vez, el árbol siga viviendo. Esta segunda variante muestra una clara variante entre el juicio y el temor y la compasión.
Finalmente, una tercera persona que ha viajado todavía más lejos en el camino del conocimiento, ve el mismo árbol y desde una mayor sabiduría dice: “Oh, un árbol envenenado. ¡Perfecto, justo lo que buscaba! Este individuo toma la fruta envenenada, investiga sus propiedades, las mezcla con otros ingredientes y utiliza el veneno como una estupenda medicina para curar a los enfermos y transformar los males en el mundo. Ésta es la vía del corazón.


Este es un camino con muchas dificultades, pero que entiende que son precisamente esas mismas dificultades las que aportan una profunda sabiduría al caminante…

viernes, 29 de agosto de 2014

Actitudes...

PENSAR EN POSITIVO…
            La experiencia de los años, el estudio del budismo y las circunstancias personales en las que me he movido, me han enseñado y mostrado como nuestro pensamiento y nuestras acciones crean la realidad en la que nos desenvolvemos todos. Seamos conscientes o no. Es un hecho fácilmente constatable por poco que ahondemos en la reflexión y observación de todos los fenómenos que nos rodean.
Un pensamiento repetitivo negativo conduce a una actitud también negativa y eso forma poco a poco el carácter de la persona, que se vuelve miedosa, aprehensiva, apática, desagradable, desconfiada, rencorosa, orgullosa, egoísta, introvertida y poco comunicativa social y afectivamente. Es decir, potenciamos todos los valores o defectos negativos del ser humano, lo que conduce indefectiblemente a la infelicidad más absoluta. Cuanto más nos habituemos a ésta actitud negativa, más acciones derivadas de ella surgirán en nuestro día a día. Nos habituamos a verlo todo negro, o como mucho gris y nuestras respuestas a cualquier estímulo externo, serán siempre defensivas, con cierto miedo incluso a estar contento, a disfrutar y a crear ilusión por cualquier cosa. Toda esa actitud tiene una “respuesta espejo”, es decir, que en realidad lo que percibimos es solo una mera interpretación de nuestra mente y los sentidos físicos (influenciados por el pensamiento) de los fenómenos externos. Así interpretamos continuamente como negativo cualquier hecho que ocurra en nuestro entorno, con independencia de su verdadera realidad no condicionada. Y lógicamente respondemos hacia lo que hemos interpretado desde nuestra percepción condicionada por nuestros pensamientos., lo que genera, casi siempre una respuesta también negativa.
Todo ello nos va alejando paulatinamente de la posibilidad de ver las cosas hermosas de la vida, de relacionarnos con ilusión y entrega con los demás. Y entonces comienza la segunda fase del problema –un problema que por supuesto no asumimos que pueda existir, porque todo es siempre “culpa” de los demás-, nuestra respuesta hacia el entorno, hacia todo lo que nos rodea. Esa sensación y convencimiento de que todo es siempre culpa de los demás y de que nosotros somos solo las víctimas de las circunstancias, nos conduce a pensar que nosotros estamos en lo correcto y de que no tenemos que cambiar nada. Es el mundo el que tiene que cambiar porque va mal. Se produce entonces una profunda quiebra entre la realidad que percibimos e interpretamos y nosotros, como si fuéramos entidades separadas. Y esto es un gran error, porque si nos instalamos en esa idea, es complicado encontrar luego una solución a ese conflicto interno que, tarde o temprano acabará por surgir a la superficie.
En esta segunda fase, será el propio entorno el que acabará percibiendo nuestra negatividad y eso conduce sin duda a cierto rechazo hacia nosotros. A percibirnos a su vez como algo o alguien desagradable, poco amable y sin mucho interés de relacionarnos con nosotros. A su vez percibiremos esa apatía hacia nosotros y la usaremos para justificar lo que pensábamos, que eran los demás y no tú el que propiciaba esa situación. Con ello estaremos además, alimentando nuestro ego y orgullo que se hará más fuerte en nuestro carácter. Y ese orgullo insano solo nos hará más fuertes en nuestro convencimiento de que somos nosotros los que tenemos siempre razón. Ese orgullo es el arquitecto de la muralla que luego construimos a nuestro alrededor con nuestras acciones. Y somos incapaces de abrir las puertas de esa muralla (el corazón) para dejar entrar la razón. Pensaremos desde ahí, que son los demás los que nos excluyen, los que no nos quieren o a los que no interesamos. De esta manera vamos perpetuando nuestro carácter agrio y amargado. Pero luego nos quejamos precisamente de cómo nos perciben los demás…
Y nos relacionamos así con la familia, con nuestros amigos, con nuestra pareja, con nuestros compañeros de trabajo o los jefes, con el que se cruza con el coche, con el vecino, con el que aparca mal, etc.… ¿De verdad todo está tan mal?... ¿Nos hemos preguntado que parte de responsabilidad tenemos nosotros en esas situaciones?... ¿O si de verdad son tan negativas como las percibimos?... seguramente que no…

Cuando comenzamos a darnos cuenta de esta realidad, la de que nuestra realidad la creamos nosotros mismos a través del pensamiento y sus consecuentes reacciones, algo empieza a cuestionarse en nuestra mente. ¿Hay posibilidad de cambiar eso?... Pues sí, sin duda podemos cambiar esa tendencia negativa y empezar a ver las cosas de otra manera. Podemos ser más positivos y crear un entorno también más positivo y amable. Igual que los pensamientos negativos crean malas vibraciones, el pensamiento en positivo las crea en positivo. Basta con que seamos capaces de aprender a ver las cosas tal y como son, para empezar a ver un profundo cambio en nuestro estado del ser, en nuestro nivel de felicidad.


Hoy elijo ser responsable de todo lo que me sucede. De lo bueno y de lo malo. Nadie tiene la culpa de mis desgracias, nadie se lleva el mérito de mis aciertos. Hago lo mejor que sé en cada momento, y sé que cuanto vivo hoy es el resultado de lo que pensaba antes. Me alegra saber que lo que elija pensar hoy, se manifestará mañana. Tengo el futuro en mis manos.
Si hay luz en el alma, habrá belleza en la persona; si hay belleza en la persona, habrá armonía en el hogar; si hay armonía en el hogar, habrá orden en la nación; si hay orden en la nación, habrá paz en el mundo. 

Proverbio chino

miércoles, 23 de julio de 2014

Abrazos...


¿Qué es el placer?
El placer es una orientación natural del ser humano, buscamos placer desde que nacimos, y esta búsqueda no ha cesado a través de toda nuestra vida. Esta es una condición natural de nuestra naturaleza humana, pues la vida se crea, crece y se transforma gracias a que, debajo de todo, esta un silencioso impulso por encontrar placer.

El placer y la libertad de expresión
Hay muchas formas de definir lo que es placer, pero podríamos resumir que, debajo de toda búsqueda de placer, esta la necesidad de sentir libertad, la libertad de poder ser lo que queremos ser. Si. Uno de los mayores placeres del ser humano es ser amado así como es, sin tener que ser algo en particular, sin tener que guardar la compostura ni estar sujetos a condiciones, imposiciones, leyes, opiniones, temores, etc.. Ser amado por  lo que uno es, es una de las grandes necesidad, dificultades y conflictos de la mayoría de las personas, en unas se acentúa más esta necesidad, sobre todo en aquellas personas que, mientras crecieron, fueron condicionadas por su medio a que uno sólo podía ser amado si hacía tales o determinadas cosas y, cuando no se cumplían las expectativas o exigencias de los de “allá afuera”,  entonces se encontraba la mayoría de las veces rechazo, indiferencia, castigo o regaño. Con este tipo de conductas se afianzó la idea de que el amor era algo que se debía uno de “ganar”, pero no sólo eso, sino que era algo que además ponía en riesgo, porque ir por el o pedirlo, solicitarlo o demandarlo podía desatar una conducta contraria a la que se esperaba, dando como resultado el dolor.

Sexualidad y placer
La sexualidad es algo que se asocia casi inmediatamente con el placer.  Y mucho de lo que aprendimos acerca de cómo recibir y dar amor de pequeños, influye poderosamente en la forma en como vivimos y experimentamos la sexualidad y las expresiones físicas de afecto. Acercarnos a otro ser humano (y dejar que se nos acerquen) no siempre resulta fácil porque en el fondo, existe muchas veces le temor de ser rechazado o de crear una situación que aleje o disguste a la pareja. Pero además, esta el temor de “tomar de la vida” eso que queremos, no abrimos ni estiramos  los brazos con facilidad, no suavizamos el toque de las manos ni de la mirada, estamos como en guardia, a la defensiva, los hombros y el cuello tensos, las manos y sus articulaciones rígidas (aunque muchas veces no lo notemos), la mirada alerta, fría,  distante, todo de alguna forma calculado, “no se puede perder el control”.

Todas estas posturas corporales revelan, en el fondo, lo que se ha aprendido del amor: que es una estrategia, que debemos de mantener la imagen y comportarnos, que hay que ser y decir determinadas cosas: que hay que cuidarse. ¿Qué hay en el fondo de estas actitudes? El temor de mostrar lo que verdaderamente se siente y se es, porque, entre otras cosas, esto pone en riesgo del dolor.  El problema de todas estas defensas corporales, que resultan como una armadura en las personas que tienden a ser muy rígidas, inflexibles y poco sensibles, es que  no permiten que se disfrute plenamente ni de las relaciones con las personas ni de la plena sexualidad.

¿Cómo empezar a ser afectuosos?
Intentando abrazar y acariciar, poniendo en la mirada lo que realmente siente el corazón. ¿Cómo? Intentándolo. El problema de empezar a abrazar, acariciar o poner en la mirada nuevos sentimientos es que, cuando nunca se ha hecho, uno puede llegar a sentir timidez, resistencia, vergüenza, ridiculez: incluso ansiedad. ¿Por qué? Primero, porque intentar algo nuevo, sea lo que sea, siempre es un reto para la mente, la cual esta habituada siempre a funcionar bajo los mismos hábitos, conocimientos y comportamientos, porque eso es lo que la hace sentirse segura, es lo que sabe hacer. Segunda, porque como se explicó, se esta arriesgando uno a perder, y perder no es algo que suene atractivo para muchas personas.

Sin embargo, si uno no lo intenta, jamás uno podrá comprobar las sensaciones tan placenteras que se empiezan a liberar cuando uno empieza a estirar los brazos, por ejemplo, para llegar a acariciar una mejilla, o como de pronto “crece” y se “alza” el corazón cuando se estrecha un cuerpo fuertemente, para luego soltarlo y volverlo a estrechar. ¿Por qué hay tanto placer en estas acciones de acercamiento?  Porque en el abrazo, la caricia o la mirada honesta, sincera y amorosa, está uno de los mensajes más poderosos de aceptación incondicional. Tanto darlo como recibirlo es empezar a conectar el corazón con la periferia del cuerpo, y el cuerpo con el mundo, es una forma de empezar a entablar un contacto emocional con lo que nos rodea. Y esto es, lo que a final de cuentas, más anhela un corazón distante: sentir que está conectado a su corazón: que tiene vida.

Aunque estas formas de acercamiento pueden ser una suave invitación al amor sexual, no siempre tienen que tener este destino. El poder de los abrazos y demás muestras afectivas bien se pueden hacer su efecto en los hijos, los amigos, animales, etc. Se podrían ahorrar sin duda muchas consultas a psicólogos e incluso muchas enfermedades y doctores (pues estas actitudes tienen efectos curativos) si uno se obligara a abrazar y acariciar ya sea con las manos, la mirada o la palabra con más corazón cada vez, hacerlo sin un propósito en particular, vencer la barrera de resistencia que pudiese existir al principio y decirlo o hacerlo así como se siente, y si no se siente, obligarse un poquito, sabiendo que el principal regalo de amor es para nosotros mismos.  

Quienes durante sus primeros años de vida no han recibido caricias de sus padres son más propensos a tener dificultades para dar o recibir afecto, a mantener una postura corporal rígida y a ver limitada la expresión de su emotividad. 

Son personas que cuando llegan a la adultez tienden a evitar el contacto físico con los demás, a verlo inapropiado o incluso ?sucio? Tienden a ser personas distantes, ?frías? Personas que también tienen dificultad para sentirse queridas y aceptadas por quienes les rodean.

?Para crecer, desarrollarnos y sobrevivir, los seres humanos necesitamos del contacto con otros seres humanos, a través del afecto, la ternura, la caricia, la mirada, la palabra o los gestos. Devenimos personas gracias a la caricia, el cuidado, el afecto, la atención, la compasión y la gratitud, que damos y recibimos?, señala Maite Artiaga, que imparte cursos de ?Relaciones sanas y conscientes? y ?Educación emocional?. 

Algunas investigaciones, señala la experta, han demostrado que la falta de caricias, puede provocar en el bebé un retraso en su desarrollo psicológico y una degeneración física que incluso le lleve a la muerte a pesar de tener el alimento y la higiene necesarios para sobrevivir. 

Cuando no recibimos una cantidad mínima de caricias entramos en un proceso de enfermedad. Y esto es válido a cualquier edad. 
Los abrazos conscientes son uno de los mejores antídotos para sanarnos. ?Al abrazar, se liberan los sentimientos y se comparten, se involucra una gran parte del cuerpo y las personas se envuelven mutuamente, dejando en segundo plano los pensamientos, para disfrutar de esa manifestación de confianza, afecto y entrega: en definitiva: amor?, según Artiaga. 

Tocar y ser tocados es un arte que se aprende con la práctica. Cuanto más habitual resulte, mejor podremos distinguir el toque tierno y cariñoso del curativo, del consolador, del que nos transmite seguridad o de ese otro contacto de carácter abierta o provocativamente sexual. 

Tocar y ser tocados es una necesidad física y emocional, cualquiera que sea nuestra edad. La rigidez facial, la ausencia de sonrisa, la hostilidad, la falta de apertura y espontaneidad podrían tener que ver con el denominado ?hambre de piel?, según algunos expertos. 

El ansia de contacto es un apetito emocional que necesita ser saciado, un deseo que debemos intentar satisfacer, para sentirnos bien, confiados y seguros, aunque siempre respetando al otro. Si el respeto y el sentido de la medida acompañan a la caricia, el apretón de manos o el abrazo, difícilmente el destinatario se sentirá incómodo, invadido o confuso. 

La mejor manera de expresar afecto, solidaridad, cercanía, cariño, es tocando al otro. Así, mediante la comunicación corporal, le hacemos saber que nuestro cuerpo siente lo mismo que comunicamos con palabras o gestos."

Y es que las caricias no son importantes sólo en la infancia, sino en cualquier etapa del ser humano; se han observado casos de somatización, es decir, las personas que presentan un cuadro de enfermedad física que en realidad proviene de un malestar psicoafectivo, esto se da netamente a nivel inconsciente con el objetivo de buscar aprobación de su entorno, las personas no lo hacen a propósito, y presentan síntomas reales. El reconocimiento de la existencia es básicamente lo que motiva a la humanidad a seguir adelante, a vivir con carisma, por tanto las caricias (toques, cariños y estímulos) son la unidad de reconocimiento humano.
Una forma de recibir caricias es actuando, ya que las personas valoran más el hacer que el ser, así pues según los comportamientos las personas hacen caricias condicionales por “hacer”, existen las caricias positivas por hacer lo correcto y las caricias negativas (reclamos, reprensión) por hacer lo equivocado. Asimismo cuando un niño no recibe caricias positivas, comenzará a probar conductas hasta que descubra aquellas que los padres aprecian, aprendiendo a manipular el ambiente para conseguir la atención y caricias necesarias, porque es una necesidad ser reconocido y amado. Un punto importante es que nuestra forma tradicional de relacionarnos estimula mucho más los comportamientos patológicos que los comportamientos sanos, dado a que usualmente se tienden a realizar más caricias negativas que positivas.
Es por ello que los mensajes recibidos en la infancia son esenciales para la construcción de la personalidad, pues las persona termina interiorizando y obedeciendo lo que los padres han reforzado por medio de caricias, las positivas estimulan conductas adecuadas y del mismo modo las caricias negativas refuerzan conductas inadecuadas, éste último puede ejercer una auto-limitación de la persona respecto a la forma de verse a si mismo, generando como consecuencia una baja autoestima.
Es común en algunas de nuestras familias de generaciones pasadas (incluso actuales), el uso mínimo de caricias en sus hijos, algunas veces las demostraciones de afecto se dan por medios materiales, el hecho notorio es que cuando una persona no recibe caricias, se acostumbra a no darlas, convirtiéndose en una persona como muchos dirían “seca”, que se le dificulta considerablemente demostrar sus sentimientos y comunicarse; hay que tener cuidado porque éstas personas al no demostrar lo que sienten, no aprenden a resolver problemas en el instante que surgen, pueden reprimirse y tener graves consecuencias, para si mismos y para personas cercanas.

Lo ideal es que los miembros de la familia aprendan a comunicarse, a dar amor exigente y responsable, romper con las cadenas de las generaciones pasadas, la idea es cambiar el mundo y ser felices ¿no?, y que mejor idea que comenzar en casa, así que converse con sus hijos calmadamente explicándoles lo que han hecho inadecuadamente, baje el tono de voz (el gritar no le da más autoridad), y consiéntalos siempre, no solo cuando hagan cosas buenas, porque el amor es incondicional y la familia es el pilar de la sociedad; tal como dicen, ¡todo viene de casa!.

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