Pensamos
que el mundo se salvaría si tan solo fuéramos capaces de generar mayores dosis
de buena voluntad y tolerancia. Pero esto es falso. Lo que puede salvar al
mundo no es la buena voluntad o la tolerancia, sino la clarividencia. En otras
palabras; la conciencia clara. ¿De que
sirve que seas tolerante con los demás si estás convencido de que eres tu quien
tiene razón y que quienes no piensan como tu están equivocados? Eso no es
tolerancia, sino condescendencia. Eso no lleva a la unión de los corazones,
sino a la división, porque tú te colocas arriba y pones a los demás abajo: unas
posiciones que solo pueden dar lugar a un sentido de superioridad por tu parte
y a un resentimiento por parte de tus semejantes, originando con ello una mayor
intolerancia.
La
verdadera tolerancia brota únicamente de una viva conciencia de la profunda
ignorancia que a todos nos aqueja en relación con la verdad. Porque la verdad
es, esencialmente, misterio, algo casi insondable. La mente puede sentirla,
pero no comprenderla, y menos aun formularla. Nuestras creencias pueden
vislumbrarla, pero no expresarla con palabras. A pesar de lo cual, la gente
habla con entusiasmo del valor del diálogo, el cual, en el peor de los casos,
es un intento camuflado de convencer al otro de la rectitud de tu propia
postura, y en la mejor de las hipótesis te impedirá parecerte a la rana en su
charca, que piensa que ésta – la charca – es el único mundo que existe.
¿Qué
ocurre cuando se reúnen ranas de diferentes charcas para dialogar acerca de sus
convicciones y experiencias? Ocurre que sus horizontes se ensanchan, hasta el
punto de admitir la existencia de otras charcas distintas a la propia. Pero aún
no tienen la menor sospecha de que existe un océano de verdad que no puede ser
encerrado dentro de los límites de sus charcas conceptuales. Y nuestras pobres
ranas siguen divididas y hablando en términos de tuyo y mío; tus experiencias, tus convicciones, tu ideología… y las
mías. El compartir fórmulas no enriquece a quienes las comparten, porque las
fórmulas, al igual que los límites de las charcas, dividen; solo el océano
ilimitado une. Ahora bien, para llegar a ese océano de verdad que no conoce los
límites de las fórmulas, es esencial poseer el don de la clarividencia. Algo que
en el budismo llamamos “visión clara”…
Pero, ¿Qué
es la clarividencia y cómo se obtiene? Lo primero que debes saber es que la
clarividencia no requiere de demasiados conocimientos. Es algo tan simple que
está al alcance de un niño de diez meses. No requiere conocimientos, sino
ignorancia; no requiere talento, sino valor. Lo comprenderás si piensas en un
niño en brazos de una vieja y fea criada. El niño es demasiado joven para haber
adquirido los prejuicios de sus mayores. Por eso, cuando se encuentra cálidamente
instalado entre los brazos de esa mujer, no está respondiendo a ningún tipo de
“clichés” mentales como ‘mujer blanca-mujer negra’, ‘fea-guapa’, ‘vieja-joven’,
o ‘madre-criada’, etc., sino que está respondiendo a la realidad. Esa mujer
satisface la necesidad que el niño tiene de amor y es a esta realidad a la que
el niño responde, no al nombre, la apariencia, la religión o la raza de la
mujer. Todas esas cosas son para él absolutamente irrelevantes. El niño carece
todavía de creencias y de prejuicios. Éste es el medio en el que puede darse la
clarividencia, y para obtenerla hay que olvidarse y deshacerse de todo cuanto
se ha aprendido y adquirir la mente del niño, libre de esas experiencias
pasadas y esa programación que tanto oscurecen nuestra forma de ver la
realidad.
Mira en tu
interior, estudia tus reacciones frente a las personas y las situaciones, y
sentirás horror al descubrir la cantidad de prejuicios que subyacen a tus
reacciones. Casi nunca respondes a la realidad concreta de la persona, cosa o
situación que tienes delante. A lo que respondes es a una serie de principios,
ideologías y creencias económicas, políticas, religiosas y psicológicas; a un
montón de ideas preconcebidas y de prejuicios, tanto positivos como negativos.
Considera, una por una, cada persona, cada cosa y cada situación, y trata de
averiguar cuál es tu predisposición con respecto a cada una de ellas, separando
la realidad respectiva de tus percepciones y proyecciones programadas. Este
ejercicio te proporcionará una revelación tan divina como cualquiera de las que
pueda proporcionarte la escritura.
Pero no
son los prejuicios y las creencias los únicos enemigos de la clarividencia. Hay
otra clase de enemigos que llamamos “deseo” y “miedo”. Para que el pensamiento
esté incontaminado de toda emoción, y concretamente de deseo, de miedo y de
egoísmo, se requiere una ascesis verdaderamente aterradora. Las personas creen
equivocadamente que su pensamiento es producto de su mente; en realidad es
producto de su corazón, que primero dicta una determinada conclusión y luego
ordena a la mente que elabore el razonamiento con que poder apoyarla y
justificarla. He aquí pues, otra fuente de revelación profunda. Examina alguna
de las conclusiones a las que has llegado y comprueba cómo han sido adulteradas
por tu egoísmo. Esto vale para cualquier conclusión, a no ser que la consideres
provisional. Fíjate cuán estrechamente te aferras a tus conclusiones relativas
a las personas, por ejemplo. ¿Acaso están todos esos juicios completamente libres
de toda emoción?... Si así lo crees, es muy probable que no te hayas fijado
suficientemente.
Ésta es,
precisamente, la principal causa de los desacuerdos y las divisiones que se dan
entre naciones y entre individuos. Tus intereses no coinciden con los míos, y
por eso tu pensamiento y tus conclusiones tampoco concuerdan con los míos.
¿Cuántas personas conoces cuya manera de pensar, al menos en ocasiones, se
oponga a sus intereses? ¿Cuántas veces has conseguido colocar una barrera
insalvable entre los pensamientos que ocupan tu mente y los miedos y deseos que
se agitan en tu corazón?... cada vez que
lo intentes, comprobarás que lo que la clarividencia requiere no son
conocimientos o más informaciones. Esto se adquiere fácilmente; no así el valor
para hacer frente con éxito al miedo y al deseo, porque en el momento en que
desees o temas algo, tu corazón, consciente o inconscientemente, se interpondrá
y servirá de obstáculo a tu pensamiento.
Ésta es
una consideración para buscadores espirituales que han logrado darse cuenta de
que, para encontrar la verdad, lo que necesitan no son formulaciones
doctrinales, sino un corazón capaz de renunciar a su ‘programación’ y a su
egoísmo, cada vez que el pensamiento se pone en marcha; un corazón que no tenga
nada que proteger y nada que ambicionar y que, por consiguiente, deje a la
mente vagar sin trabas, libre y sin ningún temor, en busca de la verdad; un
corazón que esté siempre dispuesto a aceptar nuevos datos y a cambiar de
opinión.
Un corazón
así acaba convirtiéndose en una lámpara que disipa la oscuridad que envuelve el
cuerpo entero de la humanidad. Un corazón como el de Jesús, Buda o el mismo
Gandhi.
Si todos
los humanos estuvieran dotados de un corazón semejante, ya no se verían a sí
mismos como comunistas o capitalistas, como cristianos, musulmanes o budistas,
sino que su propia clarividencia les haría ver que todos sus pensamientos,
conceptos y creencias son lámparas apagadas, signos de su ignorancia. Y, al
verlo, desaparecerían los límites de sus respectivas charcas, y se verían
inundados por el océano que une a todos los seres humanos en la verdad.
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