martes, 17 de marzo de 2015

Los “otros alumnos”, los padres…
            Que las artes marciales tienen la consideración de deporte minoritario –cosa que no es cierta- lo tengo bastante asumido. Que somos un poco los últimos a tener en consideración a la hora de practicar un deporte, o de aprender un arte marcial, también.
De esta manera inconsciente, contribuimos a que nuestra actividad de enseñanza quede siempre relegada a un plano casi invisible para las autoridades públicas y los estamentos sociales. Y así, es imposible poder crecer, salir a la luz y dar a conocer al  gran público en general lo que hacemos, con tanto sacrificio y esfuerzo. Y no es que estemos escondidos, no. Simplemente que no existimos para mucha gente, y si se nos conoce un poco, se nos sigue etiquetando de “…ahhh si, los del Karate”; Hablar de Kung-fu, de artes marciales chinas es casi como hablar de extraterrestres. La ignorancia es muy grande y de eso, en parte tienen responsabilidad los padres de los alumnos. Obviamos aquí que, hay mucha gente que está metida en este mundillo, que siente verdadera pasión por lo que hace. Pero son minoría, porque la inmensa mayoría no sabe o quiere valorar en su justa medida la labor que se realiza en una escuela de Kung-fu. Porque, no olvidemos que, en la mayoría de nuestras escuelas tratamos de enseñar algo que, paradójicamente muchos padres demandan, que son los valores. Algo que sin duda, en muy pocos deportes se hace, por no decir ninguno. Puede parecer pedante esto que afirmo, pero es la pura realidad. Suelo decir siempre lo que pienso, aunque en ocasiones eso no sea políticamente correcto y moleste…
La causa de que nuestras artes estén en el lugar que están, obedece a muchos factores, sin duda. Pero aquí quiero señalar uno que creo es muy relevante: Los padres. Pongo ejemplos; ¿Porqué resulta tan complicado que un niño tenga un traje de entrenamiento y otro para competir?... ¿Por qué cuesta horrores que el alumno pueda tener sus armas de entrenamiento, o que tenga una camiseta de la escuela, o unas zapatillas adecuadas?... Cuando luego ves que para adquirir una equipación de fútbol se gastan lo que sea. Cuando ves que se compran las botas del último modelo del futbolista de su equipo, que cuestan además un pastizal. Cuando ves que para equipos de fútbol o baloncesto, todos van uniformados, con chándal y lo que sea necesario. Cuando ves que algunos alumnos dejan a sus compañeros ‘tirados’ en una exhibición porque tenían que participar en un torneo de golf.
Esto no es serio… parecemos la hermanita pobre de la película con un guión que no hemos elegido ni nos gusta, pero que nos toca interpretar.
La falta de compromiso de muchos padres –hablo de los alumnos más jóvenes- hacen que sea muy complicado en ocasiones sacar esto adelante. Máxime cuando se nos exigen luego resultados en competiciones, exámenes, etc. Quieren que el niño destaque, que apruebe sus grados, que sea la versión nueva de Bruce Lee, pero pocos entienden que para eso es necesario el compromiso serio con la escuela. Y eso muchas veces no se da…
Compruebo como cada vez traen los alumnos más tarde a clases; Siempre se llega tarde ya como costumbre. Entiendo que en este país lo de la puntualidad no es precisamente algo que destacar, pero hay que señalar que no se puede ir formando ni educando a los niños, cuando se les pide puntualidad y luego no pasa nada si no cumplen.
También todos conocen el reglamento interno de la escuela, que no permite venir con ropa de calle a las clases, pero traen a sus niños con camisetas, con cualquier excusa o pretexto. Y si se les dice algo, se molestan.
Se pretende que los niños pasen de grado, pero sin tener en cuenta ni las habilidades del niño, ni el hecho de que a la mitad de las clases no asiste. Pocos tratan de que en su casa el niño repase o mejore determinados aspectos de alguna técnica. Pensamos que se trata solo de entrenamiento y eso queda relegado solo a la escuela, al gimnasio. Pocos asisten a cursos para su nivel, y en muchas ocasiones, siempre hay excusas u otras actividades ‘mucho más relevantes’ que hacer que acudir a entrenar. El kung-fu, siempre es lo último…
Señores papás, si de verdad queremos que los alumnos progresen en su aprendizaje –recordemos que esto no es como el fútbol, el baloncesto, el padel o el golf- es necesario el compromiso serio con la escuela. Esto trata de un método progresivo de formación, no solo de dejar el niño en clase durante una hora. Trata de una elección que deben hacer entre varias actividades, trata de potenciar la ilusión de los pequeños con la asistencia a exhibiciones, cursos o competiciones. De apoyarle con ánimos, pero también de ser inflexibles cuando por alguna causa algún día no quiera asistir a clase. A eso se llama educación y corresponde a los padres. Nosotros damos formación en valores a través de la práctica de las aamm. No confundamos los términos.
Entendamos que es muy complicado trabajar con los niños, buscando que progresen adecuadamente, con método, cuando no existe esa colaboración necesaria de los padres. No entendamos aquí, este escrito como una crítica sin más a ciertos progenitores. Es quizás, -o pretende serlo- una llamada de atención para entender algo, para cambiar actitudes no muy sanas educativamente hablando. Al fin y al cabo, los niños suelen imitar todo lo que ven. Pues démosles ejemplo con nuestra propia actitud. Después de todo, muchos padres se convierten, sin apenas saberlo, en ‘alumnos secundarios’ de una escuela de aamm.
Cambiemos de actitud para encauzar de nuevo la enseñanza de sus hijos y convertirles poco a poco en personas adultas, equilibradas y emocionalmente estables. Ese es el objetivo primario. Y si hacemos eso, estaremos poniendo en valor el trabajo de tantos profesores y maestros de nuestras escuelas que ponen su esfuerzo día a día para que esto siga funcionando. Solo así, las aamm chinas estarán en el lugar que se merecen por derecho propio.

Reflexionemos con honestidad. Es el momento de pensar en “Qué puedo hacer yo por la escuela, y no tanto en qué puede hacer la escuela por mi”

lunes, 2 de marzo de 2015

Pensamientos de las rana

Pensamos que el mundo se salvaría si tan solo fuéramos capaces de generar mayores dosis de buena voluntad y tolerancia. Pero esto es falso. Lo que puede salvar al mundo no es la buena voluntad o la tolerancia, sino la clarividencia. En otras palabras; la conciencia clara.  ¿De que sirve que seas tolerante con los demás si estás convencido de que eres tu quien tiene razón y que quienes no piensan como tu están equivocados? Eso no es tolerancia, sino condescendencia. Eso no lleva a la unión de los corazones, sino a la división, porque tú te colocas arriba y pones a los demás abajo: unas posiciones que solo pueden dar lugar a un sentido de superioridad por tu parte y a un resentimiento por parte de tus semejantes, originando con ello una mayor intolerancia.

La verdadera tolerancia brota únicamente de una viva conciencia de la profunda ignorancia que a todos nos aqueja en relación con la verdad. Porque la verdad es, esencialmente, misterio, algo casi insondable. La mente puede sentirla, pero no comprenderla, y menos aun formularla. Nuestras creencias pueden vislumbrarla, pero no expresarla con palabras. A pesar de lo cual, la gente habla con entusiasmo del valor del diálogo, el cual, en el peor de los casos, es un intento camuflado de convencer al otro de la rectitud de tu propia postura, y en la mejor de las hipótesis te impedirá parecerte a la rana en su charca, que piensa que ésta – la charca – es el único mundo que existe.

¿Qué ocurre cuando se reúnen ranas de diferentes charcas para dialogar acerca de sus convicciones y experiencias? Ocurre que sus horizontes se ensanchan, hasta el punto de admitir la existencia de otras charcas distintas a la propia. Pero aún no tienen la menor sospecha de que existe un océano de verdad que no puede ser encerrado dentro de los límites de sus charcas conceptuales. Y nuestras pobres ranas siguen divididas y hablando en términos de tuyo y mío; tus experiencias, tus convicciones, tu ideología… y las mías. El compartir fórmulas no enriquece a quienes las comparten, porque las fórmulas, al igual que los límites de las charcas, dividen; solo el océano ilimitado une. Ahora bien, para llegar a ese océano de verdad que no conoce los límites de las fórmulas, es esencial poseer el don de la clarividencia. Algo que en el budismo llamamos “visión clara”…

Pero, ¿Qué es la clarividencia y cómo se obtiene? Lo primero que debes saber es que la clarividencia no requiere de demasiados conocimientos. Es algo tan simple que está al alcance de un niño de diez meses. No requiere conocimientos, sino ignorancia; no requiere talento, sino valor. Lo comprenderás si piensas en un niño en brazos de una vieja y fea criada. El niño es demasiado joven para haber adquirido los prejuicios de sus mayores. Por eso, cuando se encuentra cálidamente instalado entre los brazos de esa mujer, no está respondiendo a ningún tipo de “clichés” mentales como ‘mujer blanca-mujer negra’, ‘fea-guapa’, ‘vieja-joven’, o ‘madre-criada’, etc., sino que está respondiendo a la realidad. Esa mujer satisface la necesidad que el niño tiene de amor y es a esta realidad a la que el niño responde, no al nombre, la apariencia, la religión o la raza de la mujer. Todas esas cosas son para él absolutamente irrelevantes. El niño carece todavía de creencias y de prejuicios. Éste es el medio en el que puede darse la clarividencia, y para obtenerla hay que olvidarse y deshacerse de todo cuanto se ha aprendido y adquirir la mente del niño, libre de esas experiencias pasadas y esa programación que tanto oscurecen nuestra forma de ver la realidad.

Mira en tu interior, estudia tus reacciones frente a las personas y las situaciones, y sentirás horror al descubrir la cantidad de prejuicios que subyacen a tus reacciones. Casi nunca respondes a la realidad concreta de la persona, cosa o situación que tienes delante. A lo que respondes es a una serie de principios, ideologías y creencias económicas, políticas, religiosas y psicológicas; a un montón de ideas preconcebidas y de prejuicios, tanto positivos como negativos. Considera, una por una, cada persona, cada cosa y cada situación, y trata de averiguar cuál es tu predisposición con respecto a cada una de ellas, separando la realidad respectiva de tus percepciones y proyecciones programadas. Este ejercicio te proporcionará una revelación tan divina como cualquiera de las que pueda proporcionarte la escritura.

Pero no son los prejuicios y las creencias los únicos enemigos de la clarividencia. Hay otra clase de enemigos que llamamos “deseo” y “miedo”. Para que el pensamiento esté incontaminado de toda emoción, y concretamente de deseo, de miedo y de egoísmo, se requiere una ascesis verdaderamente aterradora. Las personas creen equivocadamente que su pensamiento es producto de su mente; en realidad es producto de su corazón, que primero dicta una determinada conclusión y luego ordena a la mente que elabore el razonamiento con que poder apoyarla y justificarla. He aquí pues, otra fuente de revelación profunda. Examina alguna de las conclusiones a las que has llegado y comprueba cómo han sido adulteradas por tu egoísmo. Esto vale para cualquier conclusión, a no ser que la consideres provisional. Fíjate cuán estrechamente te aferras a tus conclusiones relativas a las personas, por ejemplo. ¿Acaso están todos esos juicios completamente libres de toda emoción?... Si así lo crees, es muy probable que no te hayas fijado suficientemente.

Ésta es, precisamente, la principal causa de los desacuerdos y las divisiones que se dan entre naciones y entre individuos. Tus intereses no coinciden con los míos, y por eso tu pensamiento y tus conclusiones tampoco concuerdan con los míos. ¿Cuántas personas conoces cuya manera de pensar, al menos en ocasiones, se oponga a sus intereses? ¿Cuántas veces has conseguido colocar una barrera insalvable entre los pensamientos que ocupan tu mente y los miedos y deseos que se agitan en tu corazón?...  cada vez que lo intentes, comprobarás que lo que la clarividencia requiere no son conocimientos o más informaciones. Esto se adquiere fácilmente; no así el valor para hacer frente con éxito al miedo y al deseo, porque en el momento en que desees o temas algo, tu corazón, consciente o inconscientemente, se interpondrá y servirá de obstáculo a tu pensamiento.

Ésta es una consideración para buscadores espirituales que han logrado darse cuenta de que, para encontrar la verdad, lo que necesitan no son formulaciones doctrinales, sino un corazón capaz de renunciar a su ‘programación’ y a su egoísmo, cada vez que el pensamiento se pone en marcha; un corazón que no tenga nada que proteger y nada que ambicionar y que, por consiguiente, deje a la mente vagar sin trabas, libre y sin ningún temor, en busca de la verdad; un corazón que esté siempre dispuesto a aceptar nuevos datos y a cambiar de opinión.
Un corazón así acaba convirtiéndose en una lámpara que disipa la oscuridad que envuelve el cuerpo entero de la humanidad. Un corazón como el de Jesús, Buda o el mismo Gandhi.

Si todos los humanos estuvieran dotados de un corazón semejante, ya no se verían a sí mismos como comunistas o capitalistas, como cristianos, musulmanes o budistas, sino que su propia clarividencia les haría ver que todos sus pensamientos, conceptos y creencias son lámparas apagadas, signos de su ignorancia. Y, al verlo, desaparecerían los límites de sus respectivas charcas, y se verían inundados por el océano que une a todos los seres humanos en la verdad.

martes, 4 de noviembre de 2014

Silencio

Cierta vez, un discípulo acompañó al Maestro a presenciar la puesta de sol desde lo más alto de la montaña. El discípulo iba todo el rato comentando entusiasmado, las maravillas que les rodeaban. Al llegar a la cima, justo cuando el astro rey comenzó a acariciar el horizonte, llegaron a la cima. Se sentaron en la posición de loto, disponiéndose a disfrutar del espectáculo de la naturaleza. El discípulo no paraba de hablar, mientras que el Maestro permanecía en absoluto silencio. –“Que paz tan maravillosa se puede percibir. ¡Mira, Maestro, que pájaro más hermoso! Y qué silencio tan sobrecogedor. Esta es una experiencia sublime, y me siento extasiado de paz y felicidad.” – comentaba sin cesar el discípulo.
Finalmente, el Maestro, sin perder su amable sonrisa, se giró hacia su discípulo y le dijo: - “Mientras estés hablando sobre el silencio, este no se producirá. Mientras hables sobre la paz y tranquilidad, esta huirá de ti. ¿Cómo puede un pájaro posarse en su nido, si este está ya ocupado por intrusos? Vacía tu mente y permanece en silencio y solo entonces comprenderás todo lo que estás preguntando.”

Muchas veces, en mis clases de meditación, propongo a mis alumnos que simplemente permanezcan en silencio, sin decir nada, sin preguntar nada... Sólo prestando atención a su propio diálogo interior. Y esto produce dos sorprendentes efectos; Uno, que el alumno se concentra más fácilmente, al estar pendiente de algo, que para más complejidad, además está dentro de nosotros y no puede ser percibido desde fuera... Y dos, que de pronto se sorprenden, al observarse detenidamente y escuchar ese diálogo incesante que hay ahí arriba, en la azotea de nuestro edificio corporal. Y se dan cuenta, además, de que parece que hay varios,... Que digo varios, hay muchos individuos habitando ahí, en ese espacio y todos quieren hablar a la vez y gobernarnos...
De esta forma, percibimos claramente cómo está determinada nuestra personalidad, y como, en ocasiones, reaccionemos de una manera absurda, casi sin control ante un estímulo exterior. Y eso constituye nuestra vida... Y la manera de relacionarnos con los demás...

Cuando más ahondemos en la práctica de escucharnos interiormente, de sentarnos en silencio sin decir nada ni hacer nada, más nos acercaremos a la realidad con la que vemos el mundo en el que respiramos...

Así pues, de alguna manera, la práctica del silencio, tiene unos efectos realmente positivos para nuestro ser, que quizás camina por el sendero de la auto-realización.

Hemos perdido casi por completo la sana costumbre de pasear tranquilamente, sin prisas, disfrutando de las cosas tal y como son, sin añadirle ni restarle nada. Simplemente dejando que las cosas sean, lo que en su esencia son,... Y no lo que nuestra mente decide que sean, en función de nuestros conocimientos y percepciones sensoriales.


jueves, 2 de octubre de 2014


"Si iluminas el corazón a otros seres, esa luz alumbrará también tu camino"

Shi Yan Jia

martes, 23 de septiembre de 2014

Leer…
Recuerdo cuando, hace ya algunos años en mi programa semanal de radio, tuvimos un especial dedicado a los libros y a la lectura en general. Fue un programa intenso y sorprendente en el que expuse la profunda importancia del hábito de la lectura. De esto hace ya unos 5 años…
Y hoy en día puedo constatar con cierta tristeza, cómo el habito de leer se ha ido perdiendo poco a poco, desplazado en parte por las nuevas tendencias tecnológicas. Cada día cuesta más encontrar a personas que de verdad aún leen libros. Y no me refiero a los que dicen leerlos, sino a los que no pasa un día en que no se sumerjan con pasión y entusiasmo en las páginas de algún libro, sea del género que sea.
Las librerías y las bibliotecas han cambiado su estrategia de ventas unas, y su real utilidad las otras. No se puede contra el avance voraz de las nuevas tendencias. Hay que innovarse o sucumbir ante este verdadero tsunami electrónico, que empuja a la gente a consumir productos sin tener que pensar demasiado. Ese es el problema de fondo… pensar…
Me hablaba hace unos días un alumno, -de los que piensan- de las excelencias de los libros electrónicos, cosa que me parece muy bien. Es algo que creo muy interesante y útil para los que, como yo, tiene ciertos problemas de visión, o los que suelen viajar con frecuencia.
Pero que quieren que les diga; Yo prefiero el tacto del papel, sentir el peso del libro, su peculiar olor –que creo dice mucho del libro- y la idea de tener que ser cuidadoso con su manejo. Puedo presumir de tener libros que llevan ya más de 40 años en mi poder… ¡y están nuevos! Tener un libro en las manos, no es lo mismo que leerlo en una tablet o un e-book de esos. Es como el sexo, que prefiero que sea real y no a través de una pantalla, o lo que llaman ahora cibersexo. Qué cosa más absurda, para mis cortas entendederas en ese campo…
Leer despierta sin duda alguna cierta curiosidad por conocer conceptos e ideas nuevas, por descubrir mundos paralelos, que están escondidos en nuestras mentes y de los que surgen los sueños. Leer despierta la imaginación, la creatividad y la capacidad de asociar ideas, así como desarrolla el sentido crítico. Leer es como disponer de una linterna que nos alumbra cierta oscuridad de conocimiento y nos ayuda sin duda a transitar por la vida con las ideas más claras y por el camino de un aspecto que creo también relevante, la sabiduría. La lectura tranquila, consciente y pausada conduce a un estado armónico del que lee. Son momentos de tranquilidad, de espacios llenos de cosas no-fisicas.
Alguien que no lee nunca nada –y no valen los diarios deportivos o la prensa rosa-, tiene mucha limitación en el desarrollo de su cognición sobre las cosas. Su vocabulario será pobre y limitado, contaminado además por los modismos del momento. Muchos se excusarán diciendo que ya leen mucho en el ordenador, sumergiéndose en internet, pero eso no es realmente leer, porque no se establecen los vínculos que he citado anteriormente; No hay una interacción entre el libro y el que lo lee. Porque el cuidar de esa especie de relación forma parte de la atención del ser humano. Forma parte del peculiar ritual de tener un libro entre las manos y pasar sus hojas.
Así, en ocasiones veo a niños que teniendo un libro entre sus manos, pasan las hojas sin cuidado, dejan caer el libro de cualquier manera y casi no son capaces de adentrarse en lo que están leyendo.
No creo que lleguemos jamás a lo que representa la película “Fahrenheit 451”, -del año 1966 creo recordar-, en la que se quemaban los libros, pero por desgracia, en el fondo sí que hay algo de eso cuando despreciamos sistemáticamente el hábito de leer, y sobre todo cuando no se fomenta en los más jóvenes. Sobre todo cuando creemos –y tratamos de convencer a los demás- de que los libros electrónicos son lo mismo o que estudiar y leer en la escuela en un ordenador es lo más progre…

Cuando veo esto y estas actitudes, recuerdo cuando, teniendo apenas 14 años, descubrí la pasión de leer con la novela de “Papillón”, de Henry Charriere…. A partir de ese libro, descubrí la maravillosa experiencia de vivir y recorrer mundos lejanos, sin salir de mi casa. Y desde entonces, no he dejado de leer ni un solo día de mi vida, cosa que despertó a su vez la necesidad de escribir, que no es otra cosa que la otra cara de la lectura.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Saber escuchar
Hace unos días acudí al médico de cabecera para que me recetara los medicamentos para mi enfermedad crónica. Mientras esperaba en la sala de espera, observaba los distintos pacientes que iban entrando a la consulta, cada cual con sus problemas y achaques. Todos se quejaban del tiempo que tardaba la doctora con cada paciente –un promedio de unos 8 minutos- pero cuando entraban ellos, ese tiempo les parecía sumamente cortos y salían quejándose también.
Creo sinceramente que muchos médicos, presionados por el sistema de salud, han perdido la facultad de saber escuchar a sus pacientes, y eso, sin duda alguna no favorece en absoluto el proceso de curación que pueda existir. Según unas estadísticas recientes, cada médico dedica a escuchar a su paciente con verdadera atención, unos 15 segundos. Esto es tremendo… pero no es más que un reflejo de cómo se relacionan las personas en nuestra “avanzada” sociedad del bienestar.
Observo una niña de unos 9 años, desenvolver su regalo de cumpleaños –uno más entre la decena que ha recibido-, mientras la persona que se lo ha regalado, trata de explicarle el uso del objeto en cuestión, un juego de desarrollo de la inteligencia. Pero la niña está ya pendiente de desenvolver el siguiente paquete, y apenas presta atención a lo que le están diciendo.
Otro chico, algo mayor, está tan metido en el mundo virtual de su videojuego en el teléfono, que responde casi con automatismos a las preguntas que le hacen sus padres, sin ni siquiera levantar la vista de la pantalla, mientras tratan de averiguar que quiere beber para la cena que han pedido en un restaurante. Y lo hace porque sabe que no habrá consecuencia –al menos inmediata- de su falta de atención.
Otra señora, solicita información acerca de una actividad de la escuela, pero a cada frase que le digo, me interrumpe con otra pregunta, inconexa con la anterior, sin dejarme explicarle nada en concreto. No me está escuchando realmente. Así me da la impresión de que en realidad no busca información alguna… y también me confirma que no va a inscribirse en la actividad por la que supuestamente tiene interés.
Y si mencionamos a los políticos, entonces, apaga y vámonos!... solo saben hablar, en una cascada incesante de palabras, muchas veces inconexas, rebuscadas en la dialéctica, que en el fondo no vienen a decirte nada. Ni por un momento se paran a escuchar a nadie. De hecho creo que han perdido por completo la capacidad de escuchar.
El que no sabe escuchar, crea una fuerte coraza en su orgullo y ego, que cada vez se siente más fuerte, pero que es incapaz de comprender muchas cosas, e incapaz también de modificar puntos de vista de situaciones. Va construyendo su realidad en base a las constantes interpretaciones filtradas por su orgullo y ego y con esta premisa, crea acciones en el mundo real, que suelen acarrear conflictos con la realidad.
Tampoco sabemos ya escuchar la naturaleza. Observo como los niños –y por supuesto muchos adultos también- pasean por el campo o los bosques, sin observar nada, sin darse cuenta de lo que sucede a su alrededor, sin escuchar los hermosos sonidos de la naturaleza. No saben distinguir el sonido de un pájaro del de un burro rebuznando…
Estamos sin duda perdiendo el arte de saber escuchar, que es una de las tres herramientas para el desarrollo de la sabiduría que propone el budismo. Pero escuchar –o leer- es un proceso bastante más difícil de lo que la gente se imagina. Escuchar es soltar toda la información, todos los conceptos, todos los prejuicios que nos llenan la cabeza. Escuchar es “vaciar tu taza” para comprender lo esencial de las cosas, de la información recibida. Con todo ese bagaje de ideas preconcebidas, con todo ese cúmulo de conceptos que forman nuestros conocimientos, se construye el estorboso obstáculo que se erige entre nosotros y nuestra auténtica naturaleza.
Solo escuchando de verdad al otro, desde el corazón, sin hacer juicios de valor constantes, sin nuestro propio diálogo interior que clasifica y divide constantemente, podemos comprender la esencia de las cosas. Solo así podemos empatizar con el otro, con la idea que quiere comunicarnos. Solo así podremos aprender a observar incluso el lenguaje físico, el no verbal. Porque escuchar es también observar. Cada vez que escuchemos con atención a alguien, algo irá creciendo dentro de nosotros y al mismo tiempo nos hará desprendernos de capas de ignorancia que nublan y dispersan nuestra mente. Y así, la comunicación se hará cada vez más profunda y comprenderemos que es mejor estar en silencio ante determinadas situaciones que hablar de forma vacía.
Pero para aprender a escuchar a los demás, deberíamos aprender primero a escucharnos a nosotros mismos, a  nuestra voz interior. Deberíamos aprender a observarnos e identificar nuestros puntos de fracaso, a desenmascarar al ego sutil escondido en todos nuestros pensamientos y acciones, y así entender mejor lo que hacemos.

Porque solo desde un entendimiento de nosotros mismos podemos comenzar a escuchar de verdad a los demás.

viernes, 12 de septiembre de 2014

El pescador satisfecho


Un rico industrial del Norte se horrorizó cuando vio a un pescador del Sur tranquilamente recostado contra su barca y fumando una pipa.
"¿Por qué no has salido a pescar?", le preguntó el industrial.
"Porque ya he pescado bastante por hoy".respondió el pescador.
"¿Y por qué no pescas más de lo que necesitas?", insistió el industrial.
"¿Y qué iba a hacer con ello?", preguntó a su vez el pescador.
"Ganarías más dinero", fue la respuesta. "De ese modo podrías poner un motor a tu barca. Entonces podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces. Entonces ganarías lo suficiente para comprarte unas redes de nylon, con las que obtendrías más peces y más dinero. Pronto ganarías para obtener dos barcas... y hasta una verdadera flota. Entonces serías rico, como yo".
"¿Y qué haría entonces?", preguntó de nuevo el pescador.
"Podrías sentarte y disfrutar de la vida", respondió el industrial.

"¿Y qué crees que estoy haciendo en este preciso momento?", respondió el satisfecho pescador.