martes, 26 de mayo de 2015

Viajando en tren…
Apenas son las 4 de la tarde, pero el cielo está completamente gris y parece que la noche se haya adelantado unas horas. Viajo en un tren con destino Xi’an, en China y está lloviendo fuera. El paisaje se torna algo monótono y el trayecto de seis horas se me antoja bastante largo, a pesar de que ya lo he hecho en varias ocasiones. Curiosamente apenas hay nadie en el vagón, un enorme tren turístico que habitualmente va lleno de viajeros. Es de dos plantas. En la de arriba, donde viaja el resto del grupo que me acompaña, hay más ajetreo. En la parte de abajo, va casi vacío…
Necesitaba reflexionar, estar solo y pensar acerca de algunas circunstancias que rondaban mi mente y corazón y que me sumían en cierto desasosiego. Me sentía extrañamente triste y tranquilo a la vez, igual que el tiempo, lluvioso y algo tedioso, perfecto para que la bruma de la melancolía se apoderara de mis pensamientos en algunos momentos.
Observaba como las gotas de agua resbalaban sobre el cristal de la ventana, uniéndose a otras gotas solitarias, formando pequeños regueros que raudos atravesaban la superficie hasta perderse en los invisibles contornos del marco.
Así éramos todos nosotros, como pequeñas gotas de agua resbalando por el cristal de la vida, uniéndonos ocasionalmente a otras gotas y desapareciendo finalmente en el confín de alguna circunstancia. Todo era efímero, pero hermoso, con elegancia, con algo de mágico. Solo había que observar…dejar la mente vagar entre la observación de los movimientos del agua y el fondo del paisaje en continuo cambio, con la banda sonora del ligero traqueteo del tren como melodía.
Muchas cosas surgieron de mi mente, de ese estado extraño de reflexión, absorto en el paisaje de las gotas de agua. De alguna manera, me sentía parte de ese paisaje, de cada gota de agua en el cristal…
Mis pensamientos se perdían una y otra vez, y volvían a reunirse con mis sentimientos y las consecuentes emociones que producían esos encuentros. A pesar de esa lluvia interna, me sentía tranquilo, sereno, con cierta paz.
Llevaba semanas tratando de comprender y asimilar de alguna manera coherente los sentimientos que habían surgido en mi corazón. El amor me había hecho perderme en un laberinto luminoso que me había cegado por completo y del que no sabía cómo salir. En realidad no sabía si quería realmente salir. En esos procesos de lucha interna, de cierta confrontación entre la mente racional y los sentimientos del corazón, el equilibrio estaba roto o más bien era como una balanza; Había momentos en que una parte parecía tomar la iniciativa, luego otro… pero nada; Todo era un mero proceso interno, un conflicto que debía dejar que se resolviera. Creo que en algún momento decidí que debía convertirme en mero observador de mi mismo, de todo ese proceso interno. Quizás no era necesaria ninguna resolución, solo comprender y esperar.
Las acciones del pasado, erróneas o no, habían producido sus efectos, que ahora estaba experimentando…Esta realidad en la que me encontraba inmerso ahora no era más que el fruto de mis acciones del pasado más inmediato, y las asumía plenamente. El problema era como encajar todo esto en mi entorno social. El problema, si es que lo era, era yo mismo… y buscaba respuestas en el único lugar que podría encontrarlas, en mi propio interior…

Y las gotas de agua, resbalando por el cristal, no eran sino meros vehículos que me conducían a esa otra vasta dimensión de mi corazón y mi mente…
REFLEXIONES DE LA RANA 2

Os dejo aquí el prólogo de este nuevo ensayo literario -sin pretensiones egocéntricas, pero al fin y al cabo son expresiones basadas en nuestra literatura española...- que espero os haga reflexionar también sobre vuestro propio camino, sea cual sea éste.

Próximamente iré subiendo y compartiendo con todos vosotros los sucesivos capítulos...



Es raro el día en que desde mi mente inquieta no surjan pensamientos y reflexiones acerca de todo lo que mis sentidos perciben a lo largo del día. No sé si queriendo o no, me he convertido en una especie de observador de todo lo que acontece a mí alrededor. De todo lo que ocurre también en mi interior, ese vasto océano vacío de mi mente y corazón.
Primero, recuerdo que todo trataba de analizarlo desde una mente pragmática, que desea con avidez encontrar las respuestas posibles a tanto caos y así poder, cuanto menos, comprender mejor el devenir de la vida. Pero ese deseo ha ido dejando paso a una reflexión y observación más profunda, donde la dualidad está comenzando a desdibujarse, sin juzgar, sin clasificar nada. Esto me ha ido enseñando lo importante que es la adaptabilidad, la capacidad de comprender lo que sucede y la realidad de la que emerge todo y es la causa de todo.
He llegado a comprender con meridiana claridad los conceptos profundos de la idea de la ley de causa y efecto y de cómo ello influye en nuestras vidas y prácticamente las dirige, seamos conscientes o no de este hecho. Veo a mucha gente, demasiada por desgracia, que sigue en una especie de sueño; En un limbo en el que no comprenden y por lo tanto no asimilan la realidad de la vida. No asimilan los efectos que las acciones, producidas por ellos mismos, tienen luego en sus vidas. A eso llamamos ignorancia en el camino budista que hace años recorro.
Y se crea la frustración, ese extraño sabor amargo que te deja en ocasiones la sensación de no saber qué hacer con tu vida. O sentir que algo no va bien… y de pronto, descubrimos que no somos felices ni sabemos cómo serlo de verdad. Pero lo peor no es no saberlo, sino que tengas a alguien que te puede guiar y no seas capaz de verlo. Que sientas lo que debes hacer y no lo hagas, siguiendo con los hábitos negativos que te están llevando a la desdicha, o cuanto menos, la alimentan… Una sensación que te paraliza, te deja inmóvil en pensamiento y acción… para que seas pasto de la voraz sociedad de consumo inútil y a todas luces superfluo e innecesario, que solo satisface al ego.
Qué triste; No sé qué pensar…Estamos perdiendo la capacidad de entender y valorar lo verdaderamente importante en la vida.

Y así voy observando a mí alrededor, preguntándome muchas veces qué puedo hacer yo para ayudar en algo, si es que es posible. Porque pienso muchas veces que es como pretender vaciar un río con un vaso. Sé que debo trabajar primero en mí mismo, en conseguir un equilibrio interior, desde el que luego pueda ayudar a los demás. Pero ni siquiera eso es fácil de conseguir cuando te ves rodeado de tanta incoherencia que, de una manera u otra acaba afectándote. Muchas veces me he sentado, vacío, casi exhausto emocionalmente, viendo todo este proceso de infelicidad que estamos produciendo y alimentando continuamente. Vacío, sin saber qué hacer. Triste, casi impotente, con la mirada a veces perdida en el horizonte lejano de la esperanza… mientras veo caer la lluvia sobre el cristal…

viernes, 22 de mayo de 2015

Mente dual
            En nuestro mundo material (Wuzhi Shijie), en el que habitualmente nos desenvolvemos, tendemos a percibirlo todo a través de una mente dual; Una mente que es en gran medida ignorante (Wuzhi tounao) de su propia existencia y consecuentemente, ignorante de su entorno y de su percepción errónea del mismo.

Así, nuestra respuesta a todas las circunstancias de la vida, del mundo material (Kong) y emocional que nos rodea, es casi siempre errónea. Por ignorancia entendemos precisamente a esa incapacidad de poder percibir las cosas en su verdadera naturaleza. No tiene otro sentido semántico peyorativo en el budismo. Un ignorante es pues todo aquel que no es capaz de percibir la realidad de las cosas y vive en un mundo de sueños. Un mundo de sueños del que conviene despertar si realmente deseamos alcanzar un mínimo grado de satisfacción vital y de felicidad no condicionada.

OBJETO
OBSERVADOR
REALIDAD

Hablamos de mente dual en el sentido de que interpreta lo que ve a través de los 6 sentidos (Liu Zhong Ganguan) de manera dual, es decir; Esto me gusta o no me gusta. Aquello es grande o es pequeño, eso es bueno o es malo, etc.. Y con ese material cognitivo-emocional construye las respuestas a las circunstancias, respuestas evidentemente equivocadas y que producen conflictos de toda índole y en todos los ámbitos.

Entonces, en este sentido, tenemos solo el objeto y al observador de ese objeto. Y esa observación se basa demasiado en la percepción de los sentidos físicos y la interpretación que nuestra mente condicionada hace de lo percibido. En ningún momento la mente es capaz de percibir el objeto en su totalidad, en su verdadera naturaleza incondicionada. Solo será capaz de ‘ver’ una parte del mismo, y con eso ya cree que conoce su realidad, su naturaleza. De esta manera sigue en el mundo  Kong de los sueños, alejado de toda posibilidad de percibir las cosas en su verdadera realidad y reaccionando emocionalmente a esa circunstancia. Es el caldo de cultivo de la frustración y la infelicidad.

Cuando se comienza a vislumbrar de que algo no va bien en nuestras vidas, de que nos sentimos insatisfechos de modo profundo, entonces ha llegado el momento de sentarse a reflexionar, a meditar profundamente sobre todo ello. Ha llegado el momento de cambiar el rumbo de nuestras vidas, de tomarnos en serio el auto-conocimiento. Porque esos destellos de conciencia que casi todos tenemos, apenas duran segundos, minutos quizás, pero nos hacen ver algo distinto, como un relámpago que durante un instante fugaz nos muestra el camino en la oscuridad de la noche.

Ese despertar de la conciencia hay que trabajarlo, enfocarlo adecuadamente para que pueda producir efectos realmente positivos en nuestras vidas. Eso que denominamos ‘conciencia’ (Yishi) es la parte que en realidad nos faltaba en nuestro ser. Es la parte que observa el proceso que existe o se produce entre objeto y observador. Es la parte que es capaz de ‘ver’, de percibir todo el proceso de cada parte de manera completa. Es la mente clara (Qingxing Tounao) que puede comprender la naturaleza profunda de las cosas, sin dualismos que ya no tienen cabida. Esa mente clara es como la luz que ilumina de pronto una habitación en la que estábamos a oscuras, tanteando paredes a ciegas y haciéndonos una idea –nunca cien por cien real- de nuestro entorno.
OBJETO
OBSERVADOR
CONCIENCIA
REALIDAD

Con esa mente despertaremos y la ignorancia se irá disolviendo cual bruma matutina, dejando ver las cosas con claridad, en su verdadera naturaleza. La realidad más absoluta e incondicional. Entonces los condicionantes duales de todas las cosas, dejarán de tener relevancia y no serán los clasificadores de nuestras respuestas emocionales, sino los indicadores de posibles caminos a elegir. Y la elección será siempre nuestra. Y aunque esa elección no estará libre de posibles errores o equivocaciones, seremos plenamente conscientes de ello y podremos actuar en consecuencia. Esto, sin duda marcará un determinado camino, una inflexión en nuestra búsqueda, que no tendrá vuelta atrás. Un camino que conduce por paisajes reales, hacia el despertar completo de nuestro ser; Hacia una felicidad incondicional. Que no es poco…

martes, 7 de abril de 2015

Despertar…
“Maestro, quiero ser budista”, es una frase que en muchas ocasiones algunos alumnos y amigos me han dicho, y a la que seguía casi siempre la misma pregunta; “¿Qué tengo que hacer?”…
Mi respuesta casi siempre variaba en función de la percepción que tenía del interesado, aunque en el fondo era siempre la misma. Quizás variaba el matiz, la manera de explicarlo, el envoltorio de la respuesta. Pero el contenido de fondo, era siempre igual y no podía ser de otra manera.
Entiendo que hay muchas maneras de descubrir esa sensación de que hay algo que no va bien en nuestras vidas, de que falta alguna cosa, o que de pronto percibimos que somos infelices. Y entonces hay alguna circunstancia que nos despierta esa curiosidad por el camino budista. Descubrimos que algo nos atrae en mayor o menor medida de esa corriente filosófica o religión, como queramos entenderla.
Personalmente mi experiencia en este sentido es también un camino de descubrimiento de mí mismo, sin haber tenido muchas influencias externas. Y mi acercamiento al budismo fue gradual, como cuando, estando en un túnel, ves la luz al final y conforme vas caminando hacia ella, la oscuridad se va disipando, dando paso a la luz. Esa es la idea que tengo del camino budista que he elegido. Yo no tengo el recuerdo –quizás porque no exista esa experiencia- de decir “a partir de este momento, soy budista”. No, el proceso fue, como he comentado paulatino, lento y muy reflexionado.
Las razones de mi acercamiento al Dharma fueron muy diversas y fueron esas especiales circunstancias las que propiciaron mi interés. Con apenas 15 años, dejé atrás los miedos, tabúes y conflictos con la religión católica, la que desde pequeño me inculcaron. Rompí desde mi corazón con esa tradición religiosa y me sentí verdaderamente libre. Y ese momento de ruptura sí que lo recuerdo con nitidez.
A partir de ese momento fueron sucediéndose unas experiencias tras otras que finalmente me condujeron a comprender, a abrir los ojos y despertar mi conciencia a otra realidad. Y fue el libro de Hermann Hesse, “Siddharta” el que me descubrió este camino. Me sentí muy identificado con el personaje y sus vivencias y comencé a buscar mi propio camino. Sin maestros ni guías.
Y lo que he descubierto es que, lo más relevante del Dharma es que no es muy importante lo que aprendas de nuevo, sino tu propia capacidad de dejar cosas atrás, de desprenderte de malos hábitos que me hacían infeliz. En definitiva, de desaprender muchas cosas. Y conforme iba estudiando, metiéndome de lleno en el Dharma, adquiriendo compromiso conmigo mismo y con él, me iba sintiendo más libre, más feliz. Y lo mejor de todo: que no necesitaba ni templos, ni gurús ni nada. Todo estaba en mi interior.
Ese proceso no fue cuestión de pocos días, o semanas. Ni siquiera meses, sino que fue un proceso de cambio lento y muy extendido en el tiempo; De años. Un proceso de cambio que aun estoy experimentando, pues lo mismo que no puedo recordar el inicio exacto, tampoco puedo vislumbrar el horizonte de adónde me llevará esto. Simplemente estoy en el presente, en el ahora. El único momento realmente útil y verdadero.
Conocí maestros budistas en mi recorrido, de los que aprendí muchas cosas. Y algunos coincidían en comentarme que Buda y el Dharma en realidad ya estaban en mi interior y que lo que había hecho es descubrirlo, liberarlo, sacarlo fuera a la experiencia real de la vida. Era como alumbrar con una linterna o farol el camino por el que iba pisando, que antes me era invisible por la oscuridad. Mi caminar era el mismo, pero ahora ‘veía’ por donde caminaba. Esa era la sustancial diferencia.
Así pues, cuando me hacen esa pregunta, de cómo convertirse en budista, les recomiendo siempre que lean, busquen información, la estudien, experimenten y luego observen como se sienten. Ese sentimiento es el que les va a decir si son budistas o no, si ese puede ser su camino o quizás aun no. Luego ya estaré yo –u otros maestros- para ayudarles a dirigir sus pasos por el camino del Dharma.
Decirles a muchos que en realidad ya llevan dentro ese camino, puede llevar a confusión, pues requiere de cierta cognición para ser llevada a la práctica. Porque el budismo es un camino absolutamente de práctica, sin la cual, se quedaría en nada. Una práctica constante con uno mismo y sus circunstancias. Un camino de transformación hacia algo mejor que, además, incluye a todos los demás seres, sin distinción de raza, religión o sexo.
Así, mi respuesta está enfocada a indicarles el camino a seguir, a saber elegir sin condicionantes y aprender a aceptar las consecuencias de nuestras decisiones. Lo que pensemos y elijamos, determinará nuestra dirección del camino a seguir y eso nos puede llevar a vete a saber que experiencias.
Lo que si trato de explicar es lo que NO es un budista ni el camino adecuado a recorrer –que en muchos casos emprende el ego como guía- y que nos puede llevar a errores, frustraciones y desengaños. El budismo es un camino arduo, con obstáculos, que exige trabajo continuado y esfuerzo, y poco tiene que ver en realidad con la superficialidad de quienes, por portar una pulsera o un mala al cuello, ya se creen budistas. No es una moda, ni algo superficial, ni basta con llenar la casa con figuras y cuadros de Buda y poner incienso.
Y por último, les recomiendo un libro…. Siddharta, de Hermann Hesse. Cuando terminan de leerlo, muchos se sienten en el camino del Dharma.

Quizás han despertado, no lo sé… pero por lo menos ya habrán leído un libro.

martes, 17 de marzo de 2015

Los “otros alumnos”, los padres…
            Que las artes marciales tienen la consideración de deporte minoritario –cosa que no es cierta- lo tengo bastante asumido. Que somos un poco los últimos a tener en consideración a la hora de practicar un deporte, o de aprender un arte marcial, también.
De esta manera inconsciente, contribuimos a que nuestra actividad de enseñanza quede siempre relegada a un plano casi invisible para las autoridades públicas y los estamentos sociales. Y así, es imposible poder crecer, salir a la luz y dar a conocer al  gran público en general lo que hacemos, con tanto sacrificio y esfuerzo. Y no es que estemos escondidos, no. Simplemente que no existimos para mucha gente, y si se nos conoce un poco, se nos sigue etiquetando de “…ahhh si, los del Karate”; Hablar de Kung-fu, de artes marciales chinas es casi como hablar de extraterrestres. La ignorancia es muy grande y de eso, en parte tienen responsabilidad los padres de los alumnos. Obviamos aquí que, hay mucha gente que está metida en este mundillo, que siente verdadera pasión por lo que hace. Pero son minoría, porque la inmensa mayoría no sabe o quiere valorar en su justa medida la labor que se realiza en una escuela de Kung-fu. Porque, no olvidemos que, en la mayoría de nuestras escuelas tratamos de enseñar algo que, paradójicamente muchos padres demandan, que son los valores. Algo que sin duda, en muy pocos deportes se hace, por no decir ninguno. Puede parecer pedante esto que afirmo, pero es la pura realidad. Suelo decir siempre lo que pienso, aunque en ocasiones eso no sea políticamente correcto y moleste…
La causa de que nuestras artes estén en el lugar que están, obedece a muchos factores, sin duda. Pero aquí quiero señalar uno que creo es muy relevante: Los padres. Pongo ejemplos; ¿Porqué resulta tan complicado que un niño tenga un traje de entrenamiento y otro para competir?... ¿Por qué cuesta horrores que el alumno pueda tener sus armas de entrenamiento, o que tenga una camiseta de la escuela, o unas zapatillas adecuadas?... Cuando luego ves que para adquirir una equipación de fútbol se gastan lo que sea. Cuando ves que se compran las botas del último modelo del futbolista de su equipo, que cuestan además un pastizal. Cuando ves que para equipos de fútbol o baloncesto, todos van uniformados, con chándal y lo que sea necesario. Cuando ves que algunos alumnos dejan a sus compañeros ‘tirados’ en una exhibición porque tenían que participar en un torneo de golf.
Esto no es serio… parecemos la hermanita pobre de la película con un guión que no hemos elegido ni nos gusta, pero que nos toca interpretar.
La falta de compromiso de muchos padres –hablo de los alumnos más jóvenes- hacen que sea muy complicado en ocasiones sacar esto adelante. Máxime cuando se nos exigen luego resultados en competiciones, exámenes, etc. Quieren que el niño destaque, que apruebe sus grados, que sea la versión nueva de Bruce Lee, pero pocos entienden que para eso es necesario el compromiso serio con la escuela. Y eso muchas veces no se da…
Compruebo como cada vez traen los alumnos más tarde a clases; Siempre se llega tarde ya como costumbre. Entiendo que en este país lo de la puntualidad no es precisamente algo que destacar, pero hay que señalar que no se puede ir formando ni educando a los niños, cuando se les pide puntualidad y luego no pasa nada si no cumplen.
También todos conocen el reglamento interno de la escuela, que no permite venir con ropa de calle a las clases, pero traen a sus niños con camisetas, con cualquier excusa o pretexto. Y si se les dice algo, se molestan.
Se pretende que los niños pasen de grado, pero sin tener en cuenta ni las habilidades del niño, ni el hecho de que a la mitad de las clases no asiste. Pocos tratan de que en su casa el niño repase o mejore determinados aspectos de alguna técnica. Pensamos que se trata solo de entrenamiento y eso queda relegado solo a la escuela, al gimnasio. Pocos asisten a cursos para su nivel, y en muchas ocasiones, siempre hay excusas u otras actividades ‘mucho más relevantes’ que hacer que acudir a entrenar. El kung-fu, siempre es lo último…
Señores papás, si de verdad queremos que los alumnos progresen en su aprendizaje –recordemos que esto no es como el fútbol, el baloncesto, el padel o el golf- es necesario el compromiso serio con la escuela. Esto trata de un método progresivo de formación, no solo de dejar el niño en clase durante una hora. Trata de una elección que deben hacer entre varias actividades, trata de potenciar la ilusión de los pequeños con la asistencia a exhibiciones, cursos o competiciones. De apoyarle con ánimos, pero también de ser inflexibles cuando por alguna causa algún día no quiera asistir a clase. A eso se llama educación y corresponde a los padres. Nosotros damos formación en valores a través de la práctica de las aamm. No confundamos los términos.
Entendamos que es muy complicado trabajar con los niños, buscando que progresen adecuadamente, con método, cuando no existe esa colaboración necesaria de los padres. No entendamos aquí, este escrito como una crítica sin más a ciertos progenitores. Es quizás, -o pretende serlo- una llamada de atención para entender algo, para cambiar actitudes no muy sanas educativamente hablando. Al fin y al cabo, los niños suelen imitar todo lo que ven. Pues démosles ejemplo con nuestra propia actitud. Después de todo, muchos padres se convierten, sin apenas saberlo, en ‘alumnos secundarios’ de una escuela de aamm.
Cambiemos de actitud para encauzar de nuevo la enseñanza de sus hijos y convertirles poco a poco en personas adultas, equilibradas y emocionalmente estables. Ese es el objetivo primario. Y si hacemos eso, estaremos poniendo en valor el trabajo de tantos profesores y maestros de nuestras escuelas que ponen su esfuerzo día a día para que esto siga funcionando. Solo así, las aamm chinas estarán en el lugar que se merecen por derecho propio.

Reflexionemos con honestidad. Es el momento de pensar en “Qué puedo hacer yo por la escuela, y no tanto en qué puede hacer la escuela por mi”

lunes, 2 de marzo de 2015

Pensamientos de las rana

Pensamos que el mundo se salvaría si tan solo fuéramos capaces de generar mayores dosis de buena voluntad y tolerancia. Pero esto es falso. Lo que puede salvar al mundo no es la buena voluntad o la tolerancia, sino la clarividencia. En otras palabras; la conciencia clara.  ¿De que sirve que seas tolerante con los demás si estás convencido de que eres tu quien tiene razón y que quienes no piensan como tu están equivocados? Eso no es tolerancia, sino condescendencia. Eso no lleva a la unión de los corazones, sino a la división, porque tú te colocas arriba y pones a los demás abajo: unas posiciones que solo pueden dar lugar a un sentido de superioridad por tu parte y a un resentimiento por parte de tus semejantes, originando con ello una mayor intolerancia.

La verdadera tolerancia brota únicamente de una viva conciencia de la profunda ignorancia que a todos nos aqueja en relación con la verdad. Porque la verdad es, esencialmente, misterio, algo casi insondable. La mente puede sentirla, pero no comprenderla, y menos aun formularla. Nuestras creencias pueden vislumbrarla, pero no expresarla con palabras. A pesar de lo cual, la gente habla con entusiasmo del valor del diálogo, el cual, en el peor de los casos, es un intento camuflado de convencer al otro de la rectitud de tu propia postura, y en la mejor de las hipótesis te impedirá parecerte a la rana en su charca, que piensa que ésta – la charca – es el único mundo que existe.

¿Qué ocurre cuando se reúnen ranas de diferentes charcas para dialogar acerca de sus convicciones y experiencias? Ocurre que sus horizontes se ensanchan, hasta el punto de admitir la existencia de otras charcas distintas a la propia. Pero aún no tienen la menor sospecha de que existe un océano de verdad que no puede ser encerrado dentro de los límites de sus charcas conceptuales. Y nuestras pobres ranas siguen divididas y hablando en términos de tuyo y mío; tus experiencias, tus convicciones, tu ideología… y las mías. El compartir fórmulas no enriquece a quienes las comparten, porque las fórmulas, al igual que los límites de las charcas, dividen; solo el océano ilimitado une. Ahora bien, para llegar a ese océano de verdad que no conoce los límites de las fórmulas, es esencial poseer el don de la clarividencia. Algo que en el budismo llamamos “visión clara”…

Pero, ¿Qué es la clarividencia y cómo se obtiene? Lo primero que debes saber es que la clarividencia no requiere de demasiados conocimientos. Es algo tan simple que está al alcance de un niño de diez meses. No requiere conocimientos, sino ignorancia; no requiere talento, sino valor. Lo comprenderás si piensas en un niño en brazos de una vieja y fea criada. El niño es demasiado joven para haber adquirido los prejuicios de sus mayores. Por eso, cuando se encuentra cálidamente instalado entre los brazos de esa mujer, no está respondiendo a ningún tipo de “clichés” mentales como ‘mujer blanca-mujer negra’, ‘fea-guapa’, ‘vieja-joven’, o ‘madre-criada’, etc., sino que está respondiendo a la realidad. Esa mujer satisface la necesidad que el niño tiene de amor y es a esta realidad a la que el niño responde, no al nombre, la apariencia, la religión o la raza de la mujer. Todas esas cosas son para él absolutamente irrelevantes. El niño carece todavía de creencias y de prejuicios. Éste es el medio en el que puede darse la clarividencia, y para obtenerla hay que olvidarse y deshacerse de todo cuanto se ha aprendido y adquirir la mente del niño, libre de esas experiencias pasadas y esa programación que tanto oscurecen nuestra forma de ver la realidad.

Mira en tu interior, estudia tus reacciones frente a las personas y las situaciones, y sentirás horror al descubrir la cantidad de prejuicios que subyacen a tus reacciones. Casi nunca respondes a la realidad concreta de la persona, cosa o situación que tienes delante. A lo que respondes es a una serie de principios, ideologías y creencias económicas, políticas, religiosas y psicológicas; a un montón de ideas preconcebidas y de prejuicios, tanto positivos como negativos. Considera, una por una, cada persona, cada cosa y cada situación, y trata de averiguar cuál es tu predisposición con respecto a cada una de ellas, separando la realidad respectiva de tus percepciones y proyecciones programadas. Este ejercicio te proporcionará una revelación tan divina como cualquiera de las que pueda proporcionarte la escritura.

Pero no son los prejuicios y las creencias los únicos enemigos de la clarividencia. Hay otra clase de enemigos que llamamos “deseo” y “miedo”. Para que el pensamiento esté incontaminado de toda emoción, y concretamente de deseo, de miedo y de egoísmo, se requiere una ascesis verdaderamente aterradora. Las personas creen equivocadamente que su pensamiento es producto de su mente; en realidad es producto de su corazón, que primero dicta una determinada conclusión y luego ordena a la mente que elabore el razonamiento con que poder apoyarla y justificarla. He aquí pues, otra fuente de revelación profunda. Examina alguna de las conclusiones a las que has llegado y comprueba cómo han sido adulteradas por tu egoísmo. Esto vale para cualquier conclusión, a no ser que la consideres provisional. Fíjate cuán estrechamente te aferras a tus conclusiones relativas a las personas, por ejemplo. ¿Acaso están todos esos juicios completamente libres de toda emoción?... Si así lo crees, es muy probable que no te hayas fijado suficientemente.

Ésta es, precisamente, la principal causa de los desacuerdos y las divisiones que se dan entre naciones y entre individuos. Tus intereses no coinciden con los míos, y por eso tu pensamiento y tus conclusiones tampoco concuerdan con los míos. ¿Cuántas personas conoces cuya manera de pensar, al menos en ocasiones, se oponga a sus intereses? ¿Cuántas veces has conseguido colocar una barrera insalvable entre los pensamientos que ocupan tu mente y los miedos y deseos que se agitan en tu corazón?...  cada vez que lo intentes, comprobarás que lo que la clarividencia requiere no son conocimientos o más informaciones. Esto se adquiere fácilmente; no así el valor para hacer frente con éxito al miedo y al deseo, porque en el momento en que desees o temas algo, tu corazón, consciente o inconscientemente, se interpondrá y servirá de obstáculo a tu pensamiento.

Ésta es una consideración para buscadores espirituales que han logrado darse cuenta de que, para encontrar la verdad, lo que necesitan no son formulaciones doctrinales, sino un corazón capaz de renunciar a su ‘programación’ y a su egoísmo, cada vez que el pensamiento se pone en marcha; un corazón que no tenga nada que proteger y nada que ambicionar y que, por consiguiente, deje a la mente vagar sin trabas, libre y sin ningún temor, en busca de la verdad; un corazón que esté siempre dispuesto a aceptar nuevos datos y a cambiar de opinión.
Un corazón así acaba convirtiéndose en una lámpara que disipa la oscuridad que envuelve el cuerpo entero de la humanidad. Un corazón como el de Jesús, Buda o el mismo Gandhi.

Si todos los humanos estuvieran dotados de un corazón semejante, ya no se verían a sí mismos como comunistas o capitalistas, como cristianos, musulmanes o budistas, sino que su propia clarividencia les haría ver que todos sus pensamientos, conceptos y creencias son lámparas apagadas, signos de su ignorancia. Y, al verlo, desaparecerían los límites de sus respectivas charcas, y se verían inundados por el océano que une a todos los seres humanos en la verdad.

martes, 4 de noviembre de 2014

Silencio

Cierta vez, un discípulo acompañó al Maestro a presenciar la puesta de sol desde lo más alto de la montaña. El discípulo iba todo el rato comentando entusiasmado, las maravillas que les rodeaban. Al llegar a la cima, justo cuando el astro rey comenzó a acariciar el horizonte, llegaron a la cima. Se sentaron en la posición de loto, disponiéndose a disfrutar del espectáculo de la naturaleza. El discípulo no paraba de hablar, mientras que el Maestro permanecía en absoluto silencio. –“Que paz tan maravillosa se puede percibir. ¡Mira, Maestro, que pájaro más hermoso! Y qué silencio tan sobrecogedor. Esta es una experiencia sublime, y me siento extasiado de paz y felicidad.” – comentaba sin cesar el discípulo.
Finalmente, el Maestro, sin perder su amable sonrisa, se giró hacia su discípulo y le dijo: - “Mientras estés hablando sobre el silencio, este no se producirá. Mientras hables sobre la paz y tranquilidad, esta huirá de ti. ¿Cómo puede un pájaro posarse en su nido, si este está ya ocupado por intrusos? Vacía tu mente y permanece en silencio y solo entonces comprenderás todo lo que estás preguntando.”

Muchas veces, en mis clases de meditación, propongo a mis alumnos que simplemente permanezcan en silencio, sin decir nada, sin preguntar nada... Sólo prestando atención a su propio diálogo interior. Y esto produce dos sorprendentes efectos; Uno, que el alumno se concentra más fácilmente, al estar pendiente de algo, que para más complejidad, además está dentro de nosotros y no puede ser percibido desde fuera... Y dos, que de pronto se sorprenden, al observarse detenidamente y escuchar ese diálogo incesante que hay ahí arriba, en la azotea de nuestro edificio corporal. Y se dan cuenta, además, de que parece que hay varios,... Que digo varios, hay muchos individuos habitando ahí, en ese espacio y todos quieren hablar a la vez y gobernarnos...
De esta forma, percibimos claramente cómo está determinada nuestra personalidad, y como, en ocasiones, reaccionemos de una manera absurda, casi sin control ante un estímulo exterior. Y eso constituye nuestra vida... Y la manera de relacionarnos con los demás...

Cuando más ahondemos en la práctica de escucharnos interiormente, de sentarnos en silencio sin decir nada ni hacer nada, más nos acercaremos a la realidad con la que vemos el mundo en el que respiramos...

Así pues, de alguna manera, la práctica del silencio, tiene unos efectos realmente positivos para nuestro ser, que quizás camina por el sendero de la auto-realización.

Hemos perdido casi por completo la sana costumbre de pasear tranquilamente, sin prisas, disfrutando de las cosas tal y como son, sin añadirle ni restarle nada. Simplemente dejando que las cosas sean, lo que en su esencia son,... Y no lo que nuestra mente decide que sean, en función de nuestros conocimientos y percepciones sensoriales.