jueves, 6 de marzo de 2014

Gala Amako 2014

            Por enésima vez observo el espacio vacío de la pista donde se van a desarrollar las distintas exhibiciones convocadas para esta ocasión. Como siempre, el carácter benéfico de la gala hace que el evento cobre unas connotaciones algo especiales para mi; Y creo que para muchos de los Maestros y grupos participantes también.

            Pero noto algo distinto en el ambiente, otrora muy animado y lleno de actividad y movimiento. La energía es distinta, y no sabría muy bien precisar porqué. Algo ha cambiado. Otros años sentía una actividad frenética, mucho nerviosismo en los participantes, cosa que en esta ocasión no he percibido. No hay expectación en el ambiente.

            El público llena las gradas casi por completo, lo cual me alegra, pues supone un buen ingreso en taquilla, que irá destinado íntegramente a la causa benéfica.

            A pesar de todas estas percepciones, en este evento me siento muy a gusto, como si de esta manera saliera a flote mi verdadera vocación o identidad – si es que tuviera que tener alguna - , que no es otra que la de ser quien soy; quien me siento de verdad y la que me hace feliz. Me llena de alegría y paz ver a tanta gente unida a favor de una buena causa; de gente que practica un arte marcial, el que sea, y que, por ende forma parte de un segmento de la sociedad que intenta llevar otro camino, aun cuando este, esté más cercano al entendimiento de lo que practican o enseñan como un mero deporte, que como arte marcial. Pero poco importa, lo que cuenta es que estuvieran allí.

            Cuando puedo ver a la gente que, de alguna forma u otra sigue mis enseñanzas, siento que ese es mi camino, que esa es la razón de mi existencia en este mundillo. Que es lo que realmente me gusta, porque a través de ellos, puedo aportar un poco de coherencia a esta sociedad enferma y carente de valores. Y creo que cuando me puedo expresar en esta faceta, sale lo mejor de mí, y es precisamente esa imagen que pueda transmitir, la que algunos deciden de alguna manera imitar o seguir. Es la imagen de maestro, de alguien que tiene unos valores éticos y morales reales. La imagen de alguien que es diferente, que puede mostrar, sobretodo con su actitud, su sinceridad, su respeto y sus humildes conocimientos, un camino de vida distinto. No se si mejor o peor, pero en muchos sentidos más coherente y más saludable espiritualmente.

            Veo tantas veces a gente, incluso a alumnos perdidos, buscando – a veces inconscientemente – a alguien que los guíe, que no puedo por menos que intentar ofrecer lo poco o mucho que yo pueda saber acerca de la vida y de cómo caminar por ella, sin que la frustración, la desilusión y la desidia hagan profunda mella en uno. Esto, en nuestra sociedad es bastante complicado, pues si bien hay mucha gente que ‘busca’ algo, las herramientas de búsqueda están contaminadas. Hay una latente y generalizada dispersión de las mentes. Es en ocasiones como verter semillas en tierras estériles. La mayoría se queda en la superficie y muere ahí, sin lograr sus propósitos reales.

            Esta imagen que muestro aquí, no es la habitual, pues no tengo siempre la ocasión de hacerlo. Llevar una vida de monje laico, no es nada fácil en esta sociedad. Quizás podía hacerlo, pero hay muchas cosas que me lo impiden. Y la primera de ellas soy yo mismo y mis apegos y miedos a mi entorno. Las circunstancias tampoco me son favorables en algunos sentidos. Todo ello hace que me sienta en ocasiones reprimido, incomprendido y frustrado en mi interior. Pero estas percepciones, lejos de hundirme en la desilusión, me sirven precisamente para aprender de ellas. Son la herramienta perfecta para evolucionar a través de la vida, hacia una comprensión más clara de las circunstancias que la componen y en las que me muevo o nos movemos todos. No es de ninguna manera una sensación de frustración que te inmoviliza, a pesar de que en ocasiones sea incluso dolorosa. Es una experiencia continua de reflexiones, de estar presente en el aquí y ahora, de tratar de convertir la vida misma en campo de experimentación de mi filosofía, del budismo Chan.

            Un maestro o un monje, no lo es del todo a menos que pueda transmitir sus conocimientos a otros, y esa faceta es la que no veo realizada, a pesar de mis intentos por llevarla a cabo de manera coherente y seria. Y no he descubierto aun las razones del porqué no ha funcionado hasta ahora. Los resultados son muy pobres en este sentido. En el plano de la enseñanza marcial, si he visto grandes progresos, aunque encuentro dificultades para lograr transmitir mi estilo y sus diversos aspectos teóricos y filosóficos tradicionales a los alumnos. Es decir, si yo desaparezco ahora, no habrá nadie que siga mi línea de enseñanza, porque, a pesar de que hay algunos alumnos con suficientes cualidades técnicas, no les mueve el mismo espíritu, indispensable para llevar esto adelante. Muchos son débiles de espíritu.

            Por ello, ver a todos estos maestros en la gala, me hace feliz, pues de alguna manera, se reúnen la gente que mueve este mundillo de verdad. Todos ellos son valiosos motores que tiran de los demás, que les guían y enseñan. Son tipos un tanto especiales, los que hacen que existan escuelas, estilos y practicantes de estas artes tradicionales. Así pues, cuando sonrío, es de corazón y en agradecimiento por su labor. La de todos ellos.

            La relación de amistad, compañerismo y respeto con los demás maestros y profesores es latente y creo que bastante sincera, habida cuenta de que a casi todos les conozco ya desde hace años. Muchos años. Sobretodo el grupo de la asociación, que para mi ya forma una pequeña gran familia, por su calidad humana y su profesionalidad demostrada. Estos son verdaderos maestros, en todos los sentidos de la palabra. No hace falta nombrarles por sus nombres, pues todos por igual merecen mi más profundo y sincero respeto y admiración.

            Y la inmensa labor que realizan año tras año los organizadores de la gala, es encomiable. Creo sinceramente que les debemos mucho a ellos, pues nos sirven de escaparate donde mostrar nuestras artes. Desde lo más profundo de mi corazón: ¡gracias a todos!

            Así, una vez más cumplimos con nuestro deber de colaborar con este magnífico evento, realizando nuestra demostración, que pretende mostrar pequeñas pinceladas de nuestro arte. Cierto es – y siempre soy muy autocrítico- que se puede mejorar, pero ya me puedo dar por satisfecho de que los que están, lo hayan hecho con seriedad y alegría.

            Y no cabe otro camino que seguir entrenando, seguir perfeccionando nuestro arte y nuestra manera de expresarlo. De esta forma, abrimos la puerta a otras personas que puedan sentirse atraídos hacia la práctica marcial. Sobretodo a los más jóvenes. Y así, mantenemos ardiendo la llama de la ilusión, que nutre nuestras propias expectativas, pero sobretodo, creo, que alumbra con nuestra luz, el camino a muchos otros que caminan en la oscuridad.


            ¡GRACIAS A TODOS!

domingo, 2 de marzo de 2014

Tecnologías y emociones


1.      Existe la errónea creencia de que la moderna tecnología aporta más información, conocimiento y sabiduría. Quizás las dos primeras cosas si, pero la sabiduría requiere de práctica, de tener un bagaje de comprensión, intuición, sintetización y capacidad de análisis, que esos conocimientos no te aportan.
2.      Sobre todo porque la sabiduría, la profunda cognición de uno mismo y sus circunstancias, requiere de un proceso largo en el tiempo; Un tiempo que parece ya no disponemos, pues las nuevas tecnologías exigen un uso rápido e inmediato de las mismas, sin que dé realmente tiempo siquiera a asimilarlas correctamente.
3.      Es muy negativo pensar que la promesa de la tecnología de que hará más inteligentes a nuestros hijos es cierta e inevitable. Ese acceso a la información sin límites, no les enseñará a sintetizar ni analizar nada, ni les mostrará cómo encauzar sus emociones surgidas de esas experiencias. Estaremos creando seres humanos que solo responden a los estímulos sensoriales, con respuestas casi aprendidas por imitación, pero que nada sabrán sobre gestionar mejor sus emociones.
4.      En realidad, desde la inconsciencia estamos creando tremendas dependencias en esos seres, que necesitarán cada vez más de lo externo, lo material, para sentirse identificados con una identidad, una ‘forma’, también creada ficticiamente desde fuera. ¿En quienes o en que los convertimos en realidad?
5.      Se están promulgando las ideas de que el acceso a todo este mundo informatizado es imprescindible e inevitable, incluso acercándolas a las escuelas y al sistema de enseñanza. Así, el presupuesto para informatizar la enseñanza pública se ha disparado, mientras que otras áreas, como la ética o la enseñanza de valores sociales  pierden valor educativo. Los presupuestos para expresiones artísticas, como la música, el deporte o las bellas artes han sido drásticamente reducidos, cuando no eliminados directamente.
6.      Cada día hay más indicios de que muchos sufrimos de sobrecarga de información, de que estamos siendo saturados de ella. Esto nos abruma de sobremanera, y nos aparta de las capacidades de introspección, que son las que, en definitiva, nos ayudan a relacionarnos con todo lo exterior. A comprender y encauzar mejor todos esos estímulos surgidos desde las experiencias de las circunstancias de la vida.
7.      Realmente no sabemos muy bien ‘qué hacer’ con tanta información que nos llega desde los cinco sentidos. Y eso provoca una continua y errónea interpretación de la realidad, en la que nos vemos atrapados y a la que respondemos también equivocadamente en el mejor de los casos.
8.      Las emociones que surgen de los pensamientos, se encuentran de pronto con situaciones externas que están muchas veces, desfasadas en el tiempo. Y surge la frustración, la cólera, la ira, el miedo a no saber responder a las expectativas creadas por nosotros mismos en nuestra errónea interpretación de la realidad, una realidad a la que reaccionamos a destiempo.

9.      Esto genera una sensación de que todo va cada vez más rápido, de que todo está acelerado. Y esto no nos permite reflexionar sobre nada, sin el temor a quedarnos atrás en la vorágine social.

martes, 25 de febrero de 2014

¿Compasión?

     Mientras estoy tranquilamente sentado en la pequeña terraza de una cafetería, esperando a que el ciclo de la lavadora termine de realizar su trabajo en la lavandería y me tomo una infusión, de pronto mi atención se desvía y centra en una conversación que se produce en la mesa de al lado. Hay una pareja de mediana edad con su hijo, de apenas unos 12 años que están manteniendo una acalorada conversación. Hasta ahí, nada fuera de lo normal, pero me llama poderosamente la atención el contenido de la conversación, en la que entre los tres están criticando ferozmente a una cuarta persona.
     Presto un poco más de atención a las formas y contenido de la charla entre los tres, y escucho cómo se vierten críticas muy duras sobre la persona en cuestión, que para más escarnio, era una supuesta amiga.

     Esta situación, por desgracia se repite cotidianamente en todos los ámbitos. Solemos dejarnos llevar por nuestros pensamientos más bajos y las consecuentes emociones que surgen de ellos. Parece ser que nos gusta verter toda clase de basura sobre los demás; Nos divierte sacar lo peor de otros, señalando lo que - supuestamente - hacen mal, repitiendo como loros sus defectos y alegrándonos incluso de sus fracasos. Un muy buen amigo mío -Javi - ya me dijo una vez: "La condición humana hace que muchos se alegren de las desgracias ajenas".

      Y esto es así, y tiene poca pinta de que vaya a cambiar...

     ¿Porque esa manera tan voraz de desdibujar las vidas ajenas?... ¿Porqué nuestro ego se siente más poderoso ante las desdichas de los demás?... ¿Tan complicado resulta reflexionar y darse cuenta de que todo lo que hacemos no es más que interpretar la realidad ajena, que nos es desconocida muchas veces, por estar despojada de la experiencia directa de la situación? Hablar mal de los demás, es casi un deporte nacional en este país. Algo de lo que no podemos sentirnos precisamente orgullosos

     ¿No sería mucho más fácil y beneficioso, intentar ser conscientes de lo que hacemos y decimos?... Hacernos nuestro propio análisis y crítica y ver en que fallamos nosotros o en que podemos colaborar para mejorar una situación. Aportar soluciones en vez de quejarnos de todo.
      Tratar de ver la parte positiva de toda situación o persona seguro que aportaría un pequeño granito de arena a pacificar un poco este mundo convulso.

        Tratemos de ser más coherentes, más sinceros con nosotros mismos primero y luego con los demás. La práctica budista está llena de sugerencias para aprender a ser más conscientes, en el presente, en la realidad. Y esto está estrechamente ligado a la ética, a la compasión por los demás, al sublime ideal de tratar de crecer y ser mejor persona. En beneficio propio y en el de los demás.

NO DIGAS PALABRAS HIRIENTES CUANDO ESTAS DE MAL HUMOR.
TENDRÁS MUCHAS OPORTUNIDADES PARA CAMBIAR TU ESTADO DE ÁNIMO,
PERO NUNCA TENDRÁS LA OPORTUNIDAD DE RECTIFICAR LAS PALABRAS QUE DIJISTE.

sábado, 8 de febrero de 2014

El refugio del alma

 Muchas horas de reflexión profunda, unidas a un cúmulo de experiencias a todos los niveles, me llevaron a la imperiosa necesidad de encontrar un momento de verdadero aislamiento y soledad, en la que poder meditar sobre todo ello. Sentía esa imperiosa llamada desde mi interior, desde el mismo día en que visitamos por primera vez la pagoda del pequeño templo Fawang de la montaña. De alguna manera, este pequeño lugar había despertado algo profundo en mí y me había atrapado en él.

           Y ahora, creía que había llegado la hora o el momento, de dar un paso significativo hacia mi interior. Era el momento de despertar algo que llevaba muy en mi alma. Algo que, posiblemente, podría producir un profundo cambio en mí como persona, pero que no me asustaba afrontar, porque intuía que era para bien. Era un punto de inflexión en mi vida, quizás un retorno a mis verdaderas raíces espirituales, y un punto, donde encontraría respuestas...

           Decidí ir caminando, ya que la distancia desde la ciudad no me parecía excesiva, como para no poder hacerlo. Sería al mismo tiempo, una excelente forma de calmar mi mente, mientras paseaba. Dejé a los demás del grupo, en el hotel, justo después del almuerzo, y sin decirles nada, me encaminé hacia la montaña. Para ello tenía que atravesar media ciudad, pero eso me suponía un agradable paseo. No pensaba en la distancia que tenía por delante, que a lo sumo podían ser unos siete u ocho kilómetros, sino que ponía mi mente en todo lo que me rodeaba a cada instante. Además, no tenía prisa alguna por llegar, ni horarios ni tiempos que cumplir.
            Recordaba sin dificultad el camino a seguir; siempre se me ha dado muy bien la orientación, hasta tal punto que siempre recuerdo los lugares donde he estado, aunque solo sea una vez. Los puedo volver a encontrar sin dificultad alguna. Jamás me he perdido en ninguna ciudad grande, y no me iba a perder ahora aquí. En cualquier caso, no era una idea que vagara por mi mente. Atravesaba las amplias avenidas y calles de Dengfeng con paso tranquilo, saboreando cada momento. Alguna gente del lugar me miraba con notoria curiosidad. No era muy habitual ver a un extranjero por las calles de esta ciudad. Yo me sentía, de alguna manera, extraño, entre tanta gente tan distinta, en apariencia, a mí. Otro idioma, que desconocía bastante, otra cultura, que aunque no me era del todo ajena, si era distinta a la mía. Todo era distinto, diferente en su manera de vivirlo, no en su esencia. Y esa sensación no hacía más que incrementar mi interés por todo lo que me rodeaba. Mis instintos estaban a flor de piel. Entré en un par de pequeñas tiendas y grandes establecimientos para comprar agua, y algún helado, aunque la razón verdadera era la simple curiosidad y mi deseo de entablar conversación con los lugareños.

           En apenas cuarenta minutos ya estaba en las afueras de la ciudad, caminando por la ribera del río que atravesaba de norte a sur la pequeña urbe. Hacía mucho calor, aunque era soportable. Me crucé con uno de esos pequeños cacharros motorizados que hacían de taxis, y el conductor me preguntó si me llevaba. Estuve tentado de aceptar, pero algo en mi interior me empujaba a seguir caminando. Tenía que ir a pie. Simplemente debía ser así. Le contesté que no gracias, con mi limitado chino, y el hombre se entusiasmó tanto que me siguió un buen trecho, hablándome como si yo le entendiera perfectamente. Yo me reía un montón y el hacía lo propio. Al final logré decirle, o hacerle entender que ahora no le necesitaba, que quizás a la vuelta. No sé lo que debió entender exactamente, pero se paró en una de las casas que había a pie de carretera y me saludó efusivamente.
Casi una hora más tarde había alcanzado la entrada al templo. Los vigilantes del puesto de control de la carretera de acceso me recordaban perfectamente y me saludaron amistosamente… La entrada al recinto, creo recordar que costaba unos 10 Yuan. Siempre guardo las entradas de los lugares que visito (y no sé muy bien porqué), y luego pude comprobar la numeración correlativa con las entradas de hacía una semana atrás. Eso significaba que nadie después de nosotros había visitado el lugar. El encargado de las visitas al templo me estaba esperando. Supongo que los otros le pusieron sobre aviso de que iba a llegar alguien. Fue muy amable, ya que no me molestó en ningún momento durante mi permanencia en el sitio.
          
           Como la vez anterior, el interior del recinto del templo estaba totalmente tranquilo y silencioso. Yo era el único visitante en esos momentos. En un primer instante, no sabía exactamente a dónde dirigirme, ni lo que quería hacer. Me acerqué a observar detenidamente la gran estructura de la pagoda. Parecía bastante nueva y bien conservada, a pesar de su antigüedad.  Detrás de la misma se hallaba la sala con el Buda. Me dirigí hacia allí. Tampoco había nadie. Cogí tres varillas de incienso que había sobre un montón, y las encendí en una de las velas del pequeño altar. Seguidamente, las ofrecí, de corazón a Buda, colocándolas en un recipiente especial para tal efecto. Hice las tres reverencias preceptivas y di las gracias por permitirme estar allí.
           Finalmente me senté a un lado de la puerta de entrada, justo junto al tronco de un gran y vetusto árbol, que me proporcionaba una fresca y agradable sombra. Las vistas eran espléndidas. Delante de mis ojos tenía los jardines rodeando la base de la gran pagoda. A lo lejos, abajo en el valle, podía vislumbrar parte de la ciudad. A mi derecha, una escarpada ladera poblada densamente por viejos pinos y otra vegetación, mientras que a mi izquierda, y entre las ramas, podía ver otra parte de la majestuosa montaña. Me sentía extrañamente eufórico y tranquilo a la vez. El aire era limpio, sin el más leve atisbo de contaminación. Tenía la impresión de que revoloteaba a mi alrededor, envolviéndome con su suave y cálida brisa.
           Me percaté entonces de las enormes hormigas que caminaban por el suelo a mi alrededor. ¡Vaya!... Si alguna de ellas se me subía encima, me llevaría un buen susto. Tenían un aspecto impresionante de verdad, calculo que medían unos tres centímetros. Seguro que no picaban, sino que mordían directamente, y a lo mejor hasta sabían “Kung-fu hormiguero!...”. Me sonreí con mis propios pensamientos en broma, pero lo cierto, es que nunca había visto algo así. Afortunadamente, ninguna se aventuró a subirse por mis zapatillas, cosa que agradecí bastante. Parecía que pasaban de mi, e iban a lo suyo. Claro, es que eran hormigas chinas!...

           Cerré los ojos, tratando de ver mi entorno con los ojos de mi mente. Nada cambiaba; La misma sensación de paz y tranquilidad me envolvía. Este lugar era un auténtico refugio para mi alma y mis sentidos. Era como si sintiese que yo ya estaba allí, antes siquiera de que realmente hubiese llegado. De alguna manera extraña, me parecía que siempre había estado allí, formando parte de todo cuanto me rodeaba. Y esa unión de mi cuerpo físico, mi mente y mi espíritu con ese entorno, logró ese estado de armonía tan especial, que no puede ser transmitido con palabras. Un estado que realmente trasciende lo puramente físico y mental, que eleva la conciencia a planos más elevados, donde tienen lugar todas las sensaciones a la vez. Y al mismo tiempo, te permite disfrutar de cada situación, de cada instante, de cada molécula temporal de manera individual.....
          
           Y mi mente se evaporó, se perdió en el insondable abismo de mi interior, en busca de respuestas....

Respuestas...

           Y de repente, la sensación de unirme en un solo ser, en un solo Yo absoluto e inabarcable, me inundó cada poro de mi piel, con la impresión de haberme encontrado con una parte de mí que me faltaba. Al mismo tiempo, era la sensación de romper con algunas cadenas que me mantenían atado a otra realidad subjetiva. Había roto el cristal, a través del que siempre había estado mirando el mundo y la vida, y que en ocasiones no me dejaba ver la realidad impermanente de las cosas, porque, en verdad lo que estaba mirando era el cristal, y no lo que había detrás. Fue como abrir una nueva ventana a mi alma, a mi conciencia, y por ella veía las cosas de otra manera.
           Con meridiana claridad comprendía conceptos que antes solo intuía. Comprendí que un secreto estaba en el control consciente de las pasiones, del deseo, a veces ilimitado. En el control de mi mente. Cuando consigues no enfadarte, ni sentir apego, ni envidia, ni celos, ni vanidad, cuando destruyes tu orgullo, tu avaricia, y te deshaces de las emociones negativas, entonces solo queda paz y alegría. El camino hacia la felicidad. Y no importa en el estado en que te encuentres. Tendrás una sonrisa que sale del alma. Es un estado de iluminación, que alguna gente puede percibir en ti, aunque no sabe explicarlo. Y ese estado de armonía se apoderó, durante fugaces instantes de todo mi ser, encendiendo en mi interior una poderosa llama....


Cuando nos invade una impresión de estancamiento y de confusión,
Lo mejor es distanciarse otra vez,
Concederse el tiempo de reflexionar y de recordar el objetivo de conjunto:
¿Qué es lo que nos hará verdaderamente felices?
A continuación, debemos reformular nuestras prioridades sobre esta base.



           Tuve una visión, o un sueño, aunque estaba seguro de no estar dormido, en el que me veía entrando en la sala de un templo, lleno de estatuas y figuras de Buda, apenas iluminada por unos tenues rayos de sol, que se colaban por unas vetustas ventanas cubiertas de tela. En el centro de la estancia, había un anciano monje, sentado sobre un amplio sillón. Al entrar hice una reverencia, y me acerqué para entregarle un sobre lacrado, dirigido a él, que me había dado mi propio Maestro, a modo de recomendación. Luego, me senté ante él en el suelo, a cierta distancia, sin decir nada. El anciano Maestro abrió el sobre y sacó la carta sin mediar palabra alguna. La estuvo observando y levantó la mirada hacia mí. Una mirada profunda, serena y cristalina me traspasó por un momento, y luego volvió a posarse en la carta. Durante un largo rato, volvió a repetir el mismo gesto, una y otra vez: miraba el papel y, luego, alzaba la vista para observarme. Comencé a sentirme algo nervioso e incómodo. Sentía miedo de que no me aceptara o que me reprendiera por algo. Quizá se trataba de una prueba, y yo no era capaz de superarla. Aun así, permanecí tranquilo y callado, aunque algo expectante, mientras el anciano Monje leía la carta.              
Al cabo de un rato, entornó algo los ojos y me devolvió el pliego de papel con una ligera sonrisa. Lo tomé y, sin poderlo evitar, lo miré: era un papel en blanco en el que solo había un pequeño sello de tinta roja. No había nada escrito. Algo me sobrecogió por dentro; durante todo este tiempo, el anciano Maestro no había estado leyendo nada. Viendo mi estupor, me dijo: “Tu eres como yo. Somos en realidad la misma cosa; Como un cuenco vacío. Trata de ser feliz. Si tu lo eres, yo también lo seré”....


A medida que penetramos por nuestra propia voluntad
En cada zona de miedo,
Cada zona de debilidad y de inseguridad en nosotros mismos,
Descubrimos que sus muros están hechos de mentiras,
De viejas imágenes de nosotros mismos,
De miedos muy antiguos y de falsas ideas de qué es puro
Y de qué no lo es.



           Un ligero ruido a mi izquierda me hizo abrir los ojos. Una pequeña ardilla se había acercado hasta escasos veinte centímetros de mis pies y me miraba fijamente. No me atrevía casi a moverme, para no asustarla. Pero ésta, lejos de mostrarme miedo, se me subió a la zapatilla. Me aventuré a extender ligeramente mis dedos en su dirección, seguro de que saldría corriendo. Para mi creciente asombro, comenzó a olisquear mis dedos y acto seguido se subió a mi mano. Me miraba fijamente con sus ojillos redondos, moviendo sus largos bigotes, mientras emitía unos chirridos, como si estuviera hablándome... ¡Me costaba creerlo! No puedo describir esa sensación con palabras. Apenas unos momentos después salió corriendo y se perdió entre unos matorrales, fuera del alcance de mi vista. El breve encuentro con ese pequeño y escurridizo animal, me hizo comprender y sentir muchas cosas, que de repente llenaron de luz, zonas en sombras sin respuestas, que habitaban en mi mente. Mi serenidad y tranquilidad de espíritu habían sido captadas por el animal, que seguro, como todos los animales, poseía un elevado sentido de la percepción energética.

           Esta cuestión fue el hilo conductor de mis pensamientos, que me llevaron a la primera pregunta que me plantee analizar: ¿qué me había llevado a estar finalmente aquí sentado, a miles de kilómetros de mi lugar de origen?... ¿cuáles eran las profundas razones de mi enorme interés por este país y su cultura?... ¿Porqué había elegido Shaolin, si es que lo había elegido?.... ¿Quién era yo y cuál era mi propósito en la vida?... ¿qué estaba buscando?..... Pero sobretodo, la pregunta raíz: ¿Quién era Yo?....


Intentando negar que todo cambia constantemente,
Perdemos el sentido del carácter sagrado de la vida.
Tendemos a olvidar que formamos parte indivisible
Del orden natural de las cosas.



           De alguna manera, era como si mi vida se detuviese en algún lugar del camino, un lugar atemporal, sin perturbaciones, y mi conciencia despertara a una nueva realidad. Podía pensar con una claridad sobrecogedora, sin que me asaltaran las constantes imágenes de acontecimientos y palabras, que normalmente vagan por nuestra mente, y que no hacían más que crear confusión interior. Todos los pensamientos fluían por mi mente de manera ordenada, creando conceptos, ideas y respuestas fácilmente comprensibles. Tenía respuestas que mi mente racional y analítica, podía comprender de manera clara y concisa.
           Y todo esto me estaba conduciendo irremediablemente a un plano mucho más trascendental, donde lo puramente físico, lo racional, carecía de importancia. Estaba descubriendo y comprendiendo la naturaleza íntima de las cosas, sin la intervención de la mente racional. Entendía que la impermanencia de las cosas, de todas las cosas, era el camino que conducía a la verdad pura. ¿era eso la verdad?... Esta claridad de pensamiento, ¿era esto un estado de iluminación? Cada respuesta, por muy clarificadora que fuera, me llevaba siempre a otra pregunta. Ese proceso se hacía interminable. Y cada vez era más intenso y rápido, más complejo y enriquecedor, aunque mi mente limitada, no era capaz de asimilar todo eso.

           De repente, todo ese proceso mental se detuvo, se diluyó en mi espacio interior y pasé a ser un mero observador de todo lo que sucedía interiormente. Ese algo superior a tu propia mente, tomó conciencia del todo...... Y eso supuso una liberación extraordinaria.....

           Buscar la verdad absoluta era como pretender alcanzar el horizonte. Siempre estaría lejos. No era esa la verdad. Era solo una imagen mental, un concepto subjetivo. La verdad es tan simple, que la tenía delante de mi, detrás, a mi lado, estaba sentado sobre ella, y al mismo tiempo me envolvía con su invisible manto; constituía mi aliento, y al mismo tiempo, era siempre inalcanzable. Si quería atraparla en mi pensamiento, desaparecía, era otra cosa. Corría a mi alrededor en forma de hormiga, o caía al suelo como una hoja mecida por la brisa. La verdad, era mis dedos jugando con una simple brizna de hierba. La verdad es ese instante momentáneo de felicidad. Pero también lo es la búsqueda de esa felicidad. En definitiva, la verdad pura y última de las cosas, es su existencia en si misma, es tan simple y complejo a la vez. La verdad es la vida misma.

La verdad pura, la respuesta última, vendría cuando el proceso mental de la búsqueda se detuviera, en un espacio interior, como al que había llegado mi mente aquí, en este momento. Y esa verdad es como un relámpago, que solo existe en el momento preciso en que se manifiesta. Todo lo demás, serán conjeturas ‘acerca’ del fenómeno, acerca de la verdad. Y cada relámpago es único e irrepetible. No existen dos iguales. La vida es lo mismo, cada instante es único e irrepetible. Solo hay que despertar la capacidad de poder verlo, ... Y disfrutar de ello. Hay que despertar esa conciencia y aprender a mirar y vivir de otra manera. Pero si solo prestamos atención al trueno que sigue siempre al relámpago, nuestra experiencia será muy pobre y carente de todo progreso. En definitiva, la verdad podía consistir simplemente en comprender la naturaleza íntima de las cosas. Y ese proceso de comprensión, requería necesariamente un camino de interiorización espiritual, un estado, en el que quizás yo me encontraba ahora, y que no era, ni mucho menos, la meta, el final. Y aún así, en posteriores ocasiones, me preguntaba, si esa comprensión, ese conocimiento o ese despertar, era realmente tan valioso como yo lo sentía y entendía....

           Me encontraba allí sentado, viendo, sintiendo el suave e incesante discurrir de la vida a mi alrededor. Las hormigas que caminaban junto a mi pie, tenían el mismo valor que yo mismo; mi racionalidad no me hacía ser superior en nada. No eran ni más importantes, ni menos. Formaban parte de la vida, de la existencia. Eran la vida misma, igual que yo. Me veía como una parte infinitesimal del universo, pero ahí estaba. Y al mismo tiempo, yo mismo era todo el universo. Mi existencia era importante para el mundo, igual que el  mundo lo era para mí. Ambas cosas eran en realidad una sola cosa. La unidad, la armonía entre todas las cosas, esa era la respuesta a mi pregunta sobre mi Yo absoluto.


Si supiéramos que esta tarde nos quedaremos ciegos,
Echaríamos una mirada nostálgica,
Una verdadera última mirada a cada brizna de hierba,
A cada formación de nubes, a cada mota de polvo,
A cada arco iris, a cada flor, a cada gota de lluvia, ... A todo.

Pema Chödrön


           La pregunta del porqué y para qué, dejó de ser relevante desde ese mismo momento. Me había liberado momentáneamente de ese deseo, por otro lado natural, de querer saber acerca de la razón de las cosas. Era como cuando pelas una cebolla; quitas una capa tras otra, y al final del todo, no hay nada. El centro de la cebolla es la “no-cebolla”. Y sin embargo, solo puede existir, si existe su envoltura, la cebolla. Nuestra naturaleza íntima es igual, hay que quitarle cosas, hasta que no quede nada al final. Hay que pelar el “Yo”, hasta que no quede nada, hasta que solo exista el “No-Yo”. Esa ‘nada’ será la verdad....

           Poco a poco fue floreciendo, madurando la idea de que, lo que constituía finalmente el objetivo de mi búsqueda, no era otra cosa que la disponibilidad del alma, de la conciencia. Una capacidad, un arte secreto que me permitía comprender en cualquier momento, en medio de la vorágine de la vida, la idea de la unidad, de la armonía.
           Y esa vida era como un río compuesto por mí, por todas las personas que pasaron por mi vida. Y todas esas experiencias, las emociones, el dolor y sufrimiento, la alegría y el amor, formaban parte del río. Y toda esa agua que llevaba, fluía, sufría, lloraba, se reía, y se precipitaba hacia unas metas; muchas metas en realidad; lagos, cataratas, remansos, rápidos, el mar.... Y todas esas metas eran alcanzadas y superadas. A cada una le sucedía otra nueva, y el agua se evaporaba y subía hacia el cielo, convirtiéndose en lluvia, que se precipitaba al suelo, dando origen a fuentes, nacimientos, arroyos, ríos, que volvían a reanudar su curso hacia el mar... Así era la vida misma, y nosotros solo éramos una pequeña parte de ella.

           Estaba tan absorto en mis pensamientos, que apenas me percaté de la presencia de mi pequeña amiga, la ardilla, que había regresado junto a mí. Era sin duda alguna la misma, salvo que en esta ocasión portaba algo en su boca. Era una nuez. Se acercó aún más a mi, hasta quedar al alcance de mi mano. Traté de establecer una comunicación con el animal, porque estaba seguro que me entendía. Y para ello no necesitaba palabras. Para mi sorpresa, la pequeña ardilla dejó caer la nuez que llevaba, delante de mis pies, y se retiró algunos pasos. Pensé que se había asustado de mí al extender mi mano hacia ella, o que quería establecer algún tipo de juego conmigo. Permaneció durante unos instantes a la expectativa, observándome con sus vivos ojillos redondos, mientras se alzaba sobre sus patas traseras. Poco después, volvió a acercarse, emitiendo unos graciosos chirridos, y tomó de nuevo la nuez en su boca. Acto seguido se subió a mis pies y dejó caer el fruto en mi mano, aún extendida. ¡Me quedé helado!

           Un intenso escalofrío recorrió toda mi espalda, y me llegó a lo más profundo de mi ser, estallando allí como un globo de millones de diminutas burbujas. La intensa felicidad y emoción que me inundó el alma, el corazón y toda mi existencia, me hizo llorar. Pero lloraba de alegría. Este pequeño roedor me ofrecía un fruto, que seguramente había ido a recoger expresamente a algún lado. Este gesto era sin duda de ofrecimiento hacia mí. Acepté ese valioso obsequio con enorme gratitud, mientras con la mano acariciaba suavemente la cabeza de mi pequeña amiga. Creo, sin lugar a dudas, que este es el mejor regalo que jamás nadie me ha ofrecido. No necesito ni quiero comprender la razón de esto. Simplemente fue así. La pequeña ardilla se quedó un buen rato jugueteando por allí, e incluso se atrevió a subirse a mi hombro y cabeza. Luego se marchó igual que apareció. Fue una de las mejores experiencias de mi vida, por la que había valido la pena venir hasta aquí....

           La naturaleza me había regalado este momento tan grande, tan lleno de significado y sabiduría. Tan inexplicable, a los ojos de los que no quieren ver, cegados por su propia esencia egoísta de supremacía. Fue un verdadero instante de felicidad, un reluciente y poderoso relámpago, con una intensidad inusitada, que iluminó por completo todos los rincones de mi ser. Había ‘despertado’....


La verdadera espiritualidad consiste también en ser consciente del hecho de que,
Si una relación de interdependencia nos liga a cada cosa y a cada ser,
El menos de nuestros pensamientos, palabras o acciones
Tendrá repercusiones reales en el universo entero.

Sogyal Rinpotché


           Me quedé allí, sentado, simplemente contemplando todo lo que me rodeaba, sin que mi mente racional interviniera de alguna forma. Los pensamientos comenzaron a acudir a mi de manera ordenada, tranquila y con una lucidez antes desconocida por mi. Empezaba a comprender la trayectoria que, muchos años atrás, me había llevado a emprender este viaje, y que finalmente me había conducido a Shaolin, y como consecuencia última, hacia mí mismo. De alguna manera, había sido un largo viaje, iniciado treinta años atrás, y que me había conducido hacia mi propio interior. Había llegado al final de una etapa de mi vida, y a partir de aquí, muchas cosas serían diferentes. Y no porque las cosas hubiesen cambiado, no. Fuera de mi, todo seguía igual. Era mi manera de verlo, lo que había cambiado. No era ni mucho menos mi meta lo que había alcanzado. Hacía tiempo que había prescindido el alcanzar horizonte alguno. Y el camino no había sido fácil; todo lo contrario. Han sido necesarios muchos momentos de frustración, sufrimiento y dolor, para llegar hasta aquí. Y Shaolin, el Kung-fu, el Taiji, las experiencias, mis Maestros, amigos, familiares y alumnos, y hasta yo mismo, habíamos sido meros vehículos de aprendizaje, sin los cuales, no existiría este preciso momento de liberación.

           Llegué a la conclusión, de que no existen los Maestros, tal y como los entendemos en occidente, sino que somos nosotros mismos, los que con nuestra capacidad de comprensión y asimilación les damos forma existencial. El Maestro solo existe para sí mismo, y para los que son capaces de aprender de él, sin que este enseñe nada.

           Sin duda habían transcurrido algunas horas desde que me senté en este plácido rincón del pequeño templo. Un punzante dolor en mi rodilla lesionada, me devolvió a un estado de conciencia más ‘terrenal’. Y fue en ese momento, cuando me di cuenta de que ya no estaba solo, aunque en esta ocasión no se trataba de mi pequeña amiga, la ardilla. Había un anciano monje arreglando algo en un pequeño huerto de uno de los patios. Su indumentaria no dejaba lugar a dudas, era un monje. No podría precisar el tiempo que llevaba ahí, trabajando en la tierra, pues parecía no emitir sonido alguno. En cualquier caso no me había molestado en absoluto. Decidí levantarme y presentar mis respetos. Cuando me vio ponerme de pie y dirigirme hacia él, me saludó con el gesto de su mano. Me acerqué a él y le saludé con el tradicional gesto budista, a lo que sin sorprenderse lo más mínimo, respondió de igual manera. Presentándome con  mi nombre chino, traté de entablar una conversación con el monje, y para mi propia sorpresa, no me fue muy complicado; las palabras parecían salir por si mismas, como si yo fuese en parte un mero oyente de lo que decía. Averigüé su nombre y ocupación, que no era otra que la de cuidar del lugar en el que vivía desde hacía más de veinticinco años. A pesar de que parecíamos entendernos perfectamente, o al menos con cierta fluidez, eché de menos a Yan, para que me tradujera algunas cosas de las que me decía.               Intuía que este anciano poseía mucha información sobre Shaolin y este lugar, lo que me interesaba bastante. A pesar de la dificultad del idioma, parecía que, de alguna manera, existía una comunicación no verbal que nos permitía conectar y entendernos lo suficiente. Esta curiosa impresión ya la experimenté en una ocasión, mientras mantuve una profunda y distendida conversación con el gran Maestro Shaolin, Shi Xing Hong, durante un almuerzo, con motivo de su estancia en mi escuela en España para dirigir un curso.
           El anciano monje con el que estaba hablando, se llamaba Shi Youn Shou, (no estoy del todo seguro) y vivía en este lugar desde hacía 25 años. Se encargaba de cuidar el pequeño templo, sus jardines y el pequeño huerto. Es lo que pude comprender de nuestra charla, siempre en un tono amable y distendido. Le hice comprender que yo practicaba Kung-fu Shaolin, y el me contestó que lo sabía. También él lo practicaba desde niño. Me hacía referencias a que ya nos había visto antes, cuando estuvimos aquí, hace una semana para hacer las fotos. Y yo también tenía la vaga impresión de haberle visto antes, pero no recordaba donde ni cuando...             

           Debía de tener unos setenta o setenta y cinco años, pero se le veía muy fuerte. Su rostro, curtido por el sol, dejaba ver las arrugas del tiempo, pero aun así, parecía emitir una extraña y reconfortante paz y tranquilidad
Sus ojos brillaban con la serenidad de una profunda sabiduría. En cierto momento, me comentó que si yo era monje Shaolin, una pregunta que no lograba entender del todo. Él insistía, hasta que me di cuenta que no me lo preguntaba; ¡Lo estaba afirmando!....creía que yo era un monje! Repetía varias veces la palabra “foo”, que significa Buda en chino, mientras me señalaba. Me reí, y le traté de hacer comprender que no. Pero él me indicaba, señalándome el pecho, que lo era ‘dentro’, en el corazón. No lograba entenderlo del todo, o más bien, no quería entenderlo del todo. Yo no era monje, ni mucho menos un Buda.... Aunque si he de ser sincero, esa afirmación tan insistente, me dio mucho que pensar.

           Nuestra conversación llegó al tema Shaolin y el Kung-fu. Yo le comentaba que practicaba Kung-fu desde hacía casi 30 años, pero que ahora estaba lesionado. Aún así, le esbocé ligeramente movimientos de algunas de las formas más importantes de Shaolin, que reconoció al instante. No sabría decir quien mostraba más entusiasmo de los dos, pero el hombre, en un momento dado, me realizó dos formas, que me dejaron con la boca abierta. Se trataba de antiguas formas del Xinyiba. Aunque sus movimientos ya no tenían la agilidad de la juventud, eran poderosos y muy precisos. Se notaba que eran formas antiguas, que desarrollaban el trabajo interior de manera claramente visible. Ya quisiéramos muchos de nosotros trabajar a ese nivel, teniendo en cuenta la edad de este hombre. Aun así, se mostraba en todo momento humilde, queriendo compartir, que no mostrar sus conocimientos. En nuestro país sería un auténtico fenómeno, un Maestro de Maestros, pero seguro que no sería feliz. Aquí debía tener todo lo que necesitaba para vivir en paz. Me di cuenta la de cosas superfluas que tenemos en nuestra sociedad....

           Yo estaba entusiasmado con la amabilidad y los conocimientos de este anciano monje, y de buena gana me hubiese quedado allí horas, días enteros escuchándole. Aprendí muchas cosas de este verdadero Maestro. Pero el día estaba tocando su ocaso, y muy a pesar mío, tenía que regresar a Dengfeng, así que nos despedimos, a pesar de todo, de muy buen agrado, sabiendo que el tiempo había sido aprovechado plenamente. No sentía tristeza, ni nada parecido, a pesar de que, como ya dije antes, me hubiese gustado quedarme aquí. Al contrario, en mi corazón llevaba un equipaje de alegría, de conocimiento y serenidad de espíritu. Dije adiós a mi pequeña amiga, la ardillita, que aunque no estaba a la vista, intuía que me estaba observando desde algún lugar. Mi profundo agradecimiento también iba para ella. Conmigo, en algún rincón de mi corazón, llevaba una pequeña parte de este lugar, que me había llenado tanto. Pero también sabía que algo de mi, se quedaba para siempre en este pequeño refugio de mi alma, donde me había desprendido de parte de mi mismo. Quizás esa parte desde siempre perteneció a este lugar, a esta tierra....




Cada etapa es un avance considerable hacia la plenitud
Y la satisfacción profunda.
Todo viaje espiritual es como ir de valle en valle:
La travesía de cada uno de sus pasos

Nos revela un paisaje aún más esplendoroso que el anterior.

martes, 14 de enero de 2014

Negocios.. espirituales.

Hoy me he levantado raro... Tras la habitual meditación matutina, no podía apartar la mente de los pensamientos erráticos que la asaltaban continuamente. 

Estaba pensando en los diferentes proyectos que están en el calendario de actividades de la escuela y de cómo afrontarlos para lograr una correcta participación. Proyectos relacionados todos con materias de crecimiento personal, como la relajación, la meditación, el budismo, etc. 
Entendía perfectamente que en estos tiempos que corren, la participación e interés estaban en franco declive, quizás motivados por la complicada situación económica del país. Pero también intuía algo más, algo que, por el momento, se me escapaba un poco de mi entendimiento.

Buscando en internet páginas o lugares donde publicar la celebración de estos proyectos de talleres y cursos me he topado con numerosísimas páginas que ofertaban este tipo de enseñanzas. Y como somos curiosos por naturaleza - también con el sano afán de estar informado - he echado un vistazo al contenido de varios de estos sitios. Y me he quedado perplejo en algunos casos. Las comparaciones siempre son odiosas, si, y además ciertamente muy subjetivas, pero lo que he visto me ha hecho pensar mucho sobre este tema.

La espiritualidad, en casi todos los casos que he visto, está carísima, solo al alcance de unos pocos privilegiados. Precios desorbitados -bajo mi criterio- y aspectos que poco creo, tienen que ver con el desarrollo espiritual. Quizás yo me he acostumbrado a trabajar con lo que aprendí en China, en las montañas, en un ambiente rústico y carente de las mínimas comodidades. No lo sé...

El caso es que se ofrecen cursos de meditación y relajación como churros. En lugares casi "místicos" de salas de conferencias y salones de hoteles de cuatro estrellas, casas rurales en entornos ciertamente tranquilos, eso si, con todas las comodidades posibles, pero todo a unos precios... Un ejemplo (por citar alguno):... curso de meditación trascendental de tres días en urbanización de lujo (omito el lugar de la costa del Sol) por 400 € mínimo. Estancia y alimentación aparte (48 €/día).... Curso de meditación en casa rural... 120 € + 59 € de la pensión completa por día...extras aparte (?)... O la que ofrece un curso de crecimiento transpersonal (?) de tres días por solo 600 €, eso si, el alojamiento y comida vegana está incluído... Y el colmo... un curso por Skype de tres semanas que cuesta 450 €....No me cabe la menor duda de que es un negocio redondo para unos cuantos "listos e iluminados de la nueva era"...

Algo no me cuadra del todo. Muchas veces he manifestado que el crecimiento espiritual debe estar al alcance de todos, pero sobretodo de los que tienen problemas y necesitan ayuda. Pero, ¿Que tipo de persona se puede permitir ese gasto tan enorme? ¿La madre de familia que tiene tres hijos, un perro y una hipoteca?... Seguramente que no.

Puedo entender que cuando se organizan este tipo de cursos o retiros, hay que cubrir los gastos y además, tener un cierto margen de beneficios (si te dedicas a ello). Yo mismo he organizado retiros de esta índole...aunque la verdad, núnca con la idea de ganar dinero con ello...

Pero pretender vender la espiritualidad y el crecimiento personal de esta manera, casi roza la estafa. El problema no es que existan estos lugares y personas, sino que haya gente que participa alegremente en ello, creyendo que, además, se han descubierto a sí mismos. Creen que, al tener dinero y por lo tanto, acceso a estos cursos, lo tienen todo más fácil...

Reflexiono y me digo: "Algo estás haciendo mal.... ¿O quizás no?"... Porque a mí, la ética me importa; Me importan de verdad los problemas ajenos, el sufrimiento y el dolor psicológico... Me preocupa de verdad la ignorancia y el desconocimiento de tantos...que no puedo verlo como un negocio. Sencillamente no sirvo para ello. No es mi camino o mi manera de hacerlo.

Pero la paradoja surje cuando veo estos cursos -y hasta he asistido a alguno- en los que se reúnen un grupo considerable de personas, a pesar del alto coste... Mientras que en los que yo organizo, siempre somos un grupo muy pequeño, a pesar de que los precios buscan siempre cubrir solo los costes. Es la diferencia entre hacerlo como negocio o como medio de ayuda real a los que buscan respuestas, sin sacarles la pasta...¿Acaso el que un curso tenga un coste de 300 € es garantía de calidad frente a otro que apenas cueste 50 €?...



Algo debo hacer mal, lo se... no soy negociante... no es lo mío, aunque me dedique a la enseñanza de diversas materias.

Y la pregunta es: ¿Debo mantener mi manera de entenderlo y hacerlo, a pesar del escaso éxito?... ¿O debo adaptarme a los nuevos tiempos y tratar de sacarle el máximo provecho posible?...

No encuentro la respuesta adecuada...Mi corazón y mi mente no van en el mismo sentido. No todo se puede vender o comprar...

¡Qué lío!