domingo, 20 de diciembre de 2015

"Aqui no hay quien viva"...

Las personas nos preocupamos mucho –quizás demasiado– de nuestro aspecto y limpieza exterior. De cómo vestimos, de cómo olemos y de cómo nos maquillamos. Es una tendencia –que aunque no nueva– si está en constante auge en la sociedad moderna de hoy. Es decir, cada vez se otorga mayor importancia al aspecto externo, a lo que parecemos... Así pues, vivimos en una sociedad de las apariencias. Pensamos que ese aspecto externo, es el que nos permite mostrar una imagen de nosotros mismos –que quizás puede ser la que realmente queramos transmitir– pero que en muy pocos casos es fiel reflejo de quiénes somos realmente...
Y eso cuando realmente deseamos mostrarnos tal y como somos...
Acudimos a los gimnasios para mantener el cuerpo en forma, a los centros de estética y belleza para sentirnos más atractivos—y tratar de huir ilusoriamente del paso del tiempo– e incluso acudimos a la cirugía estética para mejorar nuestro aspecto, cuando no para cambiarlo... En definitiva, nos ocupamos de lo externo, de lo visible, de las apariencias. Diría que nos ocupamos mucho de la fachada de nuestro ‘edificio corporal’, de nuestra particular e intransferible casa de caracol...
Pero, ...¿qué hay de nuestro interior?... ¿qué hay de la decoración interior de nuestro edificio—aprovechando el símil que hice antes– en el que debemos –lo queramos o no– vivir durante toda nuestra vida?... ¿qué hay de los ‘inquilinos’ de ese mismo edificio?... ¿Los conocemos siquiera?... Algunos ni siquiera son conscientes de que, en su interior hay múltiples ‘Yo’... Y cada uno de esos múltiples yo está pugnando constantemente por tener la supremacía, por ser el que manda en cada momento. Todos quieren ser el presidente... Y así, obviamente, ... aquí no hay quien viva!
Pues mucha gente tiene ese interior de sus casas –sus mentes y corazones– sucios, sin cuidar, incluso algo abandonados, y diría que hasta con cierto caos... Parece quizás menos importante –posiblemente pensemos equivocadamente, que es porque no se ve externamente– y de ahí que no cuidemos mucho de estos aspectos. Pero esto, queridas amigas, todos sabemos más o menos que no es así...
Esa suciedad interior equivale a tener malos pensamientos y sentimientos, a sentir odio, guardar rencor, manifestar maldad e ira, actuar deshonestamente, con malicia, etc.
Porque,... en definitiva, uno,... querido amigo, no puede desligarse del estado mental en el que se originan los hechos y acciones que realizamos cotidianamente.
Tus acciones no pueden separarse del estado mental en que se originan... Todo lo que haces tiene obviamente que ver con lo que piensas, incluso inconscientemente...


          El cuerpo, nuestro cuerpo -ese receptáculo que contiene nuestra esencia– y que yo comparo ocasionalmente con un precioso jarrón de cristal, ha ido formándose desde la infancia. Conforme vamos creciendo, lo vamos adornando de mil formas y maneras, con el objetivo de esconder cada vez más lo que hay dentro.
Cuanto más grande es el jarrón, más cosas tendrán cabida en él. Pero en ese espacio interior pueden entrar tanto cosas buenas como malas –hablamos metafóricamente de experiencias y conocimientos– que van llenando ese espacio, en ocasiones tan inútilmente, que cuando nos damos cuenta, estamos llenos de cosas inútiles y superfluas,... y no sabemos como vaciarlo, o no sabemos qué hacer con todo eso.
Por eso, queridos amigos, debemos aprender a vaciar, a limpiar ese espacio interior, sobretodo si pretendemos enseñar algo a los demás o servirles de guías. El aspecto externo será lo de menos. La esencia está en su interior. ¿Acaso tu compras una bebida solo por su envase?...
Un jarrón es solo un jarrón, y lo que cuenta es su utilidad real, que no es otra que su capacidad para contener cosas. El que sea de oro, barro o cristal,... ¿qué más da?...
Un hombre es solo un hombre, y no importa que sea médico, arquitecto, albañil, ladrón, peluquero o presidente... Eso son solo nombres, etiquetas que les hemos puesto para identificar alguien o sentirnos alguien... Pero nada más.
Pero por desgracia usamos los jarrones también para adornar, es decir, como objetos de decoración y le conferimos esa utilidad ilusoria.
Te recuerdo que el jarrón es una analogía de nuestro cuerpo, nuestro ser, así que no estamos hablando de cerámica ni bricolage. Hablamos de tu ser, de tu esencia como ser humano. Pero el símil del jarrón viene muy bien para comunicar los conceptos de los que estoy hablando...
El interior de ese jarrón es como la tierra; si la cuidamos dará unos frutos y flores preciosas. Hay por lo tanto, que limpiarla periódicamente y mantenerla fresca y sana. Pero si la dejamos sucia, solo crecerán malas hierbas y pensamientos. Y todo ello dará sus frutos en el futuro ...

Pensad que lo que crecerá de esa tierra, serán nuestros pensamientos y acciones. Pensad, que en el futuro tendremos que alimentar nuestra alma y corazón de los frutos que dé esa tierra. De ti depende la calidad del fruto y alimento que das a tu tierra. Si son malos, los frutos que comerás más adelante serán venenosos y te llevarán posiblemente hacia una muerte prematura. Y desde luego, te apartará del camino espiritual y de la felicidad.

Sucede entonces, que comenzamos a percatarnos de que algo hemos hecho mal, pero no buscamos dentro de nosotros las causas, sino que pretenderemos cargar las culpas sobre otros.

Entiendo que miramos la vida que nos rodea, como a través de un cristal, o una ventana en la que hemos ido fijando, a modo de etiquetas, todos nuestros prejuicios, recuerdos y pretendidas virtudes. Y a través de todo esto interpretamos la realidad que nos rodea, englobándolo todo como en un extraño ramillete de medias verdades, hipocresías y cinísmos, por mencionar algunas cosas. Y esta es nuestra verdad; Es la verdad de muchas personas. Es la verdad que mueve al mundo y creo continuos conflictos. Es la verdad que crea otros mundos ficticios e ilusorios y pretende vivir en ellos.

Cuando yo les observo, muchas veces puedo ver esas etiquetas tan claramente, que me sorprende de que esas personas sean capaces de ver verdad alguna, salvo la que ellos mismos perciben como única y correcta a través de su cristal sucio y lleno de cosas. Y sólo de vez en cuando, cuando ocasionalmente miran a través de algún hueco limpio del cristal, verán un destello de la realidad, de una realidad diferente, que aunque no es la más nítida, si se le acerca bastante.

Pero no pretendo corregir a nadie, ni siquiera mostrarles sus suciedades, etiquetas y pegatinas en su cristal, en su jarrón, en su alma.... Es difícil que te puedan comprender, porque muchas veces ni te oyen, y ocasionalmente, si lo hacen, te sonrien. Y esa sonrisa es falsa, irónica, porque no es más que otra pegatina en su cristal.

De cada 100 personas, quizás me pueda encontrar a 5 con las que poder hablar de estas cosas, y de esas 5, solo una o dos te entenderán.

Para librarse de esta visión tan borrosa de la realidad, lo primero que han de hacer, es darse cuenta de que están mirándolo todo a través de ese cristal, que ni siquiera sabían que estaba ahí. Algunos entonces, en un alarde de valentía comienza poco a poco a quitar cosas del cristal y a desecharlas. De pronto son conscientes y observan la fachada de su edificio...Comienza a eliminar etiquetas de recuerdos, prejuicios e ideas, que ve que le impedían observar con claridad mediana lo que en realidad le rodeaba. Pero esto es más difícil que ocurra. Y no digamos ya el siguiente paso a dar .... Que es atreverse a entrar en ‘nuestro’ edificio...
En ese estado de claridad de ideas, quizás se percaten de que en realidad, lo que han estado observando siempre, es tan solo el cristal, y no directamente lo que hay detrás. Ahí se produce entonces un estancamiento del alma evolutiva del ser humano que busca algo más en su camino y existencia terrenal. No sabe que hacer, aunque intuye, cuál es la respuesta.

Esa respuesta es muy simple, aunque muy difícil de realizar, dada nuestra condición de seres que acumulamos cosa materiales. Si son capaces de dar el paso de romper ese cristal en millares de trozos, podrán de pronto descubrir todo lo que la realidad objetiva les depara. Descubrirán las verdaderas maravillas que tenían delante de sus propias narices. Algo que siempre habían intuido que existía, pero que creían inalcanzable, o que sólo habían alcanzado a vislumbrar fugazmente. Entonces, y sólo entonces serán libres de su propia prisión interior.

jueves, 22 de octubre de 2015

“Matrix” – El caos de la mente
            Esta cinta cinematográfica tiene un extraño trasfondo, que a muchos pensadores les ha dado pie a identificar aspectos casi ocultos en su guión e imágenes. Ciertamente cuando observamos todo el contenido que tiene la película, podemos ver claramente alusiones a aspectos filosóficos escondidos tras las imágenes de acción.
            Yo, que la he visto ya en tres o cuatro ocasiones, puedo ver claramente las alusiones a la filosofía budista que el director y guionista dejaron en su obra. Toda la trama de la película no es otra cosa que una interpretación de la mente humana y sus estados de conciencia.
            Y es que vivimos en nuestra sociedad, una especie de matrix, donde la realidad de las cosas se ha trastocado tanto, que ya no acertamos a distinguir la ficción de la realidad. Hemos creado un caos de situaciones a todos los niveles imaginables. Vivimos inmersos en un profundo océano de las relaciones humanas, en el que nuestra mente se ha perdido hace tiempo, ayudada en ello por las nuevas tecnologías. Esa mente confusa y caótica, que ya no es capaz de encontrar espacios de paz y equilibrio, donde reflexionar sobre sí misma y su percepción de la realidad que la rodea. Una mente que se deja engañar, incluso voluntariamente, por sus percepciones, por su entorno interesado en controlarla.
            Hemos creado un mundo irreal, ilusorio en su forma independiente, en el que desarrollamos demasiadas relaciones con los demás y con nuestro entorno. Hemos llegado al paroxismo de pensar que eso es necesario para la vida, para estar ‘conectado’ con los demás. Incluso ya vendemos y compramos parcelas de ilusión y felicidad en ese lugar ilusorio denominado ciberespacio. Hemos creado dependencias sutiles que nos atan a emociones descontroladas y fuera de lugar y tiempo. Hemos perdido la capacidad de empatía, es decir, la capacidad de ponernos en la situación del otro. Hemos perdido la capacidad de relacionarnos en el cara a cara, donde las emociones son reales, pero que nuestros sentidos ya no están acostumbrados a interpretar correctamente. Se crean las falsas percepciones y en base a ellas nos movemos y reaccionamos, hablamos y amamos, odiamos y lloramos. Todo en un mundo irreal. Gobernado en cierta manera por la aplastante masificación y uso de las nuevas tecnologías de la comunicación, tales como ordenadores, iphone, teléfonos móviles, tablets, videoconsolas y demás aparatos electrónicos. A todos ellos les hemos cedido el control de nuestras vidas, la organización de nuestro tiempo. Y cuando hablo de ellos, lo hago solo como referencia al medio utilizado, porque en realidad somos nosotros mismos.
            Pero hemos perdido el control, muy a pesar de los que las defienden a ultranza afirmando que representan el progreso. También ellos están inmersos en esa dependencia nefasta. Viven en un sueño, alejados de la realidad de la vida. Viven inmersos en matrix.
Porque, aunque no podemos negar la utilidad de las nuevas tecnologías, no nos damos cuenta de que esa pretendida evolución solo ha sido externa, olvidándonos por completo de nuestra evolución interior, que no ha ido precisamente a la par. No hemos evolucionado emocionalmente lo suficiente como para controlar adecuadamente toda esta nueva tecnología electrónica.
            Y eso está destruyendo las capacidades humanas de sentir compasión, de ser consecuentes y en definitiva, de tener la capacidad de cognición introspectiva, desde donde en realidad debe surgir todo, incluida la realidad incondicionada. Porque solo desde una mente consciente y no dispersa, se tiene la capacidad de ver maxtrix como una ficción, en vez de estar inmersos inconscientemente en él.
            Tanta dependencia de estas nuevas tecnologías está restando espacios de libertad a los individuos –las dependencias son, en definitiva, una carencia de libertad- y les convierte en una suerte de borregos sociales.
            La capacidad de discernir el bien del mal, se ve seriamente trastocado, perdiendo de vista la delgada línea que separa estos dos conceptos. Y no solo eso, sino que se nos adiestra para que pensemos que lo que hacemos –o nos inducen sutilmente a hacer- es lo correcto y normal. Que todos los que no están en el sistema (Matrix) están equivocados y hasta se les margina o persigue directa o indirectamente. Vivir con estas dependencias es perder el tiempo en cosas inútiles para el crecimiento como ser humano. Es poner capas y mas capas opacas sobre nuestra luz interior, para que dejemos de brillar y veamos claramente nuestro camino. En vez de eso, aceptamos que nos vendan modernas linternas.
            Y es curiosamente en la más tierna infancia, cuando los cerebros de los niños se están desarrollando y están en la fase de aprendizaje más fértil, cuando se incide en que usen las nuevas tecnologías. Incluso desde estamentos oficiales de la educación se afirma que estudiar con ordenadores en los colegios es lo más progresista. Solo cinco años después se demuestra el estrepitoso fracaso de esa política y se abandona el proyecto, para sustituirlo por otro, más absurdo si  cabe. Ellos no pierden nada, por supuesto. Incluso han ganado… cambian la opinión pública, crenado una tendencia de opinión que está a favor de esta modernidad; Y de paso algunos se llenan los bolsillos.
            Y los niños los más desprotegidos, porque no tienen capacidad de decisión ni un conocimiento lógico acerca de estas cosas. Se les está privando en realidad de su capacidad de relacionarse adecuadamente con su entorno, y eso incluye obviamente las relaciones sociales. A esto se le llama educación emocional. Curiosamente hace unos años se escribía un libro, que fue best-seller mundial (Daniel Coleman) y del que todos hablaban, pero que de bien poco ha servido. Los niños siguen siendo dependientes cuando alcanzan cierta edad, sobretodo en la adolescencia, donde se agudiza el problema.
            Los niños –y todos en general- dejan de tener verdadera pasión por todo lo que hacen, pues su tiempo lo ocupan inmersos en sus dispositivos electrónicos. Desarrollan incapacidad empática, fomentan el egoísmo, el egocentrismo, la insolidaridad, la inconstancia, y un largo etc., que cualquier psicólogo podría corroborar con estudios clínicos y estadísticas.
            Todo lo que tenga atisbos de contener cierta disciplina, esfuerzo, paciencia y demás aspectos inherentes al desarrollo cognitivo del ser humano, es visto como un ataque o agravio hacia las libertades de cada individuo.
Esto lo veo en mi escuela, donde llevo más de treinta años enseñando algo esencial, que es la capacidad de desenvolverse por sí mismo del ser humano, utilizando como herramienta las artes marciales. Es decir; Mi trabajo no consiste solo en enseñar a dar patadas o a aprender a defenderse. Mi trabajo consiste en enseñar a aprender, a observar y a crecer. Y hoy en día se ven el efecto causado por estas dependencias de las que hablaba más arriba; La desidia por perseverar en lo que un día les gustaba. La pérdida de valores en las relaciones humanas, y el crecimiento de hábitos nocivos para la salud mental.

Todo ello mientras seguimos enchufados a una máquina a través de un cable (¿Les suena esto?) y miramos compulsivamente una pantalla, mientras soñamos que estamos despiertos y viviendo en un mundo de colores, mientras la vida real va pasando por nuestro lado… PURO MATRIX.

viernes, 16 de octubre de 2015

Hace unas semanas que vengo buscando algo que quisiera comprar  para hacer un regalo a una buena amiga, que se le estaba acabando. Lo busqué en todo tipo de establecimientos, grandes almacenes y pequeñas tiendas de barrio. En casi todos los sitios me decían que no tenían, o que, en el mejor de los casos, se les había acabado.
Probé en Internet, pero lo único que encontré, fue a mucha gente que trataba de venderlo, de alquilarlo, pero en realidad, eran un fraude. Estaban tan ocupados en venderlo que se les había escapado de las manos. Otros muchos lo perdían sin apenas darse cuenta en hacer cosas inútiles, sin sentidos. Hablé con psicólogos, tratando de comprender el porqué ocurría esto. Pero también ellos vendían y cobraban algo que no tenían para sí mismos. A los niños se lo robaban sin escrúpulos los mayores. Los filósofos lo perdían explicando lo que era; las prostitutas le ponían precio y los sacerdotes y clérigos te prometían todo lo que quisieras, siempre y cuando, eso si, que creyeras en ello y, que dejaras esta vida…
Algunos ni lo tenían para escucharme, otros decían tenerlo todo ocupado, por lo que tampoco lo tenían en realidad.
Puse un anuncio buscando horas de 90 minutos, días de 28 horas, y semanas de 12 días… alguien me llamó para regalarme una camisa blanca, de extrañas mangas muy largas…
Finalmente me di cuenta de que en realidad ni podía comprarlo, ni alquilarlo ni cederlo. Solo podía compartirlo. Eso haría con mi amiga, compartir mi tiempo con ella. Y me dí cuenta de que en el fondo, yo sí que tenía tiempo, y mucho. En realidad era muy rico, inmensamente millonario. Y es que, queridos amigos, tener tiempo para hacer cosas, compartir con los amigos o simplemente no hacer nada, es lo único que podemos tener. Es lo único que podemos decidir cómo gastarlo, aunque también podemos perderlo absurdamente en cosas sin sentido. Tener tiempo, nos hace verdaderamente ricos…
El tiempo, queridos amigos, es un espacio indefinible al que le hemos puesto vallas y puertas por las que entramos y salimos en nuestras vidas y sus circunstancias. Y eso sucede también en este espacio que, a pesar de durar solo una hora, a muchos les parecerá poco y a otros, quizá demasiado largo. ¿Cuál es, entonces la duración real de una hora de programa?... curioso, ¿verdad?


lunes, 5 de octubre de 2015

"Maestro, si todos los fenómenos, cosas y personas carecen de identidad y están vacíos, ¿Quiere decir que no existe nada?
- No, los fenómenos y las personas existen. Observa que yo estoy aquí y tu también estás aquí, escuchando. Por lo tanto se puede decir que existimos. La vacuidad no es lo mismo que el nihilismo. Las personas y los fenómenos están vacíos de nuestras proyecciones imaginarias sobre ellos. Carecen en realidad de lo que nuestras concepciones equivocadas les atribuyen. No existen como nos parece a nosotros ahora, pero sí existen. Es decir, no existen de forma independiente, pero sí de forma dependiente. Por ejemplo, alguien que lleva gafas de sol verá los árboles muy oscuros. Pero no existen árboles oscuros independientes, pero no podemos decir que no existen los árboles. Los árboles existen, solo que no existen como le parece a la persona que lleva las gafas. Esa es una realidad condicionada.

lunes, 28 de septiembre de 2015

La sombra en el espejo

“Al final del camino, siempre hay otro camino”…

   Cuando hoy, un año y poco más después, me detengo a reflexionar sobre esta maravillosa experiencia que supuso vivir en esta montaña de China, me pregunto que, de tratar de querer escribir este relato de una manera coherente, ¿Cómo afrontaría la complicada –por no decir imposible- tarea de describir todo lo que esta etapa supuso en mi evolución como persona? Entiendo que, desde mi perspectiva emocional e intelectual, tengo meridianamente claro que las experiencias no se pueden transmitir. Sólo pueden ser vividas en primera persona. Entonces, ¿Qué sentido tiene escribir esto?... y quizás la única respuesta que encuentro es mi necesidad de compartir incondicionalmente con los demás.
Así pues, cuando me propuse firmemente el comenzar este libro, tenía que meditar la manera de plasmarlo, de situarlo en un contexto específico y así darle cierta estructura, aunque sin perder la flexibilidad narrativa que, por otro lado, forma parte de mi personalidad. Se trataba pues, de situar todos los apuntes y reflexiones que recogí en varios cuadernillos durante mi estancia en China, en un entorno intelectual comprensible. Era colocar los pensamientos originales lo más cerca posible de la fuente emocional de la que surgieron. Pretendo, -no se si lo conseguiré o no – situar todo esto en un contexto atemporal, donde todos los pensamientos giran alrededor de las circunstancias que pude experimentar por mi mismo. La cronología quizás no revierta tanta importancia en este caso, aunque ha de existir en un segundo plano, porque escribir para uno mismo, no es igual que hacerlo de cara a la galería.
Comienzo a escribir esto, sin una idea concreta de lo que va a ser, porque estoy seguro de que, al igual que cualquier camino que recorres siempre te depara sorpresas, cuando tratas de plasmarlo sobre papel o sobre la pantalla del ordenador, van surgiendo también otros caminos, otros recovecos y recuerdos que te conducen a otras situaciones y experiencias, enlazando así todo en este entramado del tejido de la vida misma. Recuerdo un dicho del célebre Lao Tse que reza:

“las experiencias externas sirven para conocer el mundo.
Las experiencias internas, para comprenderlo.”

Dejo estas reflexiones y palabras aquí, como una semilla en una fértil tierra, para que germine y otros, cuando sea el momento oportuno, puedan saborear sus frutos. Y esto va conformando la historia, revestida de ciertos tintes autobiográficos, como no podía ser de otra manera, y que fluye por mi mente, como el curso de un pequeño río, que según las circunstancias se desliza suavemente por un remanso o ruge en un turbulento rápido. Así es la vida…
Aún así, esta narración está claramente dividida en varias partes; una describe las circunstancias que rodearon toda la experiencia y la segunda, lo que surgió como experiencia propia y profunda, fruto de largas meditaciones y conversaciones con los Maestros. Otra sección, que trata de exponer una visión clara, o cuando menos, diferente de la realidad, de mí realidad. Una parte impregnada de profundos matices filosóficos  y conceptos budistas. Es pues cada palabra, cada frase, una ventana abierta a otra realidad, donde se cuentan historias, cuentos, alguna que otra poesía y mucho amor. Un espacio detrás de cada palabra, a pesar de la limitación de las mismas, donde se esconden realidades, sentimientos, emociones e ideas que trascienden la pura lógica intelectual. Es la esencia del pensamiento. Y ocasionalmente, algún que otro cuento o aforismo tratan de explicar lo que no se puede transmitir con esas palabras. Cuentos y frases mías en su mayoría, aunque siempre basadas algunas en historias y cuentos tradicionales que alguna vez oí en boca de algún Maestro o en las páginas de algún libro. Es pues el mérito suyo, no mío.
Para mí, todas estas partes están estrechamente unidas, de hecho considero que es una sola cosa, pero entiendo que será más fácil asimilar lo expuesto si se narra con cierto orden y estructura gramatical y literaria… (Esta expresión casi me asusta, pues ni de una cosa ni de la otra tengo profundos conocimientos!). Pero en cualquier caso, lo expuesto obedece ciertamente – y no puede ser de otra forma- al único modo en que podemos pensar, al modo en que podemos percibir las cosas. A la manera de comunicarnos. Aparte del hecho de que no soy ni me considero escritor – esto casi me provoca la risa, pues sería una identidad ilusoria más -, aunque ame las palabras y me guste escribir, este proyecto de libro que me planteo supone un ligero escollo a superar. Quizás es un reto personal mío; No lo sé… Pero no es un obstáculo que me vaya impedir avanzar, no sé muy bien en qué dirección, no. Los obstáculos y los problemas son en realidad oportunidades. Al contrario, será un motivo más, una eventualidad más para tratar de mejorar en algún sentido. Este reto que me bosquejo, lo utilizo, si cabe la expresión, para subir un peldaño más en mi evolución. Me permite verme reflejado con nitidez en estas palabras y frases y así, a la vez, convertirme en observado y observador. Me acerca al concepto del “pensador de mis pensamientos”. Me permite aprender de mí mismo, de mis errores y aciertos, que alguno se habrá dado. Al final, casi sin proponérmelo, se convierte también en un proceso más de mi aprendizaje de la vida.
Y si ya, de paso, hay personas afines o no a mis ideas, que lean esto y les pueda aportar quizás otra opción, otra visión de la realidad, de su propia comprensión y relación con la misma, pues entonces me sentiré doblemente contento y feliz. No importa en absoluto que no compartan mi filosofía o religión…
Y si no es así, porque de ninguna manera puedo saber las reacciones emocionales que estos textos puedan provocar en los demás, pues tampoco me preocupa lo más mínimo, pues soy feliz de igual manera, simplemente escribiendo. Yo sólo te muestro aquí un camino; Si decides adentrarte en él, bienvenido. En este sentido, os dejo sin más dilación con un antiguo cuento asirio, que refleja mi postura emocional respecto a los posibles elogios o críticas…
Cierto día un viejo Maestro llamó a su discípulo y le dijo:
Ve al cementerio y allí, entre las tumbas, grita todo lo que puedas a los muertos. Escúpeles, tírales piedras. Insúltales con las palabras más feas que conozcas. Espera un rato y luego regresa aquí”…
El discípulo se encaminó pensativo hacia el lugar señalado por su Maestro y una vez allí, con cierta timidez al principio, comenzó a lanzar toda clase de improperios e insultos en voz alta. Lanzó piedras sobre las lápidas y les escupió, tal y como se lo había pedido su Maestro… Se sentó durante un rato expectante, a ver que sucedía, si es que tenía que suceder algo… pero nada, solo obtuvo un profundo silencio como respuesta…
Luego regresó junto a su Maestro, esperando alguna explicación…
El Maestro le preguntó:
¿Has hecho todo lo que te dije?”. – “Si Maestro, todo”, fue la respuesta del discípulo.
“¿Y qué ha pasado después?”, le inquirió el anciano… “¿Hubo alguna respuesta?”
No, ninguna Maestro. Solo silencio”
“Pues entonces regresa allí y pide disculpas por tu comportamiento, por tus gritos y tus insultos. Pide perdón sinceramente y dedícales palabras amables, llenas de amor y compasión”
El discípulo, sin comprender nada, se dirigió nuevamente al cementerio…
Permaneció allí un buen rato, dedicando sus palabras amables a los que allí yacían enterrados. Incluso les dedicó elogios por sus vidas y bendijo su descanso. Luego regresó a donde estaba el Maestro.
Éste  le preguntó nada más llegar:
“¿Hiciste todo lo que te dije?... ¿Y que sucedió después?”
“Absolutamente nada Maestro. Igual que la otra vez, sólo obtuve un profundo silencio como respuesta”…
“Pues así hay que ser ante los insultos y los halagos, como los muertos!”

Pues así siento que tengo que ser yo, ¡como un muerto…!


Dengfeng, China, Junio 2006

Shi Yan Jia (Pedro Estévez Gil)


Introducción al libro "La sombra en el espejo"

lunes, 3 de agosto de 2015

La llamada del interior..
Esta noche, en la clase de los adultos, para finalizar he puesto un Cd con la música del “canto del lama”, un cd que hacía mucho tiempo que personalmente no escuchaba, pero que forma parte de mi archivo musical preferido. Todos se sumieron en una meditación en apariencia profunda, con sus sentidos puestos en escuchar esta maravillosa música, que creo, tiene el poder de despertar emociones muy arraigadas, profundas y tal vez ocultas.
Cerré los ojos y, como hago tantas otras veces, me dejé llevar por la dulce y extraña melodía, hacia parajes insondables de mi mente y mi corazón. Sin ninguna pretensión previa, ni objetivos concretos. Solo viajar a lomos de estas ondas por los confines de mi propio interior… y en un momento indeterminado, que no sabría precisar, mi mente se evaporó por completo, alcanzando un estado de gozo y plenitud tan intensa, que parecía que faltaba espacio en mi interior, que se quedaba pequeño todo. Y de alguna manera, sentí que había alcanzado mi corazón, ese espacio que tantas veces permanece en penumbras y del que hemos perdido la capacidad de conectarlo con la mente.
Una sensación de tristeza, de alegría, de gozo y de serenidad infinita me inundó cada célula de mi ser, despertando sentimientos y emociones muy sutiles, quizás guardadas en los pliegues de mi corazón y que mi mente ya no quería ver o reconocer.
Porque mente y corazón son en realidad una sola cosa, o eso debería ser, aunque en nuestra ajetreada sociedad de consumo, hemos compartimentado cada aspecto de nuestro interior, perdiendo incluso en algunos casos su sentido profundo. Nuestro corazón corre detrás de las emociones mundanas y pasajeras, surgidas desde los sentidos y nuestra mente se pierde en un laberinto de información absurda e inútil en muchos casos. Así es muy complicado, por no decir imposible, que alcancemos a percibir cualquier atisbo de felicidad. Una felicidad que todos llevamos dentro, pero que buscamos siempre fuera, muchas veces en lo material.

En definitiva, una experiencia más de samadhi, de despertar, que esta maravillosa música ha despertado en mi, a poco que he dejado que entrara en mi ser…

sábado, 18 de julio de 2015

Dispersión de la mente (1)
Cada día veo a decenas de personas que, en los diferentes ámbitos de sus vidas, inician alguna actividad nueva; empiezan un curso, quieren dejar de fumar, se hacen vegetarianos, dejan de consumir determinada sustancia, desean alimentarse mejor, se proponen estudiar algún idioma, coleccionar alguna cosa, quieren cambiar un hábito, etc. Así, cientos de deseos de buenas intenciones que cada uno se propone realizar a partir de un determinado momento.
Pero todos éstos pájaro-deseo vuelan errantes por nuestra mente, sin posarse casi nunca en una rama sólida e, igual que unas efímeras pompas de jabón, acaban desapareciendo en el horizonte –en este caso casi inmediato- del olvido. Nuestra mente errática vuela de un deseo a otro, como una abeja de flor en flor, pero sin obtener beneficio alguno, salvo el de alimentar nuestro ego con la idea de que se han hecho muchas cosas y de todas ellas sabemos. Esa desatención continua crea en nuestro subconsciente una profunda frustración, que nos hace pensar en la inutilidad de lo que estamos realizando, pues en el fondo intuimos que lo hacemos porque tenemos carencias de todo tipo, que tratamos de suplir con la búsqueda y práctica de diversas actividades psico-físicas.
Y nuestra mente desentrenada y errática no puede asumir esa montaña de información nueva que constantemente nos está llegando y así cae fácilmente en la desatención, verdadera fuente de donde surgen muchas emociones y frustraciones. Las facultades de la voluntad, la persistencia, la continuidad, la humildad, la paciencia, etc., tienen muy poca consistencia en nuestra mente y nuestras acciones derivadas de ella. Lo que hoy nos entusiasma, mañana nos parece monótono y aburrido, o ha dejado de tener interés, el quizás desmesurado o sobrevalorado interés inicial.
Las nuevas tecnologías, lejos de facilitarnos la vida, en realidad nos la complican de una forma muy sutil, pues nos inculcan la superficialidad de todo, el afán de acumular información –muchas veces inútil- y la voracidad del consumo, que incita sin escrúpulos a consumir compulsivamente todo lo que nos ponen a nuestro alcance. En ésta sociedad consumista y materialista a ultranza, poca cabida tienen los valores éticos o morales –y no me refiero a valores morales derivados de la religión-, que casi siempre son relegados a un rincón oscuro y casi olvidado de nuestra pobre conciencia. O quizás debería decir ‘conciencia pobre’…
Así pues, cuando decidimos comprarnos un móvil nuevo de última tecnología, ¿En realidad sabemos conscientemente el porqué lo hacemos? ¿Sabemos por qué cambiamos nuestro televisor, que funcionaba perfectamente, por otro nuevo, más grande y plano? Seguramente no lo tendremos muy claro, pero en cualquier caso, buscaremos cualquier pretexto que justifique ese cambio. Pocos querrán comprender y mucho menos admitir que es el ego el que nos impulsa a comprar compulsivamente.
De alguna manera –metafóricamente hablando- todo funciona como cuando miramos compulsivamente el teléfono móvil, aun sabiendo que nadie nos ha llamado o enviado un mensaje. Aun así lo miramos. Miramos obsesivamente la página del Facebook, por si alguien ha puesto algo, lo que es una obviedad. Nuestra mente pasa de una noticia a otra, de una imagen a otra, de un sentimiento o emoción a otra, sin más; Sin detenerse jamás por mucho tiempo a reflexionar sobre lo que hemos percibido. Es el campo perfecto de entrenamiento para dispersar aun más nuestra mente. Para ser aún más inconscientes de lo que ya somos.
Cada vez que iniciamos una actividad nueva, pongamos por ejemplo el ir al gimnasio, deberíamos preguntarnos real y seriamente el porqué lo deseamos. Preguntarnos si realmente es algo que necesitamos y si estamos mentalmente preparados para afrontar ese reto que supone cambiar hábitos sociales y familiares, además de superar la fase de acondicionamiento físico. Si no lo estamos, nuestra mente buscará muy pronto otras metas, otros objetivos; Todo con tal de no admitir nuestro posible fracaso en el intento de cambiar algo en nuestra vida. La atención se dispersara y la actividad nueva ya no nos resultará atractiva.
Cada vez que nos fijamos en otra persona e iniciamos una relación –incluso si ya estamos comprometidos en otra- deberíamos preguntarnos si realmente lo necesitas y si la respuesta ilusoriamente es afirmativa, el porqué creemos que lo necesitamos. No nos damos cuenta de que por dispersar la mente y nuestras emociones, entramos a saco en relaciones tóxicas, de dependencia incluso, de las que luego es difícil desprenderse.
Cambiar hábitos es una ardua labor que requiere tiempo y conciencia plena, ambas cosas que creo, escasean cada vez más entre la gente corriente. Se ha estudiado que, para cambiar un hábito –generalmente por otro- se necesitan 21 días, que es el tiempo que nuestra mente necesita para producir y afianzar los cambios necesarios. Además, es muy poco factible tratar de eliminar un hábito nocivo, sin sustituirlo por otro positivo. Teniendo en cuenta además que un hábito negativo o nocivo se adquiere muy rápido, pues tiene que ver con nuestros sentidos, mientras que un hábito positivo tiene que ver más, mucho más con nuestra mente. Es muy fácil dejarnos llevar por los sentidos del placer que ahondar en el laberinto de nuestra mente, donde seguramente encontraremos cosas que no nos gustan.

"Se iniciaba en todo y en nada duraba; en el curso de una fase de luna era químico, violinista, político y bufón". Debido a que no hay una continuidad en nuestro propósito, dado que no nos entregamos a una sola cosa todo el tiempo, no existe una verdadera individualidad. Somos una sucesión de personas diferentes, todas ellas más bien frustradas, por no decir rudimentarias. No hay un crecimiento regular; no hay un desarrollo auténtico ni una evolución verdadera. Algunas de las principales características de la desatención están seguramente más claras ahora. La desatención es un estado de falta de memoria, de distracción, de concentración pobre, de ausencia de individualidad verdadera. La atención consciente, por supuesto, tiene características opuestas. Es un estado de memoria, de no distracción, de concentración, de continuidad y constancia en los propósitos y de individualidad en el continuo desarrollo. Todas estas características están implicadas en el término "atención consciente". No es que estas características definan totalmente la "Atención Consciente Perfecta", pero sí la define lo suficiente para que podamos seguir adelante. Servirán para darnos una idea general de lo que son la atención o la atención consciente y la "Atención Perfecta".